¿Dónde está Dios cuando dos trenes chocan?
Ves las imágenes del accidente de Adamuz, lees las cifras (decenas de muertos, tantos heridos, familias rotas de un segundo a otro) y algo dentro se queda en silencio. Es un silencio pesado, lleno de preguntas que quizá no te atreves ni a formular en voz alta.
Yo también me las hago. Y hoy quiero hablarte desde ahí, desde ese lugar frágil donde la fe se mezcla con las lágrimas.
¿Dónde está Dios cuando dos trenes chocan?
Te confieso algo... la primera reacción que muchas veces me sale no es muy piadosa. Es más bien un "Señor, ¿por qué?". Y creo que Dios no se escandaliza de esa pregunta. Es la misma que recorre la Biblia... está en Job... está en los Salmos... está en el grito de Jesús en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
Pero hay algo importante. Que yo no entienda el "por qué" no significa que Dios no esté. El cristianismo no es la religión de las explicaciones perfectas, sino la fe en un Dios que entra en la historia, que se hace hombre y que sufre. No adoramos a un Dios lejano que mira desde arriba cómo chocan dos trenes, adoramos a un Dios que ha conocido el dolor, la injusticia y la muerte trágica.
Cuando contemplo lo de Adamuz, no veo un plan de Dios que yo tenga que descifrar como si fuera un puzzle macabro. Veo, más bien, un mundo herido, frágil, donde existen el error humano, los fallos técnicos y las decisiones equivocadas. La limitación. Y en medio de todo eso, un Dios que no abandona, que se hace presente en lo pequeño. Como en el sanitario que no se rinde, en el bombero que arriesga su vida, en la persona que reza en silencio por alguien a quien ni siquiera conoce.
¿Por qué permite Dios las desgracias?
Esta es la pregunta que nos quema. Y no te voy a engañar, no hay una respuesta que lo deje todo perfectamente atado. Pero sí hay algunas luces que, al menos a mí, me ayudan a no perderme.
Dios no quiere el mal, pero respeta nuestra libertad y la fragilidad del mundo.
Dios ha creado un mundo real (no un teatro de marionetas). Hay leyes físicas, hay libertad humana y hay procesos que pueden fallar. Si Dios interviniera constantemente para evitar cualquier accidente, dejaríamos de ser libres y el mundo dejaría de ser mundo. Sería un... decorado. La vida perdería su valor.
Dios no es el autor del sufrimiento, pero sí es el primero en cargarlo.
Como sabemos, la cruz no es un adorno piadoso. En realidad, es la declaración más radical de que Dios se mete hasta el fondo en nuestro dolor. No nos lo explica desde fuera, lo vive desde dentro. Cuando alguien muere en un accidente, Cristo está ahí, misteriosamente, acompañando ese paso, sosteniendo y abrazando.
Dios puede sacar bien incluso del mal, sin que el mal deje de ser mal.
Esto es delicado. No se trata de decir frases tipo "por algo será" ni "Dios sabe lo que hace" como si la tragedia fuera, en sí misma, algo bueno. No. El mal es mal. Pero Dios, que es más grande que el mal, puede hacer brotar frutos que no imaginábamos. Por ejemplo, conversiones, reconciliaciones, solidaridad, cambios de vida y decisiones de amor que no se habrían dado de otra manera.
Mantener una mirada católica en medio del horror
Tú y yo no somos espectadores neutrales. Somos creyentes (con dudas, con defectos, con contradicciones, pero creyentes) y eso cambia la forma de mirar lo que pasa.
A veces, por querer ser fuertes en la fe, nos ponemos una especie de coraza espiritual que no nos deja llorar. Y eso no es cristiano. Jesús lloró ante la tumba de Lázaro. Lloró de verdad. No dijo: "Bueno, no pasa nada, todo es voluntad de Dios". Lloró porque la muerte duele. Porque la separación duele.
Tú también puedes llorar. Puedes decirle a Dios que estás enfadado, que no entiendes nada y que te duele muchísimo. La fe consiste en llevar lo que sentimos a los pies del Señor.
Además, una mirada católica no se queda en "las víctimas" como un bloque anónimo. Son personas concretas. Padres, madres, hijos, abuelos y amigos. Reza por ellos como si fueran de tu familia. Aunque no conozcas sus nombres, Dios sí los conoce.
Rezar no es lo mínimo que podemos hacer, muchas veces es lo más grande. Desde nuestra pequeñez, nos unimos a la intercesión de la Iglesia entera.
Otra cosa que también creo es importante es que podemos dejar que la tragedia nos convierta. Me lo digo también a mí misma: no basta con conmovernos unos días y luego seguir igual. Una mirada católica se deja interpelar. La muerte repentina nos recuerda algo que preferimos olvidar: que nuestra vida es frágil, que no controlamos tanto como creemos. Que podemos subir a un tren y no llegar nunca a destino.
Eso no es para vivir con miedo, sino para vivir despiertos. Para preguntarnos cómo estamos usando nuestro tiempo. ¿Hay perdones que estoy retrasando como si tuviera garantizados años por delante? ¿Estoy en gracia de Dios o voy dejando la confesión para cuando tenga un hueco? ¿Vivo como si Dios fuera real o como un accesorio que saco solo en emergencias?
La tragedia no tiene sentido en sí misma, pero puede convertirse en un punto de inflexión para muchos. Quizá también para ti y para mí.
Cómo es Dios en medio de todo esto
Cuando pasan cosas así, a veces nos imaginamos a Dios como un juez frío que reparte destinos desde un despacho celestial. Pero el Dios que nos ha revelado Jesús es otra cosa.
Dios es Padre... Y un padre sufre con el sufrimiento de sus hijos. No es indiferente. ¡No mira para otro lado! Aunque no entendamos cómo actúa, podemos estar seguros de que su corazón está roto con cada familia rota.
Cuando pienso en las personas que han perdido la vida en Adamuz, me ayuda imaginar que el Señor salió a su encuentro en ese instante, que les tomó de la mano en medio del caos, del ruido, del miedo, y les dijo: "No tengas miedo".
¿Qué hacemos ahora?
No podemos cambiar lo que ha pasado. No podemos devolver la vida a quienes han muerto. Pero sí podemos decidir cómo vamos a vivir a partir de ahora. Y la respuesta a esto es fácil... como hijos de un Dios amoroso y misericordioso que quiere para nosotros y para nuestros prójimos una vida llena de sentido.
Si te apetece, podemos hacer ahora una oración sencilla. Yo la escribo, tú la haces tuya si quieres.
Jesús, te presentamos a todas las personas que han muerto en el accidente de Adamuz. Tú conoces sus nombres y sus corazones. Recíbelos en tu misericordia y abrázalos con tu amor. Te pedimos por los heridos, por quienes luchan por salir adelante, por las familias que hoy no encuentran consuelo, por los equipos de rescate, por el personal sanitario y por quienes investigan lo sucedido. Danos a nosotros un corazón semejante al tuyo. Capaz de llorar con los que lloran, de trabajar por la justicia y de vivir cada día con la mirada puesta en la eternidad. María, Madre de los Dolores, acompaña a todos los que sufren esta tragedia y enséñanos a permanecer junto a la cruz con esperanza. Amén.
Estés dónde estés, leyendo esto, te mando un fuerte abrazo. Y ya sabes que, para cualquier cosa, puedes ponerte en contacto, me encantaría ayudarte en lo que pueda.
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