Mi experiencia personal como cristiana y todos mis altibajos
¡Hola a todos, amigos! Es un placer inmenso volver a conectar con vosotros en esta segunda entrada de este espacio que he creado para reflexionar juntos sobre nuestra fe. Si me seguís desde la primera, ya sabéis que busco explorar las profundidades de mi relación con Dios y con la Palabra. Y hoy quiero lanzaros una pregunta que me ronda la mente y el corazón, y que creo que nos une a muchos de nosotros, o que al menos nos ha tocado de alguna forma en la vida: ¿Por qué sois cristianos?
No es una pregunta sencilla, ¿verdad? Cada uno de nosotros tiene su propia historia, su propio camino, sus propias razones para creer... o para dudar. Y es precisamente desde mi propia historia que quiero abrir este diálogo con vosotros. Porque, sí, yo también tengo mi respuesta, forjada a través de un camino con sus luces, pero también con sus sombras más oscuras. Un camino que, finalmente, me ha devuelto a la fe con una perspectiva completamente nueva, una profundidad que antes no conocía.
Los cimientos de mi fe: un hogar cristiano
Como muchos de vosotros, crecí en un hogar donde la fe católica era el pan de cada día, el aire que se respiraba. Desde pequeña, me empapé de sus enseñanzas, de sus rituales, de esa sensación de pertenencia a algo mucho más grande que uno mismo. Fui a un colegio católico, mi familia era creyente, y la figura de Dios era una constante, una presencia amorosa y, al menos en principio, reconfortante. En aquellos años de infancia y adolescencia, mi fe era... natural, ingenua quizás, pero genuina. Amaba a Dios, creía en Él con todo mi corazón, y esa creencia se mantuvo firme durante muchos años de mi vida adulta. Era parte de mi identidad, una base sólida sobre la que construía mi mundo.
La primera sombra, una fe convertida en esclavitud
Pero la vida, amigos, tiene sus giros inesperados, y a veces, incluso la fe más pura puede distorsionarse. Recuerdo vívidamente una época, alrededor de mis quince años, cuando esa fe, tan pura y sencilla, empezó a oscurecerse de una manera que hoy entiendo como una de mis primeras épocas oscuras. En aquel entonces, caí en una espiral obsesivo-compulsiva que, aunque hoy, gracias a Dios y con mucho trabajo personal, he superado, en ese momento se apoderó de mi relación con lo divino.
No es que dejara de creer, ¡todo lo contrario! Mi fe se volvió una jaula de oro, una cárcel construida con oraciones y versículos bíblicos. Me obligaba a rezar, a leer la Biblia, en un orden estricto, en momentos específicos del día, sin la más mínima variación. Si me saltaba una oración, si un versículo no era leído en el momento exacto, si cambiaba una coma, la angustia me invadía. Creía firmemente que algo terrible iba a suceder, que iba a decepcionar a Dios, que Él me castigaría de alguna forma. No era una devoción, era una verdadera esclavitud, un tormento constante.
Hoy, con la perspectiva que da el tiempo y la reflexión, entiendo lo equivocada que estaba. Leer la Biblia es, por supuesto, algo maravilloso y enriquecedor. La oración es un diálogo precioso con nuestro Padre. Pero aquella no era una relación de amor y confianza, sino de miedo y superstición. Dios no quiere que seamos esclavos de rituales rígidos, ni que vivamos bajo la amenaza constante de un castigo. Él nos quiere felices, relajados, disfrutando de la vida que nos ha dado, de la belleza de su creación. Quiere que vivamos sabiendo que todo lo hizo para nuestro bien, y que Él es un Dios de amor que no desea vernos sufrir de ese modo. Aquella fue una interpretación errónea, una distorsión de Su amor, una carga pesada donde debería haber habido ligereza.
La oscuridad absoluta, el agnosticismo y la pérdida
Creí que había tocado fondo entonces, pero la vida aún me guardaba una prueba mucho más dura. Años después, la luz se apagó por completo cuando mi padre falleció. Fue un golpe devastador, un vacío inmenso que lo arrasó todo a su paso. Y, lo confieso, en ese momento, mi fe... se desmoronó.
Caí en la absoluta oscuridad. Fue entonces cuando me sumergí en lo que, sin tapujos, admito que fue un agnosticismo que duró casi cinco años. ¡Cinco años! Parece mentira, ¿verdad? Cinco años en los que estuve completamente desconectada, espiritualmente muerta, anclada en una tristeza profunda y una desesperación que no me dejaba respirar. Miraba al cielo y no sentía nada (bueno, sí, sentía... rabia). Leía palabras sobre Dios y las veía vacías. La esperanza era un concepto lejano, una quimera. Sentía que había sido abandonada, que la promesa de un amor infinito se había esfumado con la persona que más amaba en este mundo. Era un desierto, un abismo de dolor.
El regreso a la luz: un amor que siempre espera
Pero la misericordia de Dios es tan grande, amigos, que siempre encuentra el camino de regreso a nosotros, incluso cuando nos hemos cerrado a Él por completo. Un día, un día tranquilo como cualquier otro, mientras escuchaba música, algo hizo clic. No fue un milagro estruendoso, no fue una visión celestial que me cegara. Fue una sensación de paz profunda, una certeza que me invadió el alma de una forma suave, pero innegable.
En ese instante, Dios se hizo presente nuevamente en mi vida y me mostró, de una forma tan clara como el agua, que existe, que me ama, que me cuida, y que es infinitamente bueno. Fue un reencuentro dulce, suave, pero innegable. Volví a creer, no por obligación o por miedo (como en esa etapa mala de mi adolescencia), sino por una convicción profunda, por una experiencia personal de Su amor incondicional. Fue como si el sol, tras una tormenta interminable, volviera a brillar con una fuerza renovada, disipando la niebla de la duda y el dolor. Él me esperaba, pacientemente, como un Padre amoroso.
La utilidad de las sombras
Y es precisamente por esta fe renovada, por esta segunda oportunidad que la vida (y Dios) me ha brindado, que sentí la necesidad de crear este espacio, este blog. Quise volver a acercarme a la Palabra, no desde la rigidez ni la desesperación, sino desde la curiosidad de un corazón restaurado, para descubrirla como nunca antes lo había hecho. Y es que, sí, como os decía al principio, crecí creyente, amando a Dios y viviéndolo durante muchos años de mi vida adulta. Pero, tras esos años oscuros, tras haber caminado por el valle de las sombras y haber regresado, ahora entiendo la Palabra con una profundidad que antes me era ajena.
Es una paradoja, ¿verdad? Esos años malos, el tormento obsesivo de mi adolescencia y la oscuridad agnóstica tras la pérdida de mi padre... sí, creo que esos años han sido de utilidad. Me han enseñado sobre la fragilidad humana, sobre la verdadera naturaleza del sufrimiento, sobre la fuerza del espíritu. Me han permitido entender que la fe no es la ausencia de dudas, es la capacidad de encontrarse con Dios incluso en medio de ellas. Me han mostrado la diferencia entre una fe basada en el miedo y una fe anclada en el amor incondicional, que es libre y liberador.
Ahora, cuando leo pasajes sobre el consuelo de Dios, sobre Su paciencia, sobre Su amor que todo lo perdona, no son solo palabras. Son ecos de mi propia experiencia, verdades que he comprobado en mi propia piel y en mi propio corazón. La Palabra se ha vuelto más viva, más real, más personal, sanación para el alma que ha conocido la sequedad y la noche.
Vuestro viaje
Así que, amigos, volviendo a mi pregunta inicial: ¿Por qué sois cristianos? Cada uno de vosotros tiene una historia única, una chispa que encendió o reavivó vuestra fe. Os animo de todo corazón a compartirla conmigo en los comentarios. Vuestras experiencias son un faro para otros, una prueba de la riqueza de nuestro camino espiritual. En un mundo que a menudo parece empeñado en separarnos, la fe puede ser nuestro puente, nuestro punto de encuentro, el lugar donde nos reconocemos y nos apoyamos mutuamente.
Gracias por acompañarme en este viaje, por escuchar con el corazón abierto. Seguiremos explorando juntos la Palabra, desvelando sus misterios y encontrando consuelo y guía en sus versículos. Que la paz de Dios os acompañe siempre.
¡Hasta la próxima!
Comentarios
Publicar un comentario