Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

La ventaja inesperada: la enfermedad mental afirma nuestra fe

¡Hola a todos! Gracias por acompañarme en esta tercera parada de nuestro camino.


Si me habéis seguido hasta aquí, recordaréis que en la entrada anterior mencioné un detalle de mi vida: esa época oscura en la que la obsesión y la compulsión no solo me hicieron la vida imposible, sino que distorsionaron completamente mi manera de acercarme a Dios. Fue un apunte breve, pero esencial, porque toca una herida que, sé, muchos de vosotros también lleváis, el sufrimiento psicológico y su impacto devastador sobre la fe.


Hoy quiero que hablemos de esto, sin adornos. Quiero explorar cuán fuerte puede ser el temor psicológico, la desesperación que podemos sentir cuando la mente, motor de nuestra existencia, se convierte en nuestro verdugo. Y, lo más importante, quiero explicar por qué, incluso en medio de ese terror, los cristianos jugamos con una ventaja radical.


Cuando el alma grita y la fe titubea


Es fácil hablar de fe cuando todo va bien. Es fácil alabar a Dios en una mañana soleada. Pero, ¿qué ocurre cuando el sufrimiento no es físico, sino profundamente mental?


Muchos hemos experimentado el dolor del alma que se desgarra. No hablo solo de tristeza o ansiedad común, sino del terror psicológico que te inmoviliza, de la depresión que te arrastra a un abismo de culpa irracional, o, en mi caso, de ese TOC que te hace dudar de la más básica de las verdades: el amor incondicional de Dios.


Cuando estuve atrapada en ese ciclo obsesivo-compulsivo, cada pensamiento tonto o impulsivo se convertía en una señal de que era una pecadora irremediable, indigna de Su gracia. Mi mente, enferma, utilizaba la santidad de Dios no como consuelo, sino como un estándar imposible de alcanzar, una vara con la que azotarme.


El sufrimiento psicológico tiene la capacidad única de no solo hacernos sufrir, sino de destruir la conexión que tenemos con la fuente de toda paz. Te hace dudar de Su presencia ("Si Dios está aquí, ¿por qué me siento en un infierno mental?"). Te arrebata la promesa de Su gracia ("Debo haber hecho algo terrible para merecer este castigo"). En el peor de los casos, te hace perder el ancla por completo y, sí, puede llevar a muchos a renunciar a la fe.


Si tú estás en ese punto, sintiendo que la oscuridad es demasiado densa para que Dios la atraviese, quiero decirte: tu dolor es real, tu lucha es válida, y no estás solo.


Nuestra gran ventaja es no sufrir en el vacío


Entonces, si el sufrimiento psicológico es tan poderoso que puede destrozar nuestra relación con Dios, ¿por qué insisto en que los cristianos tenemos una ventaja?


La clave no reside en que seamos inmunes al dolor (¡ojalá!), sino en cómo interpretamos y atravesamos ese dolor.


Cuando un no creyente sufre una tribulación mental, está solo ante el sinsentido. Su sufrimiento, por muy intenso que sea, es visto como un fallo químico, un error genético, o simplemente una mala jugada del destino. Aunque la ciencia médica ayuda (y doy gracias a Dios por la neurociencia, la terapia, los medicamentos), la búsqueda de significado y el consuelo espiritual se encuentran en un vacío existencial.


Pero nosotros, los que hemos entregado nuestra vida a Cristo, tenemos algo que una parte del mundo no tiene: el Espíritu Santo y la promesa de que nuestro sufrimiento no es en vano.


Cuando mi mente estaba en guerra, no sané de inmediato, pero estaba sostenida. Estaba sostenida por el conocimiento de que Aquel que me creó conoce mis debilidades, mis luchas y mis enfermedades, incluso aquellas que residen en el cableado de mi cerebro.


La ventaja es doble:


1. Consuelo profundo: No solo tenemos terapia y medicina, sino que tenemos acceso a una Paz que va más allá de la química cerebral.


2. Propósito y perspectiva: No estamos sufriendo por casualidad. Nuestro sufrimiento (incluso el mental) puede ser utilizado por Dios para pulir nuestro carácter, aumentar nuestra paciencia y profundizar nuestro entendimiento de Su gracia.


El ancla en la tormenta, la Palabra de Dios


La segunda parte de nuestra ventaja es nuestra herramienta principal de defensa: la Biblia.


Cuando la enfermedad mental nos ataca, las mentiras son el arma más poderosa del enemigo. Nos susurra que no somos lo suficientemente buenos, que Dios nos ha olvidado, o que no hay salida. ¿Cómo combatimos las mentiras en un momento tan vulnerable?


Usamos la verdad inmutable de las Escrituras.


Necesitamos interiorizar y memorizar las promesas que precisamente nos arman contra la desesperación, la ansiedad y la duda. Os dejo aquí algunas de las promesas que se convierten en mi refugio durante épocas dolorosas, y que espero se conviertan en el vuestro:


1. La paz que sobrepasa el entendimiento


Esta es la promesa más necesaria cuando la mente se niega a calmarse.


“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:6-7)


La paz que ofrece el mundo está condicionada a circunstancias externas. La paz que ofrece Dios es una guardia que se establece en el centro de tu ser, protegiendo tus pensamientos y tu corazón a pesar del caos exterior o interior.


2. El poder en la debilidad


La enfermedad nos hace sentir débiles. Pero la Escritura nos recuerda que esa debilidad es el escenario perfecto para que el poder de Dios se manifieste.


“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.”  (Isaías 41:10)


Cuando sientes que ya no puedes más, no tienes que hacerlo con tus propias fuerzas. ¡Dios mismo te toma de la mano derecha! Tú no tienes que ser fuerte, solo tienes que rendirte a Aquel que sí lo es.


3. El propósito de la tribulación


Este es quizás el texto más transformador en el contexto del sufrimiento prolongado. Nos obliga a ver el dolor no como un fin, sino como una herramienta:


“Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y y el carácter probado, esperanza; y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” (Romanos 5:3-5)


Si estás sufriendo mentalmente, Dios está obrando en ti la paciencia que jamás hubieras podido adquirir en la comodidad. Está desarrollando un carácter que solo se forja en el fuego. Este entendimiento cambia el juego, el dolor ya no es solo dolor, es una forja.


La enfermedad que afirma la fe


Al principio planteé la pregunta: ¿la enfermedad mental debilita o rompe la fe? Y la respuesta que he vivido y que quiero transmitirte es que, si te agarras a Dios, la enfermedad no solo no debilita tu fe, sino que la afirma y la profundiza.


Cuando yo estaba en mi momento más bajo, la fe dejó de ser una teoría bonita. Se convirtió en una necesidad urgente, en mi único salvavidas.


Mi relación con Dios se hizo más real, más dependiente. Dejé de confiar en mis capacidades, mi intelecto o mi "buena conducta" (que el TOC exigía) y confié únicamente en la gracia inmerecida de Cristo.


La enfermedad me obligó a interpretar la Palabra de una manera más profunda. Las citas que antes me parecían poemas reconfortantes de la Biblia, ahora eran promesas de vida o muerte. Comprendí el significado del amor de Dios no cuando lo merecía, sino cuando me sentía más indigna.


Así que, aquí está mi firme defensa.


Es infinitamente mejor ser cristiano que no serlo cuando atraviesas una enfermedad psicológica. Porque tu sufrimiento tiene significado, tienes un consuelo divino a tu disposición, y tus dificultades están activamente siendo usadas para tu crecimiento eterno.


Y no solo eso. Es esa misma enfermedad, atravesada con la fe, la que te da una comprensión de la fragilidad humana y la inmensidad de la gracia que jamás podrías haber alcanzado en la salud perfecta.


Si estás luchando en secreto con tu mente, recuerda esto: La enfermedad te ha hecho pequeño, y en esa pequeñez, Dios se hace inmensamente grande. No dejes que la oscuridad te robe la verdad. Aférrate a Su Palabra. La lucha es dura, pero tú ya tienes la victoria en Cristo.


Un abrazo fuerte, y nos vemos en la próxima entrada.

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