El pequeño infierno de la ruedita giratoria
Si hay una lección que Dios parece empeñado en enseñarme (una y otra vez, como en un déjà vu espiritual), es la paciencia.
Y mira que yo creo que la tengo, ¿sabéis? Aguantas una cola del supermercado, esperas un diagnóstico médico, toleras el tráfico... y piensas: "listo, soy una persona paciente."
Pero entonces, entra la tecnología.
X, el algoritmo y la infinita paciencia de Dios
Os cuento la tontería que me pasó esta semana, porque en serio me hizo ver mi miseria... y la inmensidad de Dios.
Estaba yo lo más tranquila en la plataforma X (sí, Twitter, o como se llame hoy), compartiendo pensamientos sobre la fe. Le di a publicar y, ¡zas! El algoritmo decidió que mi cuenta, que es más inocente que un pollito, era "posible spam."
Y ahí empieza la odisea.
Para que te quiten la etiqueta de spam, tienes que hacer clic en un millón de sitios, confirmar que no eres un robot, enviar una apelación, esperar que un bot revise tu apelación (¡otro bot!), y ver cómo tu cuenta está bloqueada o limitada por horas, a veces días.
Se me calentó la cabeza, la verdad.
"¡Pero si solo estoy hablando de Jesús!", pensaba. Empecé a darle clic al botón de "Apelar" y a escribir mensajes mentales muy poco cristianos a ese algoritmo invisible. La frustración crecía. No era un problema grave, era solo mi acceso a una red social, pero la espera, la burocracia digital y la sensación de injusticia me estaban volviendo irritable.
Estuve luchando con el asunto durante casi medio día. Y en medio de mi tercer intento fallido por convencer a un servidor remoto de que mi cuenta era genuina, la ruedita girando en la pantalla me detuvo en seco.
La virtud que se aprende en el roce
Me di cuenta de algo muy simple: la paciencia no es algo que se tiene, es algo que se aprende, y se aprende en el roce. No la aprendes cuando todo va bien, sino en esos pequeños momentos de molesta fricción, cuando la vida (o un algoritmo) te obliga a esperar.
Y mientras respiraba hondo, intentando no volver a presionar el botón de Apelar por quinta vez, escuché esa voz sutil, que siempre nos susurra la verdad:
"¿Te molestaste tanto por esperar 10 horas debido a un error de software?"
Y ahí vino el golpe de realidad que me hizo sentir pequeña.
La infinita paciencia de Dios
Mi impaciencia es ridículamente frágil. Se rompe por un upload lento, por un semáforo largo o porque mi cuenta fue catalogada mal. Mi paciencia tiene un límite de 24 horas, si acaso.
Pero, ¿y la paciencia de Dios conmigo?
Pensadlo.
Yo tardo semanas, meses, a veces años, en entender una lección que Él me envió con amor. Yo escucho Su Palabra, la ignoro, me caigo, me levanto, vuelvo a tropezar con la misma piedra, y Él me espera. Yo le hago promesas y las rompo. Yo dudo de Su plan después de haber visto Sus milagros.
¿Cuántas veces a lo largo de mi vida genuina (no spam) he actuado como "posible error" o "posible falla" ante Él?
La verdad es que si Dios tuviera la paciencia que yo tengo, ¡ya me habría cancelado la cuenta hace muchísimo tiempo! Habría dicho: "Esta no entiende, no hay caso, bloqueo definitivo."
Pero no lo hace.
Su paciencia no es una virtud que tenga que ejercitar con esfuerzo, es parte de Su naturaleza. Es infinita, es inmerecida y es bellísima. Nos espera en nuestro enojo, en nuestra lentitud, en nuestra ceguera y en nuestro orgullo.
Él no solo me espera a que haga clic en el botón correcto, me espera a que mi corazón decida, finalmente, rendirse por completo. Y esa espera es mucho más larga que la de cualquier algoritmo.
Así que sí, el problema en X fue una tontería absoluta. Pero me recordó, una vez más, que la paciencia es un regalo que necesito pedir a diario, y que el mejor ejemplo de esa virtud no está en cuánto tiempo aguanto yo sin quejarme, sino en cuánto tiempo me ha aguantado Él a mí.
Gracias, Dios, por la paciencia que tienes con esta usuaria que a veces actúa como bot. Sigo aprendiendo a esperar, confiando en Aquel que nunca me dejará en visto.
¡Un abrazo grande a todos!
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