Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

Dios en lo cotidiano

Hoy ha sido uno de esos días que son un regalo. No un regalo que viene envuelto en papel brillante y con un lazo, sino en forma de tiempo, de calma y de buena compañía. Tuve la oportunidad de salir a caminar por un sendero cerca del río con una persona a la que quiero mucho, y mientras andábamos, sin prisas, sentí la necesidad de guardar silencio y, simplemente, mirar.


¿Sabéis a qué me refiero? A veces vamos tan rápido, con la mente en la siguiente tarea o en la preocupación de turno, que nos olvidamos de levantar la vista. Pero hoy fue diferente. Hoy decidí abrir bien los ojos del corazón, y lo que vi me dejó sin... aliento.


Vi a Dios.


Lo vi en la terquedad de una pequeña flor que se abría paso entre dos rocas, porque la vida florece incluso en los lugares más difíciles. Lo vi en cada hoja de los árboles... ninguna era idéntica a la otra, cada una con sus propios nervios, sus matices de verde, como si Dios se hubiera tomado el tiempo de diseñar cada una de ellas con un cariño infinito. Pensé en cómo nos crea a nosotros, únicos e irrepetibles, con la misma atención al detalle.


Nos detuvimos junto al río, y vi a Dios en el agua. En la forma en que la luz del sol hacía brillar cada gota, convirtiendo la corriente en algo parecido a un manto de diamantes. Cada una de esas gotas, insignificante por sí sola, formaba parte de un río fuerte que sigue su curso, que nutre la tierra y da vida. ¿No somos nosotros un poco así? Pequeños, pero parte de algo mucho más grande que nos mueve y nos da propósito.


Pero la lección no terminó en la naturaleza. De repente, me di cuenta de que no solo estaba en eso.


Lo vi también en las personas con las que nos cruzamos. En la sonrisa cansada de un corredor, en la paciencia de una madre que ayudaba a su hijo a atarse los zapatos, en la complicidad de una pareja de ancianos que caminaban en silencio, cogidos de la mano. En cada uno de ellos vi un destello de la imagen de Dios. La capacidad de amar, de perseverar, de crear comunidad.


Y entonces vi algo que me sorprendió. Lo vi incluso en las construcciones humanas. En el puente que cruzaba el río, pensé en el ingenio, en la fuerza y en el deseo de conectar que Dios nos ha dado. En las casas que se veían, pensé en el anhelo de crear un hogar, un refugio. Esa creatividad, la necesidad de construir y de cuidar, también es un eco de nuestro Creador. ¿Verdad?


No os cuento esto para sonar poética, sino porque fue una revelación sencilla y profunda a la vez. Dios no está encerrado en un templo ni reservado para los domingos. Está aquí y ahora. Está en tu taza de café por la mañana, en la llamada de un amigo, en la canción que te anima y sí, incluso en el asfalto que pisas de camino al trabajo. Su firma está en todas partes, esperando a que la descubramos.


Parad un segundo. Respirad hondo. Mirad a vuestro alrededor, sea donde sea que estéis. Buscad esa firma. Os prometo que está ahí. Y cuando la encontréis, recordaréis una de las verdades más grandes y consoladoras que existen: Él está presente, y Él es bueno.


¡Un abrazo grande!

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