Si estás leyendo esto, seguramente ya viste mi entrada anterior donde te conté qué pasa en el libro de 1 Reyes. Si no la leíste, no te preocupes, hoy no voy a asumir que ya sabes todo. Solo recuerda que en ese libro seguíamos la historia del reino de Israel después de la muerte de David, con Salomón construyendo el templo, la división del reino en dos (Israel al norte y Judá al sur), y el surgimiento del profeta Elías, que era como una figura espiritual de esas que te dejan con la boca abierta.
Pues bien, hoy vamos con lo que sigue: 2 Reyes. Y digo lo que sigue porque, en realidad, 1 y 2 Reyes no eran dos libros separados originalmente. Son como dos capítulos de una misma historia gigante que empieza con David y termina con el pueblo de Dios en el exilio. Así que si 1 Reyes era como la primera temporada de una serie, 2 Reyes es la segunda... con más drama, más profetas, más reyes malos, y también algunos que, contra todo pronóstico, decidieron hacer lo correcto delante de Dios.
El cierre del ministerio de Elías y el comienzo de Eliseo
La historia de 2 Reyes arranca justo donde terminó la anterior. El profeta Elías, ese hombre valiente que enfrentó a los profetas de Baal en el monte Carmelo, está a punto de dejar su ministerio… de una manera muy especial. En vez de morir, ¡es arrebatado al cielo en un torbellino con un carro de fuego! (sí, muy de película). Y antes de irse, le dice algo a su discípulo, Eliseo: “Pide lo que quieras que te haga antes de que yo sea quitado de ti”.
Y Eliseo le pide algo tremendo: “Quiero que recaiga sobre mí el doble de tu espíritu”. ¡Pidió el doble de la unción que tenía Elías! Y Dios lo concede. Entonces, cuando Eliseo cruza el río Jordán con el manto de Elías, el agua se aparta… Y en ese momento, todos entienden, Eliseo es ahora el nuevo profeta principal en Israel.
Eliseo sigue el ministerio de Elías, pero con un enfoque más cercano, como más humano. Hace milagros como sanar a un hombre de lepra (Naamán, un general sirio), multiplicar el aceite de una viuda, resucitar a un niño… cosas que te dejan pensando... Dios sigue actuando, incluso en medio de la oscuridad.
Un reino cada vez más oscuro
Mientras Eliseo va haciendo milagros, en los reinos de Israel (el norte) y Judá (el sur), las cosas van de mal en peor. En el norte, los reyes son casi todos malos, adoran a ídolos, construyen altares falsos… y Dios no deja de enviar profetas para advertirlos. Pero pocos escuchan.
En Judá, a veces hay un rey que intenta hacer lo correcto, como Jehosafat, Jehoás o, más adelante, Ezequías. De hecho, Ezequías es uno de mis favoritos. Este rey decidió limpiar el templo, restaurar la adoración verdadera y confiar en Dios cuando el ejército asirio, uno de los más temidos de la historia, fue a atacar a Jerusalén.
Dios envió al ángel del Señor, que mató a 185.000 soldados en una sola noche. Sí, leíste bien, 185.000. Y el ejército enemigo huyó sin luchar. Una señal clara de que con Dios, todo es posible, aunque las circunstancias digan lo contrario.
La caída de Israel… y después la de Judá
Pero no todo es esperanza. En el año 722 a.C., el reino de Israel (el norte) es conquistado por Asiria. La gente es llevada en exilio, mezclada con otros pueblos, y prácticamente desaparece del mapa. Este es un punto clave: Dios había advertido una y otra vez, a través de profetas como Amós, Oseas y Eliseo, que si no se apartaban de la idolatría, tendrían consecuencias. Y así fue.
El reino de Judá sigue un tiempo más, pero también comete los mismos errores. Hay reyes que queman a sus hijos como ofrenda a dioses falsos (como hizo el rey Ahaz o Manasés, ¡una locura total!), otros que se alían con naciones paganas en vez de confiar en Dios…
Hasta que llega Nabucodonosor, rey de Babilonia, que destruye Jerusalén en el año 586 a.C. Incendia el templo (el mismo que Salomón construyó con tanto esplendor), destruye las murallas, y se lleva al pueblo a Babilonia.
¿Te das cuenta del peso de esto? El templo, que era el lugar donde Dios había decidido habitar entre su pueblo, ¡era ahora un montón de escombros! Y el pueblo de Dios, elegido, liberado de Egipto, guiado por Moisés… está viviendo en tierra extranjera, lejos de su hogar.
¿Por qué pasó todo esto?
Aquí es donde el libro nos da una clave importantísima... no fue un accidente. No fue porque Dios no los protegía. Fue porque, una y otra vez, el pueblo eligió a otros dioses, se creyó autosuficiente, ignoró las advertencias, y trató a los pobres y justos con injusticia.
Los profetas no eran unos pesimistas... eran mensajeros de amor. Decían: “Vuelvan a Dios. Hay tiempo todavía”. Pero muchos no escucharon.
¿Y hay esperanza?
Sí, y aunque el libro termina con el pueblo en exilio, hay una pequeña chispa de luz al final. En el último capítulo, el rey de Babilonia (Evil-Merodac) libera del encierro a Joacim, el rey de Judá, y lo trata con bondad. Le da ropa nueva y lo invita a comer en su mesa todos los días.
¿Te suena simbólico? Porque a mí sí. Es como decir que, aunque todo se derrumbó, Dios no ha terminado con su pueblo. Hay un futuro. Hay restauración. De hecho, esto nos lleva directo a los libros siguientes, como Esdras y Nehemías, donde veremos cómo, años después, el pueblo regresa a su tierra y reconstruye el templo.
¿Qué aprendemos de 2 Reyes?
Yo misma saco estas valiosas lecciones:
-Dios es fiel, pero no tolera la idolatría. Él quiere todo nuestro corazón, no un poquito.
-Los profetas son importantes. No eran adivinos, sino voceros de Dios. Hablaban verdad, aunque fuera incómoda.
-Los milagros siguen pasando. Como con Eliseo, Dios sigue actuando en lo cotidiano: sanando, sustentando, librando.
-Las decisiones tienen consecuencias. Los reyes marcaron el rumbo de todo un pueblo. Y nuestras decisiones personales también afectan a los que nos rodean.
Nunca es demasiado tarde para volver. Aunque Judá terminó en exilio, Dios no los abandonó. Y a ti tampoco te ha abandonado.
Para terminar… leer 2 Reyes puede parecer intenso. Mucho rey, mucho ejército, muchas guerras. Pero, en el fondo, es una historia de amor y fidelidad. Dios no dejó de amar a su pueblo, a pesar de todo. Y hoy sigue igual: Dios sigue esperando que volvamos a Él con el corazón sincero.
Así que si hay algo en tu vida que necesitas sanar, cambiar, entregar… no esperes a que todo se derrumbe. Hoy es el día para decir: “Señor, quiero volver a Ti”.