Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

Un año de la DANA: Cuando tu día de sol choca con la tormenta de otro

Hoy, mientras escribo esto, se cumple un año exacto de algo que nos sacudió a todos, la catastrófica DANA que azotó con violencia la Comunitat Valenciana. Sé que la imagen que muchos tenéis es la de la destrucción, los coches arrastrados, la desesperación, y el agua que se llevó tanto vidas, como el patrimonio y la paz. Fue una jornada terrible, un día que quedó marcado en la historia por el dolor y la pérdida.


Y es precisamente por eso que hoy necesito hablaros de este día. Porque la memoria de esa fecha me trae una reflexión muy personal y, os confieso, un poco incómoda.


Mi día redondo, vuestra catástrofe


Mientras en todas las zonas afectadas se desataba el diluvio, para mí ese día fue… bueno. Fue un día maravilloso.


Me tocó lejos, afortunadamente (en otra comunidad). En mi zona, el cielo estaba azul. La temperatura era perfecta. Era solo paz. Recuerdo haber tenido una mañana productiva que me llenó de optimismo. Por la tarde, tuve una experiencia personal muy buena (de las que te hacen dar gracias a Dios de rodillas y te ponen una sonrisa tonta que no se te quita).


Guardo un cariño especial a ese día. Para mí, fue un día redondo, marcado por la bendición y por una sensación profunda de que "todo va bien".


El problema llegó al encender la televisión.


La puñalada de la culpa


En cuanto vi las imágenes de la destrucción, el contraste me golpeó como un mazazo. Allí estaba yo, celebrando mi pequeño triunfo personal, sintiendo el sol en la cara, mientras a cientos de kilómetros, familias enteras perdían el trabajo de toda una vida, sus hogares y, lo más trágico, a sus seres queridos.


Y entonces, llegó la culpa.


¿Cómo podía estar tan feliz? ¿Cómo podía estar disfrutando de un día de paz mientras mis compatriotas se ahogaban en el fango y la desesperación? Sentí que mi alegría era una ofensa. Me sentí egoísta, frívola, como si mi bendición personal estuviera, de alguna manera, invalidada por la tremenda tragedia ajena.


Esto me hizo plantearme algo, y creo que muchos nos identificamos. ¿Tenemos derecho a disfrutar de nuestros días de sol sabiendo que el mundo está ahogándose?


¿Por qué permite Dios los desastres? (Spoiler: a veces el desastre somos nosotros)


Esta dinámica de la alegría personal confrontada con el dolor global inevitablemente nos lleva a la pregunta eterna. ¿Por qué permite Dios el sufrimiento?


Pensando en la DANA, mi corazón encontró una respuesta importante que quiero compartir con vosotros. No estoy hablando de los desastres naturales inevitables, sino de aquellos que, como cristianos, vemos que están tremendamente agravados por la mano del hombre.


La DANA era un fenómeno meteorológico. Pero la catástrofe que arrasó tanto, no fue solo obra de la naturaleza. Fue obra de la falta de planificación, de la construcción imprudente, de la ineficacia de las respuestas a emergencias y, sí, de la maldad o la incompetencia humana que antepone el beneficio personal (ejem... político) a la seguridad de los demás.


Dios no causó ese sufrimiento. Lo causó la negligencia humana y, sí, el estado roto de este mundo. Me ayudó a darme cuenta de que muchas de las tragedias que vemos no son castigos divinos, sino las consecuencias directas de nuestra propia soberbia o ineficacia.


Y esto me llevó a mi siguiente punto.


La responsabilidad del cristiano bendecido


Si Dios me ha regalado un día de sol y bendición, mientras a otros les toca la tormenta, ¿debo rechazar esa bendición por culpa?


Absolutamente no. La paz y la alegría son regalos de Dios, y sentirlas es un acto de gratitud. El problema no es disfrutar, sino cómo utilizamos esa bendición y esa paz.


Si tú, como yo, has sido afortunado de que la tragedia te haya tocado lejos y has tenido un buen día, tu deber como cristiano cambia. No se trata de culparse, sino de canalizar la gratitud y la seguridad que sientes.


No debemos ignorar el dolor, sino usarlo como combustible para la oración. Tu paz te da la estabilidad mental para interceder por quienes están en medio del caos. Ellos no tienen las circunstancias calmadas para poder orar, tú sí.


Ahora viene lo más importante. Convertir la culpa en acción. En lugar de sentirte mal por estar bien, pregúntate "¿cómo puedo usar mi tiempo, mi dinero o mi estabilidad para ser sol para la persona que perdió el suyo?" Un día de bendición personal es una recarga de pilas, no un pasatiempo. Nos recargamos para servir. SERVIR.


Aparte, creo que es bueno que podamos ser testigos de la Paz. Cuando la gente se pregunta dónde estaba Dios en la tormenta, nosotros, los que fuimos bendecidos con la calma ese día, tenemos el privilegio de ser sus manos y pies, llevando consuelo, ayuda material y esperanza.


Sí, es humano sentir culpa al estar bien mientras el mundo sufre. Pero el Evangelio nos llama a la gratitud activa. Si hoy tienes un día bonito, si estás sano y tu mesa está llena, da gracias. Y luego, usa esa fuerza para extender la mano y ser un ejemplo vivo de que, incluso después de la catástrofe, la esperanza y la ayuda de nuestra comunidad cristiana no se han secado.

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