¿Por qué darlo todo es recibirlo todo?
Hoy me topé con una frase que llegó a lo más profundo de mi corazón. "Nada de lo que damos se pierde, porque el bien que sale de ti primero te atraviesa."
Uf, ¿verdad? Es de esas cosas que te hacen detenerte y mirar al cielo con gratitud. Como cristiana, esta frase me hizo pensar en tantas cosas, pero sobre todo, en la naturaleza misma de Dios y en cómo estamos llamados a reflejarla.
La primera parte, "Nada de lo que damos se pierde", habla de la economía divina, que es tan diferente a la nuestra. En un mundo que a menudo mide el éxito en términos de lo que recibimos o acumulamos, esta frase dice que el valor real está en lo que entregamos.
Piénsalo... esa sonrisa que ofreces al cajero con prisas, esa palabra de ánimo a una amiga que pasa por un mal momento, ese tiempo que dedicas a escuchar sin juzgar, esa ayuda que tiendes a alguien que no puede devolverte el favor. A ojos del mundo, quizás sean solo gestos pequeños, insignificantes. Pero a los ojos de Dios, ¡nada de eso se pierde! Él lo ve. Él lo valora. Él lo registra en su libro de vida.
Cristo mismo nos enseñó esto: "Es más bienaventurado dar que recibir" (Hechos 20:35). Él nos mostró que el verdadero "éxito" no es acumular, sino vaciarse, entregarse. Su vida, su sacrificio en la cruz… todo fue un acto supremo de dar, y mira el impacto eterno que tuvo.
Pero la segunda parte de la frase, la que me caló más hondo, es esta: "porque el bien que sale de ti primero te atraviesa."
Aquí está la maravilla, la pura verdad del Evangelio. Cuando el amor fluye a través de nosotros, cuando la compasión nos impulsa a actuar, cuando la gracia nos mueve a perdonar, no somos meros canales pasivos. ¡Ese bien no es ajeno a nosotros! Nos transforma en el proceso.
Imagina que eres un recipiente. Si el agua fresca y pura pasa a través de ti, el recipiente mismo se refresca, se limpia, se impregna de esa frescura. Es lo mismo con el bien de Dios.
Cuando permitimos que Su amor, Su bondad, Su paciencia, Su generosidad, fluyan a través de nosotros hacia otros, nos purifica, saca de nosotros el egoísmo, el temor, la amargura que a veces nos aferra. Nos llena, nos colma de una alegría y una paz que no provienen de las circunstancias externas, sino de la conexión con Dios. Nos moldea, nos hace más parecidos a Jesús, cuyo corazón rebosaba de amor y entrega.
Y también nos recuerda quiénes somos. Hijos amados de un Padre que es la fuente inagotable de todo lo bueno. Somos portadores de Su luz.
Cuando damos sin esperar nada a cambio, cuando amamos sin condiciones, cuando servimos con un corazón sincero, es como si el Espíritu Santo obrara en nosotros, llenándonos de Su presencia. Ese "bien que te atraviesa" es, en esencia, la presencia de Dios obrando en y a través de nosotros, dejándonos marcados, transformados, y más completos que antes.
No podemos dar lo que no tenemos. Para que el bien salga de nosotros, primero debe estar dentro de nosotros. Y para los que creemos en Jesús, ese bien es Él mismo, viviendo en nosotros por el Espíritu.
Así que, ¿qué hacemos con esto?
Puuuues... no tener miedo de dar. No retener por temor a quedarnos "vacíos" o a que nuestro esfuerzo sea "en vano".
Porque la verdad es que cada vez que das un pedacito de tu corazón, de tu tiempo, de tus recursos, de tu amor… ese bien primero te atraviesa, te toca, te bendice. Y al final del día, te encontrarás más lleno, no más vacío. Más conectado a la fuente de la vida misma.
Nunca pienses que lo que das es pequeño, porque el bien, cuando sale de ti, siempre deja una huella eterna, tanto en quien lo recibe como en ti mismo.
Con cariño y una oración para que el bien siempre te encuentre, me despido hasta la próxima.
Comentarios
Publicar un comentario