Cómo actuar en Halloween si eres católico
Sé que este tema puede remover algunas sensibilidades en estas fechas, y es algo que cada vez se vive de forma más intensa en España. Me refiero, claro, a la fiesta de Halloween. Como católica, y como mujer que intenta vivir su fe con coherencia, he reflexionado sobre esto, y quiero compartir mis pensamientos desde el corazón y sin ánimo de juzgar a nadie.
Para empezar, quiero dejar algo clarísimo. Poner unas decoraciones especiales, como unas calabazas o unas telarañas, o que los niños (o nosotros mismos) tomen caramelos temáticos, que es lo que solemos hacer aquí en España cuando celebramos algo de Halloween, no creo que sea intrínsecamente anticatólico ni que nos vaya a condenar. Entiendo perfectamente que para muchos es una diversión inocente, una excusa para que los peques se disfracen o para reunirse con amigos.
Sin embargo, creo que es importante ir un poco más allá de lo superficial y preguntarnos "¿por qué desde nuestra fe se nos recomienda cierta cautela, o incluso no celebrar Halloween?" No es por ser aguafiestas, sino por un profundo amor a la verdad, a nuestros pequeños y a nuestra propia espiritualidad.
Halloween, como sabéis, tiene raíces que se remontan a festividades paganas celtas (el Samhain) y que, a lo largo de la historia, se fueron mezclando y transformando. Lo interesante para nosotros es que el catolicismo no vino a borrar estas costumbres de golpe, sino a darles un nuevo y santo sentido. Así, el 1 de noviembre celebra la Solemnidad de Todos los Santos, un día glorioso para recordar a todos esos hombres y mujeres que ya gozan de Dios en el Cielo y que son nuestros intercesores y modelos. Y el 2 de noviembre, el Día de los Fieles Difuntos, para rezar y pedir por nuestros seres queridos, confiando en la misericordia divina.
Lo que ha pasado con Halloween es que ha recuperado y a veces acentuado elementos más oscuros y folclóricos de esas raíces, pero de una forma desvinculada del sentido cristiano. Nos hemos quedado con el envoltorio, pero hemos perdido el verdadero regalo, la esencia de lo que celebramos.
La trivialización de lo macabro y del mal
Aquí es donde, para mí, el asunto se vuelve más delicado. Halloween, en su forma actual, glorifica o, al menos, trivializa la muerte, el miedo, lo grotesco, los monstruos, los demonios, las brujas, los fantasmas... Es cierto que de forma caricaturesca, en plan de juego. Pero, ¿qué mensaje estamos mandando a nuestros hijos (y a nosotros mismos)?
¿Se pueden jugar con el mal o con lo oscuro? Nuestra fe nos enseña que el mal es real, que el demonio existe, y que la brujería o el ocultismo no son broma. Son realidades que nos alejan de Dios y que tienen consecuencias espirituales. Disfrazarse de bruja, de diablo o de esqueleto puede parecer inocente, pero si lo miramos con ojos de fe, ¿estamos fomentando una ligereza ante realidades que son serias y peligrosas para el alma?
La confusión para los niños... es enseñarles que la muerte es un juego, o que los monstruos son divertidos, y eso puede desdibujar la fina línea entre el bien y el mal, entre lo que es de Dios y lo que no. ¿No queremos, precisamente, formarles en el amor a la luz, a la vida, a la belleza, a la santidad?
Como católicos, estamos llamados a ser luz en el mundo. Jesús nos lo dice: "Vosotros sois la luz del mundo". Nuestra identidad cristiana se opone a la oscuridad, al miedo, a lo lúgubre. En un mundo cada vez más secularizado que busca emociones en lo superficial, en lo "cool" o en lo que llama la atención, nosotros estamos llamados a ofrecer algo distinto, la alegría que viene de Dios, la esperanza que vence a la muerte, la belleza de la santidad.
Cuando llega el 31 de octubre, en lugar de preparar calabazas tenebrosas y disfraces de monstruos, ¿no deberíamos estar preparando nuestros corazones para la alegría gloriosa de Todos los Santos? Para recordar a Teresa de Calcuta, a Juan Pablo II, a San Francisco de Asís, a la Virgen María... ¡Ellos son nuestros verdaderos modelos!
Entonces, ¿qué podemos hacer? No creo que sea buena idea encerrarnos en casa o sentirnos raros. Pero sí lo es discernir y vivir nuestra fe con autenticidad.
En estas fechas, creo que lo mejor es honrar Todos los Santos y Fieles Difuntos. Preparar algo especial para el 1 de noviembre. Ir a Misa juntos, visitar el cementerio para rezar por nuestros difuntos, hacer una comida familiar donde se recuerden a los abuelos y bisabuelos que ya están con Dios.
¡Eso sí que es auténticamente nuestro!
Preguntemos "¿qué estamos celebrando? ¿A quién o a qué estamos dando protagonismo?"
Pues, en definitiva... creo que no se trata tanto de prohibir por prohibir, sino de elegir. Elegir la luz frente a la oscuridad, la belleza frente a lo grotesco, la vida frente a una visión lúgubre de la muerte. Elegir a nuestros santos y a nuestra fe frente a lo que el mundo nos ofrece.
Un saludo y hasta la próxima entrada.
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