Código Génesis

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La guerra siempre la pagan los mismos

Estamos asistiendo a una nueva escalada en Oriente Próximo, esta vez con Irán en el centro de la diana. Para situarnos sin perdernos en el laberinto de la geopolítica, desde hace una semana, Estados Unidos e Israel han iniciado una ofensiva masiva contra infraestructuras estratégicas y militares en territorio iraní. La respuesta de Teherán no se ha hecho esperar, con ataques cruzados que ya afectan a varios países (desde el Líbano hasta el Golfo Pérsico).


¿Qué nos cuentan? Los motivos oficiales que desfilan por los informativos son los de siempre... la seguridad preventiva, el control del programa nuclear, la lucha contra el terrorismo o la defensa de la democracia. Cada bando tiene su PowerPoint preparado para justificar por qué apretar el botón de los misiles es, supuestamente, la única opción ética.


Lo que hay debajo (y lo que me quema), me parece que es distinto. Sinceramente, cuesta creerse el envoltorio. Detrás de las banderas y la retórica de buenos contra malos, lo que asoma es la sospecha de motivos mucho más espurios. El control de las rutas del petróleo, la hegemonía regional, el negocio armamentístico que ya anuncia producciones récord y, por qué no decirlo, intereses electorales y de imagen de líderes que necesitan una guerra para tapar sus propias miserias domésticas.


Como cristiana, no me vas a encontrar en el bando de unos ni de otros. No es por equidistancia cobarde, es por una convicción radical. Estoy en contra de esta y de todas las guerras porque la factura siempre la pagan los mismos.


No la pagan los que firman las declaraciones de guerra desde despachos con aire acondicionado y seguridad privada... No.


La pagan las familias de Teherán que hoy huyen con lo puesto porque un misil inteligente no distingue un búnker de un bloque de pisos. La pagan los soldados jóvenes (de cualquier bando) que mueren defendiendo una frontera que a sus jefes les importa solo por lo que hay enterrado debajo. La pagamos todos en forma de odio acumulado para las próximas tres generaciones, haciendo que la paz sea, cada día, un poco más imposible.


La guerra no es un tablero de ajedrez, es una trituradora de carne humana. Y mientras los poderosos juegan a ser dioses del destino mundial, nosotros, desde la fe, no podemos ser ilusos. La paz no es solo rezar un Padrenuestro con los ojos cerrados, es denunciar que se está usando la vida de miles de inocentes como moneda de cambio para beneficios que nunca llegarán a la gente de a pie.


En esta Cuaresma, el mayor sacrificio que podemos ofrecer no es dejar de comer carne, sino dejar de digerir la propaganda que nos pide elegir un bando de verdugos. El único bando del cristiano es el de las víctimas.




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