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Por qué prefiero la Semana Santa a la Navidad

Espero que hayáis tenido una Semana Santa bendecida, llena de fe y, sobre todo, de la comunión íntima con Dios que el silencio de estos días permite. Ahora que las procesiones han recogido sus pasos y los templos vuelven a la calma, quería aprovechar para confesaros algo muy personal... que me gusta mucho más la Semana Santa que la Navidad.


Sé que dicho así, en un mundo que adora las luces y los villancicos, suena casi a sacrilegio, pero permitidme que me explique.


El agotamiento de una Navidad de diseño


La Navidad se ha vuelto, a mi juicio, profundamente cargante. Empieza en octubre con anuncios de perfumes, estantes llenos de turrones cuando aún hace calor y una presión estética que nos obliga a estar felices por decreto. Se ha convertido en un festival del consumo, algo vano y superficial donde parece que el tamaño del regalo mide el cariño.


Y no hablemos de los compromisos sociales. Reunirse está bien, por supuesto, pero ese ritmo forzado de cenas interminables, compromisos por compromiso y un exceso de comida calórica y desmedida... me pregunto a menudo, ¿qué tiene esto de cristiano? Hemos permitido que la Navidad se transforme en una versión popular y pagana de sí misma, una fiesta de luces que atestan las calles pero que, a veces, dejan el corazón a oscuras, lleno solo de un bienestar material que se evapora el 7 de enero.


La victoria desnuda de la Semana Santa


En cambio, la Semana Santa no necesita adornos. No hay promociones de "compre dos viacrucis y lleve uno gratis". No hay luces de colores tapando la realidad de la vida.


Para un católico, estos días representan el momento culmen, la razón de ser de nuestra fe. Aquí no celebramos la ternura de un nacimiento (que es preciosa, no me malinterpretéis), sino la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. Jesús se entrega por completo, baja a nuestros infiernos y sale victorioso. ¿Qué regalo material puede superar eso?


Y esto era lo que os quería decir, que prefiero la Semana Santa porque es auténtica. Nos enfrenta al dolor, a la traición y a la muerte, pero para darnos la respuesta definitiva, la Resurrección. Además, no hay caretas. En la sobriedad del Jueves o el Viernes Santo, uno se encuentra con Dios sin necesidad de banquetes ni de aparentar una felicidad de catálogo.


Como dice San Pablo, si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe. La Navidad es el prólogo, pero la Semana Santa es el desenlace que nos salva de verdad.


Prefiero el silencio de una iglesia en sombras al ruido de un centro comercial. Prefiero la alegría profunda y serena del Domingo de Resurrección a la euforia efímera de una fiesta de fin de año. Porque, al final, lo que llena el corazón no es lo que compramos, sino saber que la muerte no tiene la última palabra. 


Gracias por leer mi reflexión. ¡Hasta la próxima!

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