Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

La historia de José, cuando los sueños de Dios se cumplen

A veces pienso que las historias más antiguas de la Biblia conservan una fuerza increíble. Hoy quiero invitarte a hacer un viaje por una de las historias más fascinantes del Génesis: la de José, el soñador. Pero antes de llegar a él, tenemos que conocer su familia, porque en esa familia tan peculiar empezó todo.


La gran familia de Jacob


Jacob, el hijo de Isaac y nieto de Abraham, no tuvo precisamente una vida sencilla. Después de recibir la bendición de su padre (aquella historia complicada con su hermano Esaú), Jacob huyó y llegó a la casa de su tío Labán. Allí conoció a la mujer que le robó el corazón: Raquel.


Pero Labán era un astuto. Cuando Jacob trabajó siete años para casarse con Raquel, el día de la boda Labán le dio por esposa a Lea, la hermana mayor. Imagínate la sorpresa de Jacob al descubrirlo al amanecer. Aun así, decidió quedarse con Lea y trabajar otros siete años por Raquel. Así comenzó una familia con más giros que una telenovela.


Lea fue la primera en darle hijos a Jacob. Tuvo a Rubén, Simeón, Leví y Judá. Cada vez que nacía uno, ella expresaba en su nombre el deseo de ganar el amor de su esposo. Luego, Raquel, que no podía tener hijos, le dio su sierva Bilhá para que tuviera hijos por medio de ella, y de esa unión nacieron Dan y Neftalí. Lea, celosa, hizo lo mismo con su sierva Zilpá, que dio a luz a Gad y Aser. Más tarde, Lea tuvo dos hijos más, Isacar y Zabulón, y una hija, Dina. Finalmente, después de años de espera y lágrimas, Raquel dio a luz a José, y más adelante, a Benjamín.


Así, los doce hijos de Jacob fueron: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín. Sí, de ellos surgirían las famosas doce tribus de Israel. ¡Qué familia tan numerosa y tan marcada por amores, celos y rivalidades!


El joven de los sueños


José creció siendo el favorito de su padre. Jacob lo había tenido en su vejez y, además, era hijo de su esposa amada, Raquel. Por eso, le regaló una túnica especial (de muchos colores), una prenda que lo distinguía de los demás. ¿Puedes imaginar la tensión en esa familia? Los hermanos de José veían ese favoritismo y lo odiaban.


Pero José no ayudó mucho a mejorar la situación. Contaba con entusiasmo los sueños que tenía. Uno en el que su gavilla de trigo se mantenía erguida mientras las de sus hermanos se inclinaban ante la suya. Otro, en el que el sol, la luna y once estrellas se postraban ante él. No era difícil imaginar por qué sus hermanos se llenaron de envidia.


Traicionado por los suyos


Un día, cuando José fue a buscar a sus hermanos en el campo, estos aprovecharon la oportunidad. Al verlo de lejos, tramaron matarlo. Finalmente, Rubén intervino para evitar la muerte y propuso dejarlo en un pozo vacío. Después, al ver pasar una caravana de comerciantes ismaelitas que se dirigían a Egipto, Judá sugirió venderlo. Así lo hicieron, por veinte piezas de plata. Lo que siguió fue un engaño cruel: mancharon la túnica de José con sangre de un cabrito y se la llevaron a su padre, que, destrozado, creyó que su hijo había muerto devorado por una fiera.


Imagino el dolor de aquel muchacho de diecisiete años, vendido por sus propios hermanos, camino de una tierra lejana, sin entender que en medio de esa traición empezaba el plan de Dios.


De esclavo a administrador


Ya en Egipto, José fue vendido a Potifar, un oficial del faraón. A pesar de su dolor, no dejó que la amargura lo consumiera. Trabajó con excelencia, y el texto bíblico repite una frase que me enternece: “El Señor estaba con José”. Su fe le dio favor ante Potifar, quien lo puso al frente de toda su casa.


Pero un día todo se torció. La esposa de Potifar intentó seducirlo y, al verse rechazada, lo acusó falsamente. José fue encarcelado injustamente. Sin embargo, incluso en la prisión, Dios siguió con él. El jefe de la cárcel lo puso al cuidado de los demás prisioneros. Eso me enseña algo muy profundo: aun en las circunstancias más oscuras, la fidelidad a Dios nos mantiene firmes y preparados para lo que viene después.


El intérprete de sueños


En la cárcel, José conoció al copero y al panadero del faraón, quienes habían tenido sueños extraños. José los interpretó con precisión: el copero sería restituido y el panadero ejecutado. Su petición fue simple: “Acuérdate de mí cuando estés ante el faraón”. Pero el copero se olvidó… hasta dos años después.


Entonces, el faraón tuvo sus propios sueños: siete vacas gordas devoradas por siete vacas flacas, y siete espigas llenas consumidas por siete espigas secas. Nadie podía interpretarlos, hasta que el copero recordó a aquel hebreo en la cárcel. José fue llamado y, con humildad, dijo algo precioso: “No está en mí; Dios dará la respuesta”.


La interpretación fue clara: Egipto viviría siete años de abundancia seguidos por siete de hambre. José aconsejó al faraón que nombrara a un hombre sabio para administrar los recursos. Y el faraón, impresionado, dijo: “¿Podríamos encontrar a otro como este, en quien esté el espíritu de Dios?” Así, José pasó de ser preso a gobernador de Egipto. ¡Qué giro divino!


El reencuentro con sus hermanos


Durante los años de hambre, la noticia de que Egipto tenía grano llegó hasta Canaán. Jacob envió a sus hijos a comprar alimento, todos menos Benjamín. Cuando José los vio, los reconoció de inmediato, pero ellos no supieron quién era aquel gobernador vestido con ropas egipcias. José los puso a prueba, con una mezcla de nostalgia y sabiduría. Quería saber si habían cambiado.


Después de varias idas y venidas, de lágrimas y pruebas (incluida aquella en la que puso su copa en el saco de Benjamín), finalmente no pudo contenerse más. Lloró delante de todos y se dio a conocer. “Yo soy José, vuestro hermano, al que vendisteis a Egipto.” Imagino el silencio, la sorpresa, la culpa. Pero José, con una madurez espiritual enorme, los consoló: “No fuisteis vosotros quienes me enviasteis aquí, sino Dios, que me ha puesto como padre de faraón, para preservar vidas.”


Ese momento me conmueve cada vez que lo leo. José no se vengó. Vio el propósito más allá del dolor.


El perdón y la providencia


Jacob y toda su familia se trasladaron a Egipto, donde vivieron en la región de Gosén. Allí, José cuidó de ellos durante el resto de su vida. Cuando su padre murió, los hermanos temieron que José aprovechara para vengarse, pero él respondió con una de las frases más poderosas del Génesis:


“Vosotros pensasteis mal contra mí, pero Dios lo encaminó a bien.”


En esas palabras hay una de las mayores lecciones de fe de toda la Biblia.


José vivió hasta ver a los hijos de sus nietos. Antes de morir, pidió que sus huesos fueran llevados a la tierra prometida cuando Dios liberara a su pueblo de Egipto. Y así fue. Aun muerto, su fe seguía apuntando hacia las promesas de Dios.


El significado de todo esto


Cada vez que medito en la vida de José, veo un patrón divino que también se repite en la nuestra. Su historia es la historia de cómo Dios se revela en medio de lo injusto y lo transforma en propósito.


José fue traicionado, acusado falsamente y olvidado, pero en cada etapa Dios estaba obrando algo invisible. No hay momento desperdiciado cuando caminamos en fidelidad. Lo que para otros son pérdidas, para Dios es preparación.


Además, la vida de José apunta al corazón del evangelio. Él fue rechazado por sus hermanos, vendido por unas pocas monedas, y sin embargo, se convirtió en salvador de los mismos que lo traicionaron. ¿No es eso lo que Jesús hizo por nosotros? A veces, el Antiguo Testamento es como un susurro que anuncia redención antes de que el nombre de Jesús aparezca en las páginas del Nuevo Testamento.


Lo que José me enseña a mí (y espero que también a ti)


Cada vez que paso por una temporada de silencio, cuando los sueños parecen lejanos, recuerdo a José. Pienso en su esperanza en medio del pozo, en su fidelidad en la tentación, en su humildad al interpretar sueños, y en su ternura al perdonar. Su vida me recuerda que no hay túnel tan oscuro donde Dios no esté preparando la salida.


Cuando las cosas no salen como esperas, cuando otros te hieren o cuando las promesas parecen tardar demasiado, pregúntate: ¿y si Dios está usando justamente esto para llevarme a un propósito mayor?


José nunca dejó de soñar, pero lo más importante es que nunca dejó de confiar. Y al final, sus sueños no fueron solo sobre él, sino sobre la salvación y el bienestar de muchos.


Creo que es mejor mirar más allá de las circunstancias, creer que incluso lo que hoy no entendemos puede ser parte de un plan perfecto. 


Gracias por leer hasta aquí. Ojalá esta historia reavive tu fe y te recuerde que, aunque no siempre vemos el hilo invisible de Dios, Él nunca deja de tejer esperanza en nuestras vidas.

Comentarios