Un día para volver al corazón de Dios
Es domingo. El sol parece brillar distinto, ¿verdad? Hay algo en este día que invita a detenerse, a respirar más despacio, a dejar que el alma repose del ruido de la semana. Me gusta pensar que el domingo no sólo es el séptimo día, sino un regalo que Dios nos hace para recordarnos quiénes somos y a dónde vamos. Es el día para celebrar, para acercarnos más (aún más) a Él.
Durante los días normales, casi sin darnos cuenta, nos vamos dejando arrastrar por el frenesí del mundo. Queremos cumplir metas, alcanzar objetivos, resolver pendientes… y sin notarlo, caemos en una especie de carrera interminable. Corremos detrás de algo (situaciones, cosas o resultados) que muchas veces nos deja vacíos. Pero llega el domingo, y con él, esa dulce oportunidad de soltar la tensión, de decir “basta por un momento” y simplemente estar en la presencia de Dios.
Hoy, mientras me preparaba un sencillo té y abría las ventanas, pensaba en lo hermoso que es ser cristiana, ser católica, en medio de un mundo que, tantas veces, parece haberse olvidado de Dios. No lo digo con tristeza, sino con esperanza. Porque en medio de ese aparente silencio, nosotros (tú, yo y tantos otros) seguimos encendiendo pequeñas luces. Y eso... ¿no es un milagro?
A veces el mundo se siente... ateo. Lo vemos en las noticias, en las redes, en ciertas conversaciones donde hablar de fe suena casi como si uno confesara algo excéntrico. Pero ser cristiana no es una rareza: es un privilegio. Es vivir con el corazón despierto. Es mirar la vida con ojos que saben que hay más allá de lo visible, que detrás de cada momento hay un propósito amoroso.
Reconozco que hubo un tiempo en que yo misma me sentía confundida. El ruido del mundo me decía que la fe era cosa del pasado, que lo importante era “lograr”, “producir”, “avanzar”. Sin embargo, cuanto más me dejaba llevar por esa corriente, más vacía me encontraba. Fue entonces cuando comprendí que lo que me faltaba no era éxito, sino silencio. No era reconocimiento, sino oración. No era tener más, era confiar más.
Ser cristiana hoy es un acto de, ¿cómo decirlo...?, valentía. Sí, pero también es una fuente inmensa de alegría. La fe no me aleja del mundo, al contrario, me enseña a amarlo mejor, a mirar a las personas con ternura, a entender que detrás de cada historia hay un alma amada por Dios. Y cuando vivo desde ese lugar, todo cambia. Los problemas no desaparecen, claro, pero el miedo pierde fuerza. La esperanza se vuelve más grande que la incertidumbre.
Este domingo, podrías detenerte un momento.
Apaga el ruido que te empuja a “aprovechar el tiempo” y permítete simplemente ser. Da gracias por lo que tienes, por lo que eres, por la posibilidad de creer. Si puedes, ve a misa, reza, mira el cielo. Habla con Dios como con un amigo. Cuéntale lo que te duele, pero también lo que te alegra. Y escucha. A veces su voz llega en el silencio, como una brisa suave que acaricia el alma.
Quizás, ser católica en este tiempo significa vivir de tal modo que los demás, al verte, puedan intuir algo del amor de Dios. Esa, creo, es una de las mayores misiones que tenemos.
Y te confieso algo: cuanto más vivo desde la fe, más libre me siento. La vida deja de ser una carrera para convertirse en un camino. Ya no se trata de acumular logros, sino de cultivar el alma. Ya no busco “tener razón”, sino amar. Y aunque a veces tropiezo (porque sí, todos tropezamos), encuentro consuelo en saber que Dios no se cansa de volver a levantarme.
Quizás tú también sientas que el mundo se ha vuelto demasiado ruidoso y demasiado incrédulo. No te preocupes. La fe no necesita mayoría. Basta una chispa para encender un fuego.
Somos llamados a ser luz, a ser sal, a vivir con alegría. Y eso empieza en lo cotidiano: en cómo tratamos a los demás, en cómo perdonamos o en cómo enfrentamos el día con esperanza.
Hoy, domingo, haz que tu alma respire. Deja que el amor de Dios te abrace otra vez. No hace falta hacer grandes cosas, a veces, basta con mirar el cielo y decir “gracias”, con poner el corazón en silencio y sentir que, incluso en medio del ruido del mundo, Dios sigue ahí… esperándonos, amándonos, sonriendo.
Porque al final, vivir con fe no es vivir menos, es vivir más. Más conscientes, más agradecidos y más libres. Y qué maravilla descubrir, una y otra vez, que la vida con Él siempre es mejor.
Feliz domingo.
Que hoy sea un día de descanso, de oración, y de nueva alegría en el Señor.
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