Eutanasia (y el caso de Noelia Castillo Ramos)
Hay temas muy duros. Me es difícil escribir sobre ellos. La eutanasia es uno de esos temas. Es un asunto complejo, donde se juntan el miedo al sufrimiento, la libertad individual y situaciones límite que nadie desearía vivir. No pretendo ofrecer respuestas simplistas ni herir la sensibilidad de quienes han acompañado a un ser querido en su agonía. Mi intención es otra. Quiero explicar, con la mayor claridad posible, por qué la visión católica se resiste a esta práctica. No es por rigidez dogmática, sino por una apuesta radical, y profundamente humana, por la vida.
El espejo roto de Noelia Castillo Ramos
Me he decidido a escribir esto empujada por la noticia de Noelia Castillo Ramos. Su caso nos ha roto el corazón a muchos, ¿verdad? Una chica de solo 25 años que ha pedido morir, no por una enfermedad en fase terminal, sino por un "sufrimiento psíquico insoportable" tras una vida marcada por abusos y traumas.
El caso de Noelia es el síntoma de una sociedad que, ante un dolor que no sabe gestionar, ofrece como salida la desaparición de la persona. Y es aquí donde la postura católica levanta la voz, no para juzgar a Noelia (a quien solo cabe abrazar y encomendar), sino para cuestionar el sistema que le ofrece la muerte antes que una esperanza real de sanación.
La visión católica, ¿por qué decimos "no"?
Para el pensamiento católico, la vida no es una propiedad privada de la que podamos disponer según nuestro nivel de bienestar. Es, en realidad, la vida, algo muchísimo mejor. Es un don. Pero, más allá de lo teológico, hay tres puntos que creo que explican nuestra postura de forma humana.
El primero es que la dignidad no es "calidad de vida". A veces confundimos ambas cosas. La Iglesia sostiene que una persona no pierde su dignidad porque no pueda valerse por sí misma, porque tenga dolor o porque su mente esté causando sufrimiento. La dignidad es intrínseca... no depende de lo que puedas hacer, sino de lo que eres.
El segundo punto es que, cuidado, porque el "derecho a morir" puede convertirse en un "deber de morir". Cuando la eutanasia se normaliza, los más vulnerables (los ancianos, enfermos crónicos, las personas con depresión) pueden sentir que son una carga. Lo que se presenta como libertad puede transformarse en una presión para desaparecer. Y eso, como sociedad, deberíamos evitarlo a toda costa.
Y, el último punto que creo que es importante aclarar es que deberíamos cuidar cuando ya no se puede curar. La alternativa católica no es el encarnizamiento terapéutico (prolongar la vida artificialmente a toda costa, algo a lo que la Iglesia también se opone). La verdadera alternativa son los cuidados paliativos y el acompañamiento. Es decir: "No te mataremos, pero haremos todo lo posible para que no te duela y para que no estés solo".
Cuando una sociedad le dice a una joven de 25 años que su dolor es tan irresoluble que lo mejor es ayudarla a morir, algo se ha roto en nuestra manera de acompañar. El "no" de la Iglesia no es un capricho... es un "sí" a la posibilidad de que, incluso en la noche más oscura, toda vida merece ser sostenida hasta su final natural.
A Noelia (y a tantos como ella) les debemos mucho más que una inyección letal. Les debemos una razón para quedarse.
No es sufrir por sufrir.
Conviene desmontar el mito... No, la Iglesia no defiende el ensañamiento terapéutico. No se trata de mantener un cuerpo conectado a máquinas cuando ya no hay esperanza, convirtiendo la muerte en un proceso artificial y cruel. Eso sí atenta contra la dignidad humana.
La frontera ética es clara. La eutanasia busca causar la muerte para eliminar el dolor. La limitación del esfuerzo terapéutico acepta que la medicina tiene un límite y permite dejar morir en paz cuando llega el momento.
Pero no es lo mismo provocar la muerte que permitir que llegue de forma natural.
El derecho a no sentir dolor
Otro punto poco conocido es que el catolicismo defiende el uso de sedación potente cuando es necesaria. Pío XII lo afirmó hace décadas y el Catecismo lo mantiene. Si un enfermo terminal sufre, es lícito administrar analgésicos aunque, como efecto secundario no buscado, puedan acortar ligeramente la vida.
La diferencia está en la intención. No es lo mismo dar una droga para provocar la muerte que dar un medicamento para aliviar el sufrimiento, aceptando que el cuerpo está llegando al final.
El caso de Noelia y el abandono paliativo
Volviendo a Noelia, el drama es que se le ofrece la muerte como alivio a un trauma psíquico. La respuesta católica no es decirle "aguanta y sufre", sino "te acompañaremos, te cuidaremos y trataremos tu dolor (físico y del alma) con todo lo que la ciencia y el amor humano permitan".
La eutanasia es el camino rápido, el que permite a las instituciones lavarse las manos. Los cuidados paliativos y el acompañamiento son el camino difícil... requieren tiempo, recursos y humanidad.
Como cristianos, elegimos ese camino porque creemos que ninguna vida, por muy rota que esté, sobra.
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