El Éxodo contado de principio a fin
Después de haber compartido con vosotros mis reflexiones sobre el Génesis (lo mejor que pude), de haber dejado espacio para meditar y hasta de poner algunos dibujos para colorear, siento que ha llegado el momento de continuar el viaje. Y ahora nos toca abrir el libro del Éxodo.
Quizá nunca lo hayas leído. No pasa nada. Te lo voy a contar como si estuviéramos sentados juntos, con la Biblia cerrada sobre la mesa, y yo te relatara la historia paso a paso. Permanece atento, porque el Éxodo está lleno de símbolos que hablan de nuestra propia vida y voy a contártelo de manera sencilla.
De una familia a un pueblo
El Génesis terminaba con José (el hijo de Jacob) viviendo en Egipto. Gracias a su sabiduría, el país sobrevivió a una gran hambruna, y la familia de Jacob se mudó allí. Eran todavía pocos, una familia numerosa, pero no un pueblo.
Cuando comienza el Éxodo, han pasado muchos años. José y los suyos han muerto, y las generaciones siguientes se han multiplicado tanto que los israelitas ya son una nación dentro del país. Pero aquel Faraón amable del tiempo de José también ha desaparecido. El nuevo rey egipcio no sabe quién fue José ni lo que hizo por Egipto. Solo ve a un pueblo extranjero que crece rápido y empieza a temer que se vuelva demasiado poderoso.
Así que decide esclavizarlos. Los obliga a trabajar sin descanso, construyendo ciudades y levantando monumentos para el faraón. Pero, cuanto más los oprimen, más crecen. Entonces el faraón toma una decisión terrible: manda matar a todos los hijos varones recién nacidos de los israelitas.
El nacimiento de Moisés
En medio de ese horror nace un niño llamado Moisés. Su madre, desesperada por salvarlo, lo esconde durante tres meses. Cuando ya no puede mantenerlo oculto, hace algo tan valiente como doloroso: coloca al pequeño dentro de una cesta de papiro, la sella con betún para que flote y la deja entre los juncos del río Nilo. La hermana del bebé, Miriam, lo observa desde lejos.
Y aquí ocurre algo que solo Dios puede orquestar. La hija del faraón baja al río, ve la cesta y adopta al niño. Lo llama Moisés, que significa “sacado de las aguas”. Sin saberlo, el enemigo del pueblo hebreo cría en su propia casa al que, más tarde, liberará a ese mismo pueblo.
Moisés crece como un príncipe egipcio, educado entre lujos. Pero en su corazón no olvida sus raíces. Un día, al ver cómo un capataz egipcio maltrata a un hebreo esclavo, Moisés interviene y termina matando al egipcio. Sabe que ha cometido un crimen y huye al desierto. Allí conoce a Séfora, hija de un sacerdote madianita, con quien se casa. Durante años vive como pastor, lejos de Egipto, aparentemente olvidado por la historia.
Y sin embargo, Dios no se ha olvidado de él.
La zarza ardiente
Un día, mientras cuida el rebaño, Moisés ve una zarza en llamas. Lo sorprendente no es el fuego, sino que el arbusto no se consume. Se acerca con curiosidad… y entonces escucha una voz que pronuncia su nombre: “Moisés, Moisés”. Él responde: “Aquí estoy”.
Dios le pide que se quite las sandalias, porque el lugar que pisa es santo. Luego le revela su misión, deberá volver a Egipto y liberar a su pueblo de la esclavitud.
Moisés tiene miedo. Dice que no sabe hablar bien, que nadie le creerá, que no es la persona adecuada. Pero Dios le promete que estará con él y que su hermano Aarón le ayudará. Y cuando Moisés pregunta por el nombre de aquel que lo envía, Dios responde con una de las frases más profundas de toda la Biblia: “Yo soy el que soy.”
Ese es el nombre eterno del Señor, el Dios que existe por sí mismo, que no depende de nada y que siempre es fiel.
Regreso a Egipto y las señales de Dios
Obedeciendo, Moisés y Aarón regresan a Egipto. Se presentan ante el faraón y le transmiten el mensaje divino: “Deja salir a mi pueblo para que me adore en el desierto.”
El faraón no solo se niega, sino que aumenta el trabajo de los esclavos. El corazón del rey se endurece y así comienzan las diez plagas. Cada una de ellas muestra el poder de Dios sobre los falsos dioses de Egipto y sobre la naturaleza misma.
Las resumo paso a paso, para que comprendamos el desarrollo completo:
El agua convertida en sangre: el Nilo, fuente de vida, se vuelve un río rojo y pestilente.
Las ranas invaden Egipto, llenando casas y camas.
Los mosquitos cubren hombres y animales.
Los tábanos torturan al pueblo egipcio, pero los israelitas quedan ilesos.
Una peste mata el ganado de los egipcios.
Úlceras y llagas aparecen en hombres y bestias.
El granizo destruye los cultivos y mata todo lo que queda al aire libre.
Las langostas devoran lo poco que sobrevive.
Tinieblas densas cubren el país durante tres días.
Y finalmente, la muerte de los primogénitos. En cada casa egipcia muere el hijo mayor, incluso el del faraón.
Antes de esa última plaga, Dios da instrucciones a su pueblo. Cada familia debe sacrificar un cordero sin defecto y marcar con su sangre los dinteles de sus puertas. Cuando el ángel destructor pase, verá la señal y “pasará de largo”. De ahí viene el nombre de Pascua, que significa “paso”. Los israelitas deben comer aquel cordero con pan sin levadura y listos para partir.
Esa noche ocurre la tragedia en Egipto y la liberación de Israel. El faraón, vencido por el dolor, finalmente los deja ir.
El paso del mar Rojo
El pueblo sale deprisa, pero no tarda en ser perseguido. El faraón cambia de opinión y manda su ejército tras ellos. Los israelitas llegan frente al mar Rojo. Se desesperan. Pero Dios le ordena a Moisés levantar su bastón y extender su mano sobre el mar. Entonces el viento sopla toda la noche y las aguas se abren, formando un camino seco en medio del mar.
El pueblo cruza, y cuando los egipcios intentan seguirlos, las aguas vuelven a su lugar y los cubren. Es el gran momento de la liberación total. Moisés y su hermana Miriam cantan un cántico de victoria, alabando al Señor que ha salvado a su pueblo.
En el desierto
La libertad recién ganada pronto se revela difícil. En el desierto el pueblo tiene hambre y sed, y se queja una y otra vez. Dios responde con paciencia, hace brotar agua de una roca y les envía maná, un alimento misterioso que aparece cada mañana, como escarcha dulce, suficiente para cada día. Así aprenden a confiar en que el Señor provee, aunque no siempre de la manera esperada.
El monte Sinaí y la alianza
Siguiendo su camino, los israelitas llegan al monte Sinaí. Allí se produce un encuentro impresionante. Truenos, relámpagos, una nube espesa y la voz de Dios sonando sobre la montaña.
Moisés sube y recibe las Tablas de la Ley: los Diez Mandamientos. Son el corazón de la alianza que Dios hace con su pueblo. Ya no son solo esclavos liberados, son una nación santa, llamada a vivir en comunión con su Creador.
Pero mientras Moisés permanece en el monte, el pueblo pierde la paciencia. Piensan que él ha muerto y deciden fabricar un becerro de oro, una estatua para adorarla como su dios. Moisés, al bajar, los encuentra danzando ante el ídolo y rompe furioso las tablas. Sin embargo, intercede ante Dios para que los perdone. El Señor renueva la alianza y entrega nuevas tablas, signo de que su misericordia es más grande que su ira.
La presencia de Dios en medio del pueblo
Desde entonces, Dios ordena construir un Tabernáculo, una tienda sagrada donde su presencia (la gloria del Señor) habitará entre los israelitas. Columna de nube de día, columna de fuego de noche, así los guía en su camino. Queda atrás la esclavitud, pero aún falta aprender lo más importante... la libertad interior, la que nace de obedecer y amar a Dios.
¿Cuál es el sentido del Éxodo?
Cuando leo y vuelvo a contar esta historia, me doy cuenta de que el Éxodo es nuestra propia historia espiritual.
Todos, en algún momento, hemos sido esclavos de algo: del miedo, del pecado, de la tristeza, del orgullo, del “no puedo”. Y así como Moisés fue llamado para liberar a Israel, Jesús es el nuevo Moisés que viene a liberarnos del poder del mal.
El paso por el mar Rojo es símbolo del Bautismo, donde dejamos atrás la esclavitud del pecado y nacemos a una vida nueva. El maná del desierto anuncia la Eucaristía, el verdadero Pan del Cielo. Y la alianza del Sinaí nos recuerda que la libertad no consiste en hacer lo que queramos, sino en amar con plenitud.
Caminar hoy hacia la libertad
Cada vez que leo el Éxodo pienso que la vida cristiana es un camino como aquel. Una salida constante de nuestras zonas de esclavitud hacia la tierra prometida del amor y la confianza en Dios. No siempre es fácil. A veces queremos volver a Egipto, porque el desierto asusta. Pero el Señor camina con nosotros.
Os recomiendo leer o releer este libro con calma. Imaginad el polvo del desierto, el viento que separa las aguas, el eco de las trompetas en el Sinaí… y, sobre todo, el corazón de un Dios que escucha el clamor de su pueblo y baja a salvarlo. Ese mismo Dios sigue escuchándonos hoy.
Quizás tú (como yo misma tantas veces) también estás viviendo tu propio Éxodo. Tal vez sientes que algo te esclaviza, que Dios te está invitando a salir, a confiar, a dar un paso más allá del dolor. Si es así, puede que te ayude esta pequeña oración: “Señor, condúceme fuera de mis Egiptos, enséñame a cruzar mis mares, y hazme caminar en tu presencia, aunque el desierto sea largo.” Y mientras tanto, sigue caminando. Porque el Dios del Éxodo no se queda atrás, va delante de ti, abriendo camino.
Así es el Éxodo contado de principio a fin. Todos tenemos un “Egipto” del que salir: miedos, pecados, dependencias. Atravesamos desiertos de prueba y necesitamos escuchar la voz de Dios que nos guía. Y todos estamos llamados a descubrir que la verdadera tierra prometida no es un lugar concreto, sino la comunión con el Señor.
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