Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

"He visto al que ve" (Dios), la verdad que transforma mi rutina

¡Hooola! De verdad que aprecio mucho que me acompañéis por aquí una semana más.


Hoy quiero compartir con vosotros algo muy personal que me sucedió mientras preparaba una entrada del blog que puse ayer. A veces, la Palabra de Dios hace eso: te detiene en seco, te desvía del plan original y te obliga a arrodillarte justo donde estás.


Estaba releyendo el pasaje de Agar en el Génesis. Sabéis, esa esclava, extranjera y expulsada, que se encuentra huida, sola en el desierto, después de haber sido rechazada. Es una historia de desesperación extrema.


Pero fue la frase con la que Agar nombra a Dios lo que me hizo parar el mundo. Dice: “Tú eres el Dios que me ve” (Génesis 16:13). O, como lo dice la traducción que tengo más marcada: “He visto al que ve”. (Intento variar las traducciones que leo y hago un batiburrillo, la verdad).


Al leerlo, sentí algo que me llegó hasta el estómago, una profunda sacudida interior. Y pensé: ¿Cómo es posible que una persona, en el momento de mayor abandono y soledad, sea la que le ponga nombre a esta verdad tan fundamental de nuestra fe? ¿Y qué significa realmente para nosotros, sentados hoy en nuestras casas, saber que hemos visto al que ve?


La esencia de un DIOS PERSONAL


Agar no tenía un pacto con Dios como Abrahám. Ella no era parte del pueblo elegido. Ella era una mujer invisible, una víctima de las circunstancias, una forastera en tierra extraña. Y Dios la encuentra precisamente allí, en su momento más bajo, en la soledad del desierto, un lugar que representa el vacío y la muerte.


Cuando Agar dice: "He visto al que ve", está declarando la identidad de Dios no solo como el Omnipotente, ni el Creador, ni el todopoderoso... sino como El-Roi, el Dios que me ve.


Para mí, esta es la promesa más tierna. Nos enseña que Dios no es un ser distante que solo se ocupa de la historia global o de las grandes figuras bíblicas. Él es el Dios que se inclina para ver a la persona más insignificante, la más maltratada, la más olvidada. Te ve a ti. Me ve a mí.


Un pilar de la Fe católica


¿Cómo se aterriza esta verdad en nuestra vida católica?


Como católicos, a veces somos propensos a caer en la rutina de las prácticas, en la lista de lo que debemos hacer. Corremos el riesgo de pensar que Dios solo nos ve cuando estamos en la Misa, con la Biblia abierta o haciendo una obra de caridad.


Pero la experiencia de Agar nos recuerda que Dios nos ve siempre.


Sí, nos ve en la Eucaristía. Al recibir a Jesús, no es solo un acto de fe comunitario, es un encuentro personal. Él te ve allí, con tus luchas de la semana, tu cansancio y tu esperanza. Es un encuentro con El-Roi.


Sí, en la confesión. Lo que nos hace dudar de Su amor es pensar que somos demasiado sucios o avergonzados para ser vistos. Saber que Él es "El que ve" nos da la certeza de que Él ya conoce nuestra miseria y nos espera con misericordia, no con juicio. Él ve el arrepentimiento antes de que lo pronunciemos.


¿Cuántas veces hacemos el bien sin que nadie lo note? El sacrificio de levantarte temprano para rezar, la paciencia que ejercitas con tu hijo, la sonrisa que das a un compañero de trabajo difícil. Ante los ojos del mundo, podrías ser invisible. Pero "El que ve" está allí, anotando cada detalle de tu amor silencioso.


Pero esta mirada de El-Roi no se limita a los momentos sagrados o a las acciones extraordinarias. También nos ve en la quietud de nuestro hogar, en la monotonía aparente de la vida diaria. Él te observa mientras preparas la cena para tu familia, mientras doblas la ropa o lavas los platos. Está allí cuando juegas con tus hijos en el suelo o simplemente descansas en tu sillón después de un largo día. En esos instantes, que quizás nadie más nota, Él ve tu corazón, tu cansancio, tu amor silencioso y tu simple presencia. Para Él, no hay momento insignificante en tu vida, porque cada uno es parte del tapiz que Él mismo teje contigo.


Cómo moldear el día a día sabiendo que somos vistos


Cuando incorporamos esta verdad ("Soy visto por el que ve"), nuestra vida se transforma de maneras muy prácticas.


Una de ellas es que desaparece la necesidad de máscara. Si Dios es "El que ve", no tengo que fingir. No tengo que actuar como si tuviera toda la fe del mundo cuando mi alma está temblando. Imagina la libertad de poder presentarte ante Dios tal como eres: exhausto, ansioso, frustrado por ese error recurrente. Agar no podía esconderse. Tampoco tú. Y en esa vulnerabilidad radical, encontramos el consuelo. Ya no nos preguntamos si Dios nos entiende, Él nos ve.


Otra cosa es que hay propósito en lo pequeño. ¿Qué es lo que más te cuesta hoy? ¿La monotonía del trabajo? ¿El cuidado repetitivo de la casa? ¿La lucha contra un mal hábito que no puedes vencer? Cuando trabajamos bajo la mirada de "El que ve", la intención detrás de la acción cobra un valor eterno. Ya no se trata de fregar el suelo, se trata de ofrecer ese esfuerzo a Dios que lo ve. Ya no es solo terminar el tedioso informe, es usar los talentos que Él me dio con diligencia.


Saber que Él ve el esfuerzo, no solo el resultado, es el combustible más alentador para la rutina.


Además, creo que también te da paz en la soledad e, incluso, en la injusticia. A veces, la vida te hace sentir como Agar: abandonado, incomprendido o tratado injustamente. Puede que te den de lado en tu comunidad, o que tu trabajo no sea reconocido.


En esos momentos, es cuando volvemos a la frase que me detuvo: "He visto al que ve". 


Si te sientes solo, Él te está viendo. Si estás sufriendo una injusticia, Él es testigo. No luchas solo, porque la mirada de Dios está puesta sobre ti. Esta verdad es un ancla de paz en medio de la tormenta.


La invitación 


Si hoy te sientes abrumado por las expectativas, por el cansancio o por la sensación de que nadie entiende el peso que llevas... recuerda a Agar, la mujer olvidada que nos enseñó el nombre más íntimo de Dios.


Tú eres visto.


No necesitas gritar para que te escuche. No necesitas grandes hazañas para que te note. Su mirada ya está sobre ti, llena de amor y atención personal.


Te invito a que hoy, en medio de tu jornada, hagas una pequeña pausa. Cierra los ojos y repite conmigo: “Gracias, Señor. Eres el Dios que me ve. Y yo te he visto a Ti en mi desierto”. Deja que esa verdad te dé la fuerza para seguir adelante, con la certeza de que cada paso que das está bendecido por Su mirada.


¡Que la paz de Dios os acompañe siempre!

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