Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

¿Levítico? ¡No te asustes! Explicación fácil del libro menos leído

Si hay un libro de la Biblia que suele acumular polvo en nuestras estanterías, ya sea físicas o mentales, ese es Levítico. No me lo neguéis. Es el libro que la mayoría de nosotros abordamos con una mezcla de curiosidad, aprehensión y, seamos sinceros, la certeza de que nos aburriremos con sus listas interminables de sacrificios, leyes de pureza y rituales que parecen no tener sentido en nuestro siglo.


Y os entiendo perfectamente. Yo misma, en mis primeros años de fe, lo miraba con recelo. “¿Pieles de animales, sangre, enfermedades en la piel, chivos expiatorios… para qué necesito yo esto, si tengo a Jesús?” Pensaba. Era el libro donde mi plan de lectura de la Biblia solía estancarse. Pero, ¿sabéis qué? Un día decidí tomar aire, pedirle a Dios que me abriera los ojos, y zambullirme de verdad. Y ahí fue cuando, poco a poco, lo inexplicable sucedió: Levítico empezó a hablarme. No solo a mí, sino de mí, y de la increíble, maravillosa gracia de nuestro Dios.


Así que, si nunca lo habéis leído, o si lo habéis intentado y os sentís como yo al principio, dejadme que os tome de la mano y os guíe a través de sus páginas. No os contaré solo lo que dice, sino lo que significa, lo que nos revela del corazón de Dios y, sobre todo, cómo, sorprendente y gloriosamente, apunta a Jesús en cada rincón. Porque Levítico puede parecer un libro aburrido de reglas antiguas pero, en realidad, es una carta de amor de un Dios santo que anhela vivir entre Su pueblo impuro, y nos muestra cómo Él hace posible esa amistad.


El escenario


Para entender Levítico, necesitamos ubicarnos en el tiempo y el espacio. Estamos justo después del Éxodo. Dios ha liberado a Su pueblo de la esclavitud en Egipto con milagros poderosos. Los ha llevado al Monte Sinaí, donde les ha entregado Su Ley, incluyendo los Diez Mandamientos. Y aquí es donde la historia se vuelve crucial. Dios ha anunciado que desea habitar en medio de ellos. Sí, el Creador del universo, el Santo de los santos, quiere vivir en una tienda de campaña, en el campamento de un pueblo ruidoso, imperfecto y pecador.


¿Os imagináis la tensión? ¡Un Dios absolutamente santo no puede convivir con el pecado y la impureza! Sería como intentar mezclar aceite y agua, pero con consecuencias mortales. El problema es real... Dios es santo (qadosh, que significa “separado”, “distinto”, “puro”). Su presencia es vida y bendición, pero también es fuego consumidor para lo impuro. El pueblo, a pesar de haber sido liberado, seguía siendo pecador. ¿Cómo cerrar esta brecha?


Aquí entra Levítico. Este libro es, en esencia, la guía de usuario para vivir en la presencia del Dios santo. Les explica cómo acercarse a Él, cómo mantener esa relación y cómo vivir de una manera que refleje Su santidad. Es un manual de rituales, sí, pero también es un manual de vida santa para un pueblo llamado a ser diferente.


El corazón de Levítico es el Tabernáculo, la tienda de reunión que Dios les mandó construir. Es allí donde Su gloria descendió, simbolizando Su presencia. Levítico les enseña cómo interactuar con esa presencia, cómo resolver el problema del pecado que los separaba, y cómo mantener la pureza necesaria para que Dios pudiera seguir morando entre ellos sin destruirlos.


Desgranando el libro


Levítico puede dividirse en varias secciones principales, y cada una nos revela una faceta de la santidad de Dios y de Su plan redentor.


1. Las ofrendas, que son un puente hacia Dios (Capítulos 1-7)


Empezamos con los sacrificios. Sí, ¡sangre, fuego y carne quemada! Para nosotros puede sonar barbárico, pero para los israelitas, era la forma central de interactuar con Dios. Parecen “reglas” arbitrarias, pero no, eran provisiones divinas para que ellos pudieran acercarse a un Dios santo. Cada ofrenda tenía un propósito específico y nos enseña lecciones profundas sobre el pecado, la expiación y la comunión con Dios.


Imaginad que el pecado es una barrera formidable entre vosotros y Dios. Estas ofrendas eran los puentes que Él mismo construía.


-El holocausto (ofrenda quemada, Olah): Si leéis Levítico 1, veréis que esta ofrenda se quemaba por completo sobre el altar. Era para hacer expiación (cubrir el pecado) y expresar una dedicación total a Dios. El animal era sustituto del oferente, y su consumo total simbolizaba la entrega sin reservas.


¿Qué nos dice hoy? Nos apunta directamente a Jesús. Su sacrificio en la cruz fue el holocausto perfecto, una entrega total y una expiación completa por nuestros pecados, de una vez para siempre (Hebreos 10:10).


-La ofrenda de cereal (Ofrenda de grano, Minchah): Esta era una ofrenda de harina, aceite e incienso (Levítico 2). No involucraba sangre y era una expresión de gratitud y reconocimiento por las provisiones y bendiciones de Dios. Era una ofrenda de paz y devoción.


¿Qué nos dice hoy? Nos recuerda que Jesús es el “Pan de Vida” (Juan 6:35). También nos enseña que nuestra vida, nuestro trabajo y nuestros talentos deben ser una ofrenda de gratitud a Dios por Su provisión.


-La ofrenda de paz (Ofrenda de comunión, Shelem): Esta ofrenda (Levítico 3) era única porque una parte era para Dios, otra para el sacerdote y otra para el oferente y su familia. Era una comida compartida con Dios, simbolizando paz, bienestar y comunión.


¿Qué nos dice hoy? Nos muestra el anhelo de Dios por la comunión con nosotros. Jesús nos ha traído la paz verdadera con Dios (Romanos 5:1), y ahora podemos tener una relación íntima con Él, compartiendo “la mesa” a través de la Cena del Señor y en nuestra comunión diaria.


-La ofrenda por el pecado (Chatta’t): Aquí llegamos a la ofrenda para situaciones más difíciles (Levítico 4). Se hacía para cubrir los pecados involuntarios o no intencionales que cometía el individuo o la comunidad. El sacerdote aplicaba parte de la sangre en lugares específicos del tabernáculo o altar, y la sangre era vista como el medio de expiación.


¿Qué nos dice hoy? Nos enseña la seriedad de todo pecado, incluso el que no era intencional, y la necesidad de una expiación. Jesús, sin haber conocido pecado, se hizo pecado por nosotros para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él (2 Corintios 5:21). Su sangre purifica de todo pecado, intencional o no.


-La ofrenda por la culpa (Asham): Muy similar a la ofrenda por el pecado, pero con un énfasis en la reparación y restitución cuando se había dañado a alguien o violado algo sagrado (Levítico 5-6). A menudo incluía devolver lo robado o dañado más un 20%.


¿Qué nos dice hoy? Nos recuerda que el pecado no solo ofende a Dios, sino que a menudo daña a otros. Nuestro arrepentimiento debe llevar a la restitución. Jesús no solo nos perdona, sino que también paga la deuda por nuestros pecados, restaurando lo que estaba perdido.


Como se puede ver, las ofrendas nos muestran tres verdades fundamentales: el pecado es grave y nos separa de un Dios santo; el pecado requiere un pago o un sustituto; y Dios ha provisto el camino para la expiación y la comunión.


2. El sacerdocio (Capítulos 8-10)


Una vez establecidas las ofrendas, Levítico nos presenta a los que debían administrarlas: los sacerdotes. En los capítulos 8 y 9, somos testigos de la consagración de Aarón (hermano de Moisés) y sus hijos como los primeros sacerdotes. Es un ritual largo y detallado, lleno de lavamientos, unciones con aceite, vestiduras especiales y sacrificios. ¿Por qué tanta ceremonia? Para subrayar la santidad y la seriedad de su rol. Eran los mediadores entre un Dios santo y un pueblo pecador. Su vida debía reflejar la santidad de Aquel a quien servían.


Pero el capítulo 10 nos da un golpe de realidad impactante: Nadab y Abiú, dos de los hijos de Aarón, ofrecen "fuego extraño" delante de Dios. La Biblia no especifica exactamente qué fue lo "extraño", pero la consecuencia fue inmediata y aterradora: fuego del Señor los consumió, y murieron allí mismo. ¿Qué nos enseña este episodio tan crudo? Nos grita la verdad innegable: la santidad de Dios no es algo con lo que se deba jugar. Su presencia es un regalo, pero Su santidad exige respeto absoluto y obediencia a Sus mandamientos. No es un Dios que podamos manipular o al que podamos acercarnos según nuestras propias ideas. Nadab y Abiú aprendieron de la peor manera que el servicio a Dios debe hacerse en Sus términos.


El sacerdote, por su parte, tenía la importante tarea de enseñar al pueblo las leyes de Dios, discernir entre lo santo y lo profano, y representar al pueblo ante Dios, llevando simbólicamente sus pecados.


¿Qué nos dice hoy? Nos recuerda que Jesús es nuestro Gran Sumo Sacerdote (Hebreos 4:14-16). Él es el único mediador perfecto entre Dios y el hombre. Él es el que nos representa ante el Padre, y Su sacerdocio es eterno, sin necesidad de sustitutos pecadores.


3. Leyes de pureza e impureza (Capítulos 11-15)


Ahora llegamos a una sección que a muchos les resulta extraña: las leyes sobre alimentos limpios e inmundos, impurezas por enfermedad (como la lepra), por contacto con cadáveres, o por flujos corporales. A primera vista, parecen reglas arbitrarias o de mera higiene. Y sí, tenían beneficios de higiene y salud pública, pero su significado va mucho más allá.


Estas leyes definían lo que era ritual o ceremonialmente puro o impuro. Es importante entender que la impureza no siempre era pecado moral. Por ejemplo, una mujer que acababa de dar a luz era impura (Levítico 12), o alguien que tocaba un cadáver (Levítico 11:24). Esto no era pecaminoso, pero los hacía incapaces de acercarse al Tabernáculo o participar en ciertos rituales hasta que se purificaran.


-Animales limpios e inmundos (dieta): Levítico 11 detalla qué animales podían comerse. Los animales inmundos (cerdos, mariscos, ciertos tipos de aves) eran a menudo carroñeros o asociados con el caos. Comerlos o tocarlos los hacía impuros. Estas leyes ayudaban a Israel a mantener una identidad distintiva como pueblo de Dios, separado de las naciones paganas. También enseñaban sobre la vida y la muerte, y la necesidad de mantener la vida.


¿Qué nos dice hoy? Aunque para los cristianos las restricciones dietéticas han sido levantadas (Marcos 7:19, Hechos 10), el principio es clave: Dios esperaba que Su pueblo fuera distinto. Nuestra santidad espiritual debe separarnos del mundo, no por reglas externas, sino por un corazón transformado.


-Impurezas por enfermedades, flujos y muerte: Levítico 12-15 aborda la impureza por el nacimiento (asociado a la vida y la sangre), por las enfermedades de la piel (tradicionalmente traducida como "lepra", que aislaba a la persona de la comunidad y del culto) y por cualquier flujo corporal anormal o contacto con la muerte.


¿Por qué eran estas cosas impuras? La impureza a menudo se asociaba con la muerte, la decadencia o la pérdida de la fuerza vital. La presencia de Dios es la fuente de vida perfecta, y cualquier cosa que sugiriera la muerte o la imperfección no podía acercarse a Él sin antes purificarse. Estas leyes nos enseñaban la fragilidad de la vida y la santidad de la vida que viene de Dios. Nos decían que todo lo que está manchado o imperfecto no puede morar con un Dios perfecto.


¿Qué nos dice hoy? Nos revelan la necesidad universal de purificación. Todos estamos manchados por el pecado, que es una fuerza de muerte. Jesús, con Su sacrificio, purificó a los que estaban muertos en sus pecados. Él es nuestra fuente de pureza y vida eterna.


4. El día de la Expiación (Yom Kippur) (Capítulo 16)


Si hay un capítulo central en Levítico, es el 16. Aquí se describe el Día de la Expiación, o Yom Kippur, el día más solemne del calendario israelita. Una vez al año, durante este día especial, se hacía expiación por todos los pecados de la nación y se purificaba el propio Tabernáculo del peso de la impureza del pueblo.


El ritual era así:


El Sumo Sacerdote (Aarón, y luego sus sucesores) tenía que hacerse sacrificios primero por sus propios pecados antes de poder interceder por el pueblo.


Luego, tomaba dos machos cabríos. Uno era sacrificado como ofrenda por el pecado para el pueblo, y su sangre era llevada al Lugar Santísimo, el lugar más sagrado del Tabernáculo, rociada sobre el propiciatorio (la cubierta del Arca del Pacto) para hacer expiación. Era la única vez en el año que alguien podía entrar al Lugar Santísimo.


El segundo macho cabrío, el chivo expiatorio, no era sacrificado. En cambio, Aarón ponía sus manos sobre la cabeza del animal y confesaba sobre él todos los pecados de Israel. Luego, el chivo era llevado lejos, al desierto, para que se “llevara” simbólicamente los pecados del pueblo, al lugar donde ya no pudieran volver a afligirlos.


¿Qué nos dice hoy? Este ritual es una de las imágenes más poderosas de la obra de Jesús. Él es nuestro Sumo Sacerdote perfecto, que no tuvo que hacer sacrificios por Sus propios pecados porque no los tenía. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, sacrificado una vez y para siempre. Y Él es también nuestro chivo expiatorio, el que cargó con todos nuestros pecados y los llevó lejos, para que nosotros fuéramos perdonados y libres. El libro de Hebreos profundiza magistralmente en cómo Jesús cumple y supera cada aspecto de Yom Kippur.


5. El código de Santidad para ser santo en la vida diaria (Capítulos 17-27)


Después de los sacrificios y el Día de la Expiación, Levítico se adentra en lo que se conoce como el Código de Santidad. Aquí, la santidad no se limita al Tabernáculo o a los rituales, sino que se extiende a cada aspecto de la vida diaria del israelita. El mandamiento central es este: "Seréis santos, porque yo, Jehová vuestro Dios, soy santo" (Levítico 19:2).


Esta sección aborda:


-La sacralidad de la sangre (Capítulo 17): Prohibición de comer sangre, porque "la vida de la carne en la sangre está". La sangre es sagrada porque representa la vida, y solo puede usarse para la expiación en el altar.


-Moral sexual (Capítulo 18 y 20): Leyes estrictas contra el incesto, el adulterio, la bestialidad y otras prácticas sexuales ilícitas. Estas prohibiciones no eran solo para la salud social, sino porque estas prácticas "profanaban" la tierra y el pueblo, impidiéndoles ser un pueblo santo.


-Justicia social y ética (Capítulo 19): Este capítulo es un tesoro. Incluye mandamientos como "no hurtarás", "no mentirás", "no te vengarás", "amarás a tu prójimo como a ti mismo", "no maldecirás al sordo", "no pondrás estorbo al ciego", "no harás injusticia en el juicio", "amarás al extranjero como a ti mismo". Demuestra que la santidad no es solo ritual, sino también ética y relacional. Afecta cómo tratamos a los vulnerables, a nuestros vecinos, y cómo vivimos en comunidad.


-La santidad de los sacerdotes y las ofrendas (Capítulos 21-22): Requisitos adicionales para los sacerdotes, dado su rol especial, y respecto a la condición de los animales para las ofrendas.


-Las fiestas de Jehová (Capítulo 23): El calendario litúrgico de Israel: Pascua, Panes sin Levadura, Primicias, Semanas (Pentecostés), Trompetas, Día de la Expiación, y Tabernáculos. Cada una de estas fiestas les recordaba un aspecto de la relación de Dios con ellos y, asombrosamente, muchas de ellas prefiguran la obra de Jesús de manera profética.


-El año sabático y el año del Jubileo (Capítulo 25): Leyes radicales sobre el descanso de la tierra cada siete años y la liberación de deudas y esclavos cada 50 años (Jubileo). Son leyes de justicia económica y social que buscan prevenir la pobreza crónica y restaurar la equidad. Un reflejo del carácter redentor y justo de Dios.


-Bendiciones y maldiciones (Capítulo 26): Las consecuencias de la obediencia o desobediencia al pacto. Si obedecen, Dios les dará bendiciones abundantes; si desobedecen, vendrán maldiciones.


-Votos y diezmos (Capítulo 27): Disposiciones sobre los votos personales a Dios y la dedicación del diezmo.


El Código de Santidad nos enseña que la santidad de Dios debe impregnar cada área de nuestra existencia. No es algo que se enciende y apaga al entrar o salir de la iglesia. Es un estilo de vida que afecta nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestra sexualidad y nuestra forma de ver el mundo.


¿Y dónde encaja Jesús en todo esto? ¡En cada parte!


Si me habéis seguido hasta aquí, espero que estéis empezando a ver la belleza oculta de Levítico. Pero, ¿cómo se conecta esto con nuestra fe cristiana? La verdad es que Levítico es uno de los libros más cristocéntricos del Antiguo Testamento. Es como un mapa detallado que nos prepara para entender la obra de Jesús.


-Jesús es el sacrificio perfecto: Todas las ofrendas, con su sangre y su fuego, apuntan a un sacrificio mayor, más perfecto y definitivo. Jesús no solo es el Sumo Sacerdote que ofrece el sacrificio, ¡Él mismo es el Cordero de Dios que se ofrece! Su sangre, derramada una vez y para siempre, logra lo que la sangre de toros y machos cabríos nunca pudo: nos limpia de todo pecado y nos hace perfectos delante de Dios (Hebreos 9-10).


-Jesús es nuestro sumo sacerdote: Aarón y sus descendientes eran pecadores y mortales, con un sacerdocio temporal. Jesús es nuestro Gran Sumo Sacerdote resucitado e incorruptible, que intercede por nosotros a la diestra del Padre (Hebreos 7-8). Él abrió el camino al Lugar Santísimo, no una vez al año, sino para siempre, para que tú y yo podamos acercarnos con confianza al trono de la gracia.


-Jesús es nuestra purificación: ¿Recordáis las leyes de pureza e impureza? Jesús es quien nos purifica de toda mancha, no solo ritual, sino moral y espiritual. Él tocó a los leprosos y los sanó, quitando su impureza. Su mensaje nos convierte en "impuros" sin Él, pero "limpios" en Su gracia.


-Jesús es la santidad misma: Levítico nos grita, "Sed santos, porque yo soy santo". Pero ¿cómo podemos ser santos? Por nosotros mismos, es imposible. Jesús no solo nos llama a la santidad, sino que nos habilita para vivirla. Él nos da Su Espíritu Santo para que podamos reflejar Su carácter en nuestra vida diaria, amando lo que Él ama y aborreciendo lo que Él aborrece. Él se convierte en nuestra santidad.


-Jesús es nuestro descanso y liberación: El Año del Jubileo prometía liberación y restitución. Jesús vino a proclamar "libertad a los cautivos" y el "año agradable del Señor" (Lucas 4:18-19). Él es nuestro verdadero descanso, nuestro verdadero Jubileo, liberándonos de la esclavitud del pecado y de la deuda que nos separaba de Dios.


La reverencia del Antiguo Pacto y la realidad del Nuevo Pacto


Levítico, con toda su reverencia y meticulosidad, nos enseña la gravedad del pecado y la santidad inmutable de Dios. Nos muestra que vivir en Su presencia es un regalo inmerecido que exige reverencia, obediencia y un camino provisto por Él mismo.


Pero ¡alabado sea Dios, estamos en el Nuevo Pacto! Lo que Levítico prefiguraba, Jesús lo cumplió. Ya no necesitamos llevar animales al altar, porque Jesús fue el sacrificio perfecto. Ya no necesitamos un sacerdote terrenal para interceder por nosotros, porque Jesús intercede. Ya no necesitamos leyes dietéticas o rituales de purificación física para acercarnos, porque la sangre de Cristo nos ha limpiado de una vez para siempre, y el Espíritu Santo vive en nosotros.


Esto no significa que Levítico sea irrelevante. Al contrario, nos ayuda a apreciar la inmensidad de la gracia de Dios. Imagina el trabajo, el tiempo, los recursos y la sangre que se requerían en el Antiguo Pacto solo para poder acercarse a Dios. Luego mira a Jesús, que lo hizo todo por nosotros. ¡Nuestra gratitud debería desbordarse!


También nos ayuda a entender la santidad de Dios, que es santo, justo y perfecto. Esto nos ayuda a tomar en serio el pecado y a vivir con reverencia. 


Nos hace comprender la gravedad del pecado porque ilustra vívidamente que el pecado no es una broma. Costó la vida de inocentes animales, y en última instancia, la vida del Hijo de Dios.


Y podemos ver que somos llamados a la santidad. Aunque no seguimos las leyes ceremoniales, el espíritu del “Sed santos, porque yo soy santo” permanece. Nuestra santidad en el Nuevo Pacto es una santidad del corazón, guiada por el Espíritu Santo, que se manifiesta en amor, justicia, pureza moral y servicio a otros.


Esta es mi conclusión


Así que, si Levítico ha sido un libro difícil o simplemente ignorado en vuestra vida de fe, os invito a darle una nueva oportunidad. Cuando lo abordéis de nuevo, no lo hagáis como un catálogo de reglas aburridas, sino como una revelación del carácter de Dios y una preparación para la gloriosa venida de Jesús.


Leedlo con lentes del Nuevo Testamento. Buscad a Jesús en cada sacrificio, en cada purificación. Dejad que os asombre la santidad de Dios y la profundidad de Su amor, que proveyó cuidadosamente un camino para que un pueblo pecador pudiera vivir en Su presencia, un camino que culminó en la cruz del Calvario.


Levítico puede parece una... carga. Pero no lo es, es un testimonio antiguo que grita la maravilla de la gracia. Es una ventana más a la profundidad del amor de nuestro Dios, quien, desde el principio, ideó un plan para que tú y yo, imperfectos y pecadores, pudiéramos tener comunión con Él, el Santo de los santos. Y ese plan, gloriosamente, se cumplió en Jesús.


Un abrazo, y que Dios os bendiga abundantemente.

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