¿Qué hacemos con la envidia que nos consume?
Hola a todos.
¡Qué bueno reencontrarnos por aquí! En nuestra última entrada, estuvimos navegando por las aguas profundas y oscuras de la historia de Caín y Abel. Confieso que es un relato que siempre me estremece, no solo por la brutalidad del primer asesinato, sino por la semilla que lo originó todo: un monstruo silencioso que todos, en algún momento, hemos sentido crecer en nuestro interior.
Hoy quiero que hablemos de eso. De esa espinita clavada, de esa sombra que a veces se proyecta sobre nuestro corazón cuando vemos el sol brillar sobre la vida de otro. Hablemos de la envidia.
La envidia te roba el gozo
Si tuviéramos que definir la envidia, podríamos decir que es la tristeza o el enfado que sentimos por el bien ajeno. Pero creo que es mucho más que eso. La envidia no es simplemente querer lo que otro tiene. Es sentir que su bendición, de alguna manera, disminuye la nuestra. Es mirar la ofrenda aceptada de Abel y, en lugar de preguntarnos cómo mejorar la nuestra, desear que la suya nunca hubiera existido.
Es un veneno lento. Comienza con una comparación inocente en las redes sociales, con el éxito de un compañero de trabajo o con la familia aparentemente perfecta de un amigo. Y si no tenemos cuidado, esa pequeña comparación echa raíces y se convierte en amargura, en resentimiento. De repente, nuestra propia vida, que hasta hace un momento nos parecía buena y bendecida, se vuelve gris y deficiente. La envidia es una ladrona experta en robar el gozo y la gratitud.
¿Es normal sentir envidia? Absolutamente
Ahora, quiero que respires hondo y escuches esto: sentir envidia no te convierte en un horror. Te convierte en humano. Vivimos en un mundo caído y estamos programados para la comparación. Desde niños, nos miden, nos califican, nos comparan. Es una lucha constante.
La clave, y aquí es donde la historia de Caín se vuelve una advertencia crucial, no está en sentir la envidia, sino en qué hacemos con ella. Dios mismo se acercó a Caín antes de la tragedia y le dijo algo poderoso: "El pecado está a la puerta, al acecho, y te desea, pero tú debes dominarlo".
Fíjate bien. Dios no le dice: "¿Cómo te atreves a sentir eso?". Él reconoce la lucha. Valida que hay algo "al acecho", una tentación real. Pero le entrega la responsabilidad a Caín: "tú debes dominarlo". La batalla no es evitar la tentación, sino vencerla. Sentir la punzada de la envidia es la señal de que la batalla ha comenzado. Ceder a ella, alimentarla y dejar que dicte nuestras acciones es donde perdemos la guerra.
Cómo dominar ese sentimiento
Entonces, ¿cómo lo dominamos? ¿Cómo luchamos contra esa sombra? No tengo una fórmula mágica, pero sí algunas prácticas que, en mi propia vida, han sido de ayuda.
-Reconocer y confesar: El primer paso es el más valiente. Es apagar el ruido exterior y admitir ante Dios, y ante nosotros mismos: "Señor, estoy sintiendo envidia de esta persona. Me duele su éxito. Ayúdame". La luz es el mejor desinfectante, y llevar nuestros sentimientos más oscuros a la luz de Su presencia les quita poder.
-Practicar la gratitud (de forma radical): La envidia no puede sobrevivir en un corazón agradecido. Cuando sientas que la comparación te roba la paz, detente. Coge un papel, abre las notas de tu móvil o simplemente cierra los ojos y empieza a enumerar, una por una, las bendiciones que Dios te ha dado. Tu salud, tu familia, el techo sobre tu cabeza, esa taza de café caliente, el amigo que te llamó ayer... Cuando cambias el enfoque de lo que te falta a lo que ya tienes, la perspectiva cambia por completo. Si estás muy amargado, quizás cuesta al principio, pero una vez que empiezas a dar las gracias por todo lo bueno en tu vida, es un escudo contra la envidia (y muchos otros males).
-Celebrar a los demás (incluso si duele): Este es el nivel avanzado. Cuando veas que alguien recibe una bendición, en lugar de retraerte, da un paso al frente. Felicítale sinceramente. Ora por esa persona, pidiendo a Dios que siga bendiciéndola. Al principio puede sentirse forzado, pero estás reentrenando tu corazón. Le estás enseñando a alegrarse con los que se alegran, tal como nos anima a hacer la Palabra (Romanos 12:15). Estás matando de hambre a la envidia.
¿Podemos usar la envidia para algo bueno?
Esta es una pregunta interesante. No creo que la envidia en sí misma sea buena, pero sí creo que podemos usar la señal que nos envía para nuestro crecimiento. A veces, la envidia que sentimos hacia alguien no es por sus posesiones, sino por su carácter, su disciplina o su cercanía con Dios.
Si envidias la disciplina de alguien para hacer ejercicio, quizás es una señal de que necesitas cuidar mejor el templo que Dios te ha dado. Si envidias la profunda paz que transmite una amiga, quizás es una invitación del Espíritu Santo a buscar más intimidad con Él en oración.
En lugar de dejar que la envidia se convierta en resentimiento hacia la otra persona, podemos preguntarnos: "Señor, ¿qué anhelo bueno y santo se esconde detrás de este sentimiento feo? ¿Cómo puedo buscar eso de una manera que te honre, dentro del camino único que tienes para mí?". De esta forma, lo que empezó como una tentación del enemigo puede convertirse en un catalizador para nuestro propio crecimiento espiritual.
La marca de Caín
Y quiero terminar volviendo al final de la historia, porque es ahí donde encontramos la esperanza más asombrosa. Después de que Caín comete el acto más terrible, después de que la envidia lo consume y lo lleva a matar a su propio hermano, Dios lo confronta y lo castiga. Pero luego, hace algo increíble.
Caín se lamenta de que su castigo es demasiado grande y que cualquiera que lo encuentre lo matará. Y la respuesta de Dios es de una misericordia que desafía toda lógica: "Ciertamente cualquiera que mate a Caín, siete veces será castigado. Entonces el Señor puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara" (Génesis 4:15).
Dios le pone una marca. No una marca de vergüenza, sino una marca de protección. En medio de su pecado más oscuro, en el momento de su mayor fracaso, Dios le dice: "Sigues siendo mío y te voy a proteger".
Si Dios pudo mostrar esa gracia inmerecida a Caín, el asesino consumido por la envidia, ¿cuánto más no nos ofrecerá esa misma gracia a nosotros cuando luchamos con esa misma sombra en nuestros corazones? Su amor no depende de nuestra perfección. Su misericordia nos cubre incluso cuando tropezamos. Él ve nuestra lucha, nos llama a dominar el pecado y, cuando fallamos, nos ofrece un camino de regreso a través de Su gracia infinita.
Así que, la próxima vez que sientas la sombra de Caín, no te desesperes. Llévala a la luz, combátela con gratitud, úsala como un espejo para crecer y, sobre todo, descansa sabiendo que estás cubierto por la misma gracia asombrosa que protegió incluso al primer hijo pródigo.
Un abrazo grande, y unas preguntas. Y tú, ¿cómo luchas contra la envidia en tu día a día? ¿Qué estrategias te han ayudado? Me encantará leeros en los comentarios.
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