Caín mató a Abel
¡Hola a todos! Bienvenidos de nuevo a este pequeño rincón.
Hace ya unos días que empecé algo que me hacía muchísima ilusión: este blog que estás leyendo. Sé que es poco tiempo, pero estoy muy contenta. Lo estoy viviendo como si fuese un viaje largo, de esos que no sabes exactamente cuándo van a terminar, pero que intuyes que te van a cambiar por el camino. Quiero que me acompañéis, si os apetece, en un recorrido por toooooooda la Biblia… desde el Génesis hasta el Apocalipsis.
Sí, lo sé. Suena a proyecto de vida. ¡Y probablemente lo sea! Puede que nos lleve años, que nos atasquemos en Levítico (lo veo venir) o que nos perdamos en las genealogías (prometo intentar evitar esto a toda costa). Pero no me importa.
Hace algo más de un año que decidí tomarme mi estudio de la Biblia de una forma, digamos, más "rigurosa". Antes la leía, por supuesto. Leía pasajes sueltos, hacía devocionales... pero no es lo mismo. Es como ver una película frente a leer el guion, analizar cada escena, entender las motivaciones del director y los matices de los personajes. Desde que empecé a desentrañarla así, a estudiarla con comentarios, contexto histórico y ganas de exprimir cada versículo, mi relación con Dios y con su Palabra ha cambiado a mejor.
Así que este blog se convierte ahora también en mi cuaderno de bitácora. Repasar la Biblia de principio a fin, capítulo a capítulo, historia a historia, me servirá para afianzar lo que voy aprendiendo y, de paso, compartirlo con vosotros. Será mi manera de procesar, de reflexionar en voz alta. ¿Os apuntáis al viaje?
Pues abrochaos los cinturones, porque hoy nuestra parada está en Génesis 4. Y ya os aviso: empieza el salseo.
El problema entre Caín y Abel fue mucho más que una pelea entre hermanos
Ya hemos dejado atrás el Jardín del Edén. Adán y Eva han sido expulsados, y ahora la vida es… diferente. Tienen que trabajar la tierra, el sudor les corre por la frente y las cosas ya no son tan idílicas. En este nuevo mundo nacen sus dos primeros hijos: Caín, agricultor, y Abel, pastor.
Hasta aquí, todo normal. Dos hermanos, dos profesiones. La historia podría ser un relato tranquilo sobre la vida fuera del paraíso, pero la cosa se tuerce en el momento de la ofrenda.
Génesis 4:3-5 nos cuenta que ambos decidieron traer una ofrenda a Dios. Caín trajo "del fruto de la tierra". Abel, por su parte, trajo "de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas". Y aquí viene el primer giro: "Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya".
¡Boom! Primera pregunta que nos asalta: ¿qué pasa aquí? ¿A Dios no le gustan las verduras?
Durante mucho tiempo, esta fue mi duda. Parecía un poco injusto. Pero cuando escarbamos un poco, la cosa cambia. La Biblia no dice que el problema fuera la ofrenda en sí (de hecho, en la ley de Moisés hay ofrendas de grano perfectamente válidas). La clave está en los detalles y, sobre todo, en la actitud.
Fijaos en la descripción: Abel trajo los primogénitos y lo más gordo. Es decir, trajo lo mejor de lo mejor. Lo primero y lo más valioso. Caín, en cambio, trajo "del fruto de la tierra". La descripción es genérica, casi como si hubiera cogido lo primero que pilló por el camino. No se especifica que fuera lo mejor, ni las primicias.
El libro de Hebreos, en el Nuevo Testamento, nos da la pista definitiva: "Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín" (Hebreos 11:4). ¡Ahí está! No era un tema de vegetales contra corderos. Era un tema de fe. De la actitud del corazón. Abel le dio a Dios su excelencia, lo mejor que tenía, con un corazón que confiaba y honraba. Caín, por lo que parece, simplemente cumplió un trámite.
Y, ¿sabéis qué? Esto nos habla directamente a nosotros hoy. ¿Cuántas veces le damos a Dios nuestras sobras? El tiempo que nos queda después de todo lo demás, la energía que nos resta al final del día, el dinero que no nos hace falta… Abel nos enseña que Dios no quiere nuestras sobras... anhela nuestra primicia, nuestra excelencia, nuestro corazón entregado por completo.
Cuando el pecado llama a la puerta (literalmente)
La reacción de Caín es, tristemente, muy humana. El texto dice que "se ensañó en gran manera, y decayó su semblante". Estaba enfadado, frustrado y, sobre todo, carcomido por la envidia. Su cara era un poema.
Y aquí ocurre algo que a mí me parece fascinante. Dios no le fulmina, no le ignora. Al contrario, se acerca y habla con él. Le pregunta por qué está así y le da una de las advertencias más potentes de toda la Biblia:
"Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta, acechando; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él" (Génesis 4:7).
Detengámonos un momento aquí. Dios le está diciendo a Caín: "Oye, tienes una opción. Puedes cambiar tu actitud y hacer lo correcto. Pero si no lo haces, ten cuidado. El pecado es como una fiera, como un gato (ninja) agazapado en tu puerta, esperando el momento justo para saltarte encima. Desea controlarte, pero ¡tú tienes el poder de dominarlo!".
¡Qué imagen tan increíble! Dios no le dice "eres malo y punto". Le dice "sé que tienes esta lucha, pero te he dado la capacidad de vencer". Le da la responsabilidad.
Lamentablemente, ya sabemos cómo termina la historia. La envidia de Caín pudo más. Invitó a su hermano al campo y allí, a solas, lo mató.
Cuando Dios le pregunta "¿Dónde está Abel tu hermano?", la respuesta de Caín es la de un adolescente rebelde y culpable: "¿No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?". Una pregunta retórica cargada de desafío...
Y la respuesta que nos da el resto de la Biblia es un rotundo SÍ. Sí, Caín, eres el guardián de tu hermano. Y nosotros también. Estamos llamados a cuidarnos, a protegernos, a alegrarnos del bien del otro en lugar de dejar que la envidia nos consuma.
Esta primera historia de hermanos es trágica, sí, pero está cargada de lecciones que siguen vigentes:
1. A Dios le importa la intención de nuestro corazón más que el acto externo.
2. La envidia es una semilla peligrosa que, si no la arrancamos, crece hasta convertirse en un monstruo destructivo.
3. Tenemos la capacidad y la responsabilidad de dominar el pecado, no de dejarnos arrastrar por él. Dios nos avisa y nos da la elección.
4. Somos guardianes de nuestros hermanos. El amor y el cuidado por los demás son fundamentales en nuestro camino de fe.
Y con este intenso drama familiar ya tenemos para reflexionar durante días. ¿Imagináis todo lo que nos espera?
Me encantaría saber qué pensáis vosotros. ¿Qué es lo que más os llama la atención de esta historia? ¿Alguna vez os habéis sentido como Caín, luchando contra esa fiera que acecha en la puerta?
¡Os leo en los comentarios!
Un abrazo grande y ¡hasta la próxima parada!
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