El plan salvador de Dios para ti y para mí
No, no estáis leyendo mal. Es mi tercera entrada de blog del día. ¿Os lo podéis creer? Yo misma estoy un poco alucinada. He estado tan inspirada y con tantas ideas revoloteando en mi cabeza que no he podido evitar sentarme a escribir una vez más. Y es que, a veces, el Espíritu Santo se pone en marcha y nos deja sin aliento. Espero que estéis disfrutando de este torbellino de fe conmigo.
Quiero hablaros de algo que, a primera vista, puede parecer un relato de desesperanza, la expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén.
Pensemos por un momento. Todo era perfecto. Un paraíso. Comida abundante, comunión directa con Dios, ausencia de dolor, de sufrimiento, de muerte… ¡Y ahí estaban ellos, desobedeciendo a su Creador! El resultado fue devastador: el pecado entró en el mundo, la separación de Dios, la maldición sobre la tierra, y finalmente, la muerte física. Podríamos pensar: "¿Por qué Dios permitió esto? Si Él es todopoderoso y bueno, ¿por qué no intervino para evitarlo?".
Esta es, quizás, una de las preguntas más difíciles para algunos. Sin embargo, si miramos más allá de la inmediata devastación, si abrimos nuestros corazones a la sabiduría divina, descubrimos que esta aparente catástrofe era, en realidad, el necesario primer acto de un plan perfecto de salvación. ¡Sí, habéis leído bien! Dios, en su infinito amor, ya tenía contemplado este escenario y, mejor aún, ya había orquestado la respuesta.
Recordemos las palabras de Romanos 8:28: "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados." Este versículo es un faro de esperanza que ilumina la oscuridad de la caída. La expulsión del Edén no fue un capricho divino, fue un paso calculado dentro de un plan mucho mayor.
Pensemos en esto: si Adán y Eva hubieran permanecido en el Edén después de pecar, ¿cuál habría sido su destino? Con el pecado en sus corazones, su comunión con un Dios santo quedaría rota para siempre. Estarían condenados a una existencia eterna separados de su Creador, en un estado de imperfección e impureza. La vida eterna en ese estado sería una eternidad de condena. La expulsión, dolorosa como fue, les dio la oportunidad de vivir, de reproducirse, de experimentar la vida en un mundo caído, pero un mundo que, crucialmente, no era su destino final. Les abrió un camino hacia un rescate.
El plan de Dios, que abarca desde la promesa en Génesis 3:15 ("protoevangelio" o primera buena noticia del Evangelio) hasta la consumación de los tiempos, es asombrosamente detallado y hermoso.
El Gran Plan de Dios se desplegó en etapas, todas ellas preordenadas:
-La caída necesaria como preámbulo al rescate: Imaginaos si Jesús hubiera venido a una humanidad perfecta. ¿A quién salvaría? El pecado, la enfermedad y la muerte, a pesar de ser terribles, se convirtieron en el telón de fondo que haría aún más brillante el sacrificio de Cristo. La humanidad caída necesitaba un salvador. La rebelión de Adán y Eva abrió la puerta a la necesidad de redención. Sin la caída, no habría habido necesidad de un Redentor.
-La promesa de un salvador: Inmediatamente después de la desobediencia, Dios no abandonó a Adán y Eva. Les dio una promesa. En Génesis 3:15, Dios dice a la serpiente: "Pondré enemistad entre la mujer y tu simiente, y entre tu simiente y la suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el talón." ¡Esto es increíble! Este versículo se considera la primera profecía del Mesías, Jesucristo. La "simiente de la mujer" (Jesús) heriría fatalmente a Satanás (en la cabeza, indicando una victoria definitiva), mientras que Satanás solo lograría infligirle una herida temporal (en el talón, refiriéndose a la crucifixión). Dios ya estaba delineando el plan de salvación incluso en ese momento de desesperación.
-La encarnación y el sacrificio de Jesús: El Edén terrenal se perdió, pero Dios prometió un Edén celestial. El plan de Dios culminó en la encarnación de su Hijo Jesucristo. Jesús, el Cordero de Dios sin mancha, entró en este mundo caído para vivir una vida perfecta, libre de pecado. Luego, voluntariamente, se entregó en la cruz. Su muerte fue el pago por nuestros pecados, la herida en el talón de Satanás que selló su derrota. Como dice 1 Pedro 1:18-19: "sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación."
-La resurrección y la victoria sobre la muerte: La muerte de Jesús en la cruz fue solo una parte del plan. Su gloriosa resurrección al tercer día demostró su victoria sobre la muerte y el poder del pecado. Esto nos asegura que todos los que creen en Él también resucitarán para una vida eterna. 1 Corintios 15:55-57 nos dice: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley, pero damos gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo."
-El nuevo Edén y la restauración final: El plan de Dios no termina con la resurrección. Jesús prometió regresar, y cuando lo haga, restaurará todas las cosas. El libro de Apocalipsis nos da una visión gloriosa del Nuevo Jerusalén, una ciudad celestial que desciende a la tierra, donde habrá un nuevo cielo y una nueva tierra. En Apocalipsis 21:3-4, escuchamos la voz de Dios: "Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron." ¡Imaginad un Edén restaurado, mejorado, eterno!
Entonces, cuando pensamos en la expulsión del Edén, no debemos quedarnos con la tristeza de lo que se perdió, sino maravillarnos ante la magnificencia del plan divino que se puso en marcha ese mismo día. La desobediencia humana, que parecía ser el fin de todo, se convirtió en la chispa que encendió el camino hacia nuestra salvación. Es un testimonio del amor incondicional y la soberanía de Dios, que transforma incluso nuestros mayores fracasos en oportunidades para su gloria.
Vosotros sois parte de este plan perfecto. Vuestras vidas, con sus luchas y sus triunfos aquí en la tierra, están siendo moldeadas por el Maestro para un propósito eterno. No os desaniméis por las dificultades. Recordad siempre que, incluso cuando las cosas parezcan haber salido terriblemente mal, Dios está trabajando. Él tiene un plan, uno perfecto, y ese plan incluye vuestra redención, vuestra santificación y vuestra glorificación final.
Así que, seguid adelante con fe, confiando en que Aquel que os llamó es fiel. El Jardín del Edén fue solo el prólogo de una historia mucho más grande y maravillosa que Dios está escribiendo para cada uno de vosotros. ¡Qué bendición es ser parte de Su historia!
¡Os abrazo en Cristo y me despido hasta la próxima!
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