Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

¿Cómo eran Adán y Eva... en realidad?

¡Menudo día! Esta es la segunda entrada que publico hoy, pero es que hay reflexiones que llegan sin avisar y se niegan a esperar. Mientras trabajaba en otra cosa, mi mente no dejaba de dar vueltas a una de las historias más fundacionales y, a la vez, más complejas de nuestra fe: la de Adán y Eva en el Jardín del Edén. Y no he podido contenerme. Necesito compartir con vosotros lo que ha estado bullendo en mi corazón.


Más allá de la catequesis infantil o de las imágenes que tenemos grabadas, quiero invitaros a un ejercicio de imaginación y empatía. Quiero que intentemos meternos en la piel, en la mente y en el corazón de los primeros seres humanos.


¿Cómo eran, realmente, Adán y Eva?


Olvídate por un momento de las ilustraciones. Piensa en ellos psicológicamente. Fueron creados en un estado de perfección e inocencia absolutas. ¿Y qué significa eso? Significa que no conocían el miedo, la vergüenza, la ansiedad, la desconfianza o la malicia. Su mundo interior era un reflejo del paraíso exterior: sereno, puro y en perfecta armonía.


Imagina vivir sin una sola cicatriz emocional. Sin haber experimentado nunca una traición, una mentira o una decepción. Su relación con Dios no era un concepto teológico, era una realidad... tangible. Caminaban con Él, hablaban con Él. Su confianza en su Creador era tan natural como respirar. No tenían un "plan B", porque en su mundo no había necesidad.


Eran, en esencia, como niños en el sentido más puro de la palabra, pero con la capacidad intelectual y emocional de adultos. Curiosos, sí. Inteligentes, sin duda. Pero ingenuos. Su "sistema operativo" no tenía un antivirus contra la maldad, porque nunca habían estado expuestos al virus. No sabían lo que era una segunda intención, porque en su universo solo existía una: la del amor y la bondad.


Y es desde esta perspectiva de pureza radical que debemos intentar entender por qué cayeron.


¿Por qué funcionó la tentación?


A menudo juzgamos su decisión con dureza. "¡Era solo UNA regla!, ¡UNA!", pensamos. "¡Tenían todo lo demás! ¿Cómo pudieron ser tan necios?". Pero si lo analizamos desde su psicología, la tentación fue una obra maestra de manipulación.


La serpiente no llegó con cuernos y un tridente. Llegó con una pregunta sutil, diseñada para sembrar la primera semilla de duda en una tierra que hasta entonces era fértil solo para la confianza: "¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?". Es una pregunta que tergiversa la generosidad de Dios y la presenta como una restricción.


Y luego, el golpe de gracia. La serpiente no solo contradice a Dios ("No moriréis"), sino que ataca directamente Su carácter y Sus motivaciones: "sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal".


Piénsalo. Para dos seres que nunca habían tenido motivos para dudar de Dios, esta fue la primera vez que alguien les sugirió que su Padre les estaba ocultando algo bueno. Que Su única regla no era para protegerlos, sino para limitarlos. La tentación no fue realmente sobre una fruta. Fue sobre la confianza. Fue la oferta de obtener conocimiento y poder por sus propios medios, de ser autónomos, de no depender de Dios. De ser como Dios.


Desde nuestra perspectiva caída, este deseo de autocontrol y auto-deificación es el pan de cada día. Pero para ellos, fue una idea completamente nueva y terriblemente seductora. Creyeron una mentira sobre Dios porque su inocencia no les permitía concebir una maldad tan retorcida. Y cayeron.


¿Y Dios? ¿Qué quiere en todo esto?


La reacción de Dios es una de las partes más reveladoras de toda la historia. A menudo nos quedamos con el castigo, la expulsión. Pero nos saltamos un detalle crucial. ¿Qué hace Dios después de que pecan? Génesis 3:8 dice que "oían la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día".


Dios no aparece con un rayo fulminante. Él sigue su rutina. Viene a caminar con ellos, a tener esa comunión diaria. Es Adán quien, por primera vez, se esconde. Y la primera pregunta de Dios no es una acusación, sino un lamento de un padre que busca a su hijo perdido: "¿Dónde estás tú?".


Dios sabía dónde estaba físicamente. La pregunta era espiritual, relacional. "¿Dónde te has metido? ¿Qué ha pasado con nuestra conexión? ¿Por qué te escondes de mí?".


Esto nos muestra el verdadero corazón de Dios. Él es un Dios de relación. Su deseo no es imponer reglas arbitrarias, sino vivir en comunión con nosotros. El mandamiento sobre el árbol no era una prueba de obediencia caprichosa, era una frontera de protección. Era Dios diciéndoles: "Confiad en mí. Todo esto es vida. Pero ese camino de ahí... ese es el conocimiento del mal, y os llevará a la muerte y a la separación de mí. Os lo prohíbo porque os amo". La caída no solo fue una desobediencia, fue la ruptura de esa confianza, la elección de la independencia por encima de la relación.


Esa serpiente malvada


Finalmente, ¿quién es esa serpiente? La Biblia nos enseña que no es un simple animal que habla. Es la máscara, el vehículo de un ser mucho más antiguo y oscuro: Satanás.


Para entender su motivación, tenemos que retroceder aún más. La tradición bíblica nos habla de un ángel de luz, Lucifer, el más glorioso de los seres creados, que en su orgullo deseó ser como Dios. Su corazón se llenó de soberbia y se rebeló, queriendo ocupar el trono que no le pertenecía. Fue arrojado del cielo, y su belleza se convirtió en oscuridad.


Su motivación es, por tanto, el odio y la envidia. Odia a Dios y, por extensión, odia a la joya de la creación de Dios: la humanidad, creada a Su imagen y semejanza. Si él no podía ser como Dios, se aseguraría de que la creación amada de Dios tampoco viviera en la plenitud para la que fue diseñada.


Su método es la mentira, porque es el "padre de la mentira". No puede crear, así que pervierte. No puede obligar, así que engaña. Su estrategia en el Edén es la misma que usa hoy: hacer que el pecado parezca atractivo (seréis como Dios), que la obediencia parezca una carga (Dios os limita) y que el carácter de Dios parezca dudoso (¿realmente os ama si os prohíbe algo?). Es un destructor de relaciones, un susurrador de dudas, un experto en retorcer la verdad justo lo suficiente para que parezca plausible.


La historia de Adán y Eva es nuestra historia. Cada día, en las pequeñas y grandes decisiones, nos enfrentamos a la misma elección: ¿confiaremos en la voz de nuestro Padre, que nos ama y nos ofrece la vida en relación con Él, o escucharemos el susurro de la serpiente que nos promete una falsa autonomía a cambio de todo lo que realmente importa?


La buena noticia es que la historia no termina con la expulsión del Jardín. De hecho, es solo el comienzo de un plan de rescate asombroso que Dios ya tenía preparado. Pero esa... esa es una historia para otro día.


Y vosotros, ¿qué pensáis? ¿Veis vuestro propio corazón reflejado en Adán y Eva? Me encantará leeros en los comentarios. 

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