¿Qué pasó de verdad en la Torre de Babel? (y qué tiene que ver contigo)
Hola, tú. Sí, tú que estás ahí con el café humeante en la mano, o quizás leyendo esto entre pausa y pausa del día, o tal vez desde la cama antes de dormir. Hoy quiero hablar de una historia que seguro escuchaste de pequeño: la Torre de Babel. ¿La recuerdas? Aquella torre que querían construir hasta el cielo, Dios confundió las lenguas y todos se dispersaron. Fin. ¿O no?
Pues déjame contarte… esta historia es mucho más profunda de lo que parece. Y lo más curioso es que, aunque pasó hace miles de años, todavía tiene mucho sentido en nuestro día a día. Sí, en el tuyo.
Así era la escena: después del diluvio, la humanidad empieza de nuevo. Todos hablan el mismo idioma, están unidos… ¡y deciden construir una ciudad y una torre que llegue hasta el cielo! Genial, ¿no? Un gran proyecto en equipo. Pero espera… ¿Qué hay detrás de ese “hasta el cielo”? ¿Qué buscaban realmente?
La Biblia dice en Génesis 11:4: “Venid, edifiquemos una ciudad, y una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra”.
¿Lo ves? Dos motivos clave:
“Llegar al cielo” → Pretendiendo ocupar el lugar de Dios.
“Hacernos nombre” → Queriendo ser famosos, importantes, reconocidos… por sus propios méritos.
¡Ajá! Cuántas veces hago lo mismo sin darme cuenta. Quiero construir mi proyecto, mi carrera, mi blog "perfecto", mi vida… y olvido que todo empieza y termina en Él. Me centro tanto en lo que yo puedo lograr, que termino olvidando que sin Cristo, todo es vanidad.
Dios ve la torre… y no se enfada porque estuvieran construyendo algo grande. Se preocupa porque estaban construyéndolo sin Él, con orgullo, con ambición desmedida, queriendo reemplazarlo. Así que hace lo que solo un Dios sabio y amoroso haría: confunde sus lenguas.
Y aquí viene el giro: lo que parecía un castigo… fue en realidad un acto de misericordia. Porque si hubieran continuado unidos en ese propósito egoísta, ¿quién sabe hasta dónde habrían llegado? ¡La maldad podría haberse multiplicado sin freno!
Dios interviene no para frenar nuestros sueños, sino para redirigir nuestros corazones. Él no quiere que nos hagamos “nombre”, Él quiere darnos un nombre nuevo: hija amada, escogida, redimida, llamada.
Y luego… viene Pentecostés. ¿Te das cuenta del contraste? En Babel, Dios separa con lenguas de confusión. En Pentecostés, el Espíritu Santo une con lenguas de fuego y entendimiento. Los discípulos hablan en distintos idiomas, ¡pero todos entienden el Evangelio! (Hechos 2). Esta vez, no es para gloria humana, sino para gloria de Dios.
Así que, tú que estás leyendo esto:
¿En qué torres estás intentando trepar hoy? ¿Estás construyendo tu identidad sobre logros, reconocimiento, éxito? ¿O estás dejando que Dios sea la base, las paredes y el techo de tu vida?
Porque aquí está la buena noticia: no necesitas llegar al cielo por tu cuenta. Cristo ya bajó del cielo por ti. No necesitas hacerte “nombre”. Ya tienes uno escrito en el libro de la vida.
Hoy, en lugar de levantar torres, bajemos de ellas.
Hoy, cambiemos el “hagámonos nombre” por “señor, que se haga tu nombre glorioso en mí”.
Y quién sabe… quizás tu historia de torres derrumbadas sea la que Dios use para que otros vuelvan a hablar el mismo lenguaje: el del amor, el de la gracia, el del Evangelio.
Se despide hasta la próxima, una mujer que también está aprendiendo a no construir torres equivocadas… y a seguir a Aquel que ya construyó todo por mí.
(Si hoy te sientes confundido, como si tus sueños se desmoronasen… no es el fin. A veces, Dios confunde para que vuelvas a escuchar Su voz clara. Y eso, vale más que cualquier torre.)
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