Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

¿Quién fue Abraham? El padre de la Fe

Hoy me propongo contarte la vida de Abraham, el hombre que es llamado “el padre de la fe” en las Escrituras. Y lo hago desde el corazón, desde la mirada de una mujer que ha aprendido a amar esta historia como un espejo de cómo Dios trabaja en medio de nuestras dudas, nuestras fallas, nuestras promesas que parecen no llegar… y aún así, sigue siendo fiel.


Así que, toma asiento. Prepárate. Porque esta es la historia de un hombre llamado por Dios, como tú y como yo, a vivir de algo poderoso: la fe.


El comienzo, un llamado en la nada


Todo comienza en un lugar llamado Ur de los Caldeos. Era un mundo antiguo, lleno de templos, ídolos, y una cultura que adoraba a dioses de piedra. Allí nació Abram (como se llamaba en ese entonces). Era hijo de Taré, tenía un hermano llamado Harán (que murió joven), y otro llamado Najor. De Harán nacieron Lot, Milca e Isca.


Pero en medio de ese entorno espiritualmente oscuro, Dios hizo algo sorprendente: le habló a Abram.


Génesis 12:1 dice: "Yehová dijo a Abram: “Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré."


¿Te imaginas? No le dice a dónde va. Ni cuándo llegará. Solo le da un mandato claro: déjalo todo. Y una promesa gigantesca: "Haré de ti una nación grande, te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra."


Esto no es un cambio de empleo. Es literalmente abandonar todo lo conocido: tu tierra, tu familia, tu seguridad. Abram tenía alrededor de 75 años (Génesis 12:4), ¿y tú crees que era fácil para un anciano dejar su casa y emprender un viaje sin saber a dónde iba?


Pero aquí está lo asombroso: Abram obedeció. "Y salió como le había dicho Yehová, y Lot fue con él" (Génesis 12:4).


No esperó a tener todas las respuestas. No armó un plan de cinco años. Salió. Y esa decisión de salir, movido solo por la voz de Dios, fue el nacimiento de su fe.


Una fe que tambaleará, pero que no caerá


Abram llegó a la tierra prometida, Canaán, y el Señor se le apareció: "A tu descendencia daré esta tierra."


Entonces Abram construyó un altar allí, en Siquem, debajo del encino de More.


Pero pronto una hambruna azotó la tierra. Y aquí viene el primer tropiezo: Abram desciende a Egipto.


No lo hace por miedo a morir de hambre (eso sería razonable), sino por miedo a que lo maten por su esposa, Sarai. Así que, le dice: "Diles que eres mi hermana, para que por amor a ti me traten bien y no me maten."


Abram, el hombre de fe, mintió. Y por eso, Sarai fue llevada al palacio del faraón, quien, por cierto, no se detiene en hacerle bien a Abram: le da ovejas, bueyes, asnos, siervos, siervas… todo. Pero Dios interviene. Envía plagas al palacio. El faraón descubre la verdad, enfrenta a Abram, y lo expulsa. "¿Por qué no me dijiste que era tu esposa? ¿Por qué dijiste 'es mi hermana'?"


¿Ves? Hasta el padre de la fe tropieza. Y eso me da esperanza. Porque mi fe también tropieza. ¿La tuya también? Pero Dios no lo abandona. Lo corrige, lo restaura, y sigue trabajando.


El fracaso, el arrepentimiento y el reinicio


Abram regresa a Canaán, al lugar donde había hecho el altar antes. Y allí, vuelve a invocar el nombre de Yehová. Es un momento de restauración, de volver al primer amor, al primer encuentro.


Pero ahora viene un problema nuevo: conflictos entre los pastores de Abram y los de Lot. La tierra no alcanza para ambos. En lugar de pelear, Abram, con una sabiduría asombrosa, le dice a Lot: "No haya contienda entre nosotros ni entre nuestros pastores, porque somos hermanos. ¿No está toda la tierra delante de ti? Te ruego que te apartes de mí; si tú vas a la izquierda, yo iré a la derecha, y si tú vas a la derecha, yo iré a la izquierda."


¡Qué gesto! Abram privilegia la paz por encima del terreno. Lot, sin pensarlo dos veces, elige la llanura del Jordán, aquella región fértil, cerca de Sodoma (una ciudad mala, muy mala, como pronto veremos).


Y Dios vuelve a hablar con Abram: "Alza ahora tus ojos y mira desde el lugar donde estás, al norte, al sur, al oriente y al occidente, porque toda la tierra que ves, a ti te la daré a ti y a tu descendencia para siempre. Haré tu descendencia como el polvo de la tierra."


Abram se muda a Hebrón y construye otro altar. Su vida no es perfecta, pero su corazón está orientado hacia Dios.


Melquisedec y la victoria 


Pasado un tiempo, una guerra estalla. Cinco reyes atacan a cinco, y entre ellos, Lot es tomado como cautivo. Abram, al enterarse, arma a sus 318 siervos nacidos en su casa, los entrena, y sale a rescatar a su sobrino.


¡Y vence! A pesar de la desventaja, persigue a los enemigos hasta Dan, y los derrota en una emboscada nocturna. Trae de vuelta a Lot, los bienes, y todo lo que fue tomado.


Y aquí aparece una figura misteriosa: Melquisedec, rey de Salem (Jerusalén), sacerdote del Dios Altísimo. Lleva pan y vino, y bendice a Abram: "Bendito sea Abram del Dios Altísimo, Poseedor del cielo y de la tierra. Y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus enemigos en tu mano."


Abram le da diezmos de todo. Este encuentro es profundo. Y en este momento, Abram, el líder, se inclina ante un sacerdote, reconociendo que toda victoria viene de Dios.


La promesa de un hijo… y la impaciencia humana


Ahora viene una escena poderosa: el Señor le habla a Abram en una visión: "No temas, Abram, yo soy tu escudo; tu recompensa será muy grande."


Pero Abram responde con honestidad dolorosa: "¿Qué me darás, siendo que voy sin hijos, y el administrador de mi casa es Eliezer de Damasco?"


Y Dios le dice: "Este no será tu heredero; sino uno que saldrá de tus entrañas será tu heredero."


Luego lo lleva afuera y le dice: "Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si puedes." "Así será tu descendencia."


Y entonces sucede: "Creyó en Yehová, y le fue contado por justicia." (Génesis 15:6)


¡Este versículo es fundamental! Es el primer registro en la Biblia de que alguien es justificado por fe. No por obras, no por sacrificios perfectos, sino por creer. Pablo lo cita en Romanos y Gálatas para mostrar que la salvación ha sido por fe desde el principio.


Pero luego, Dios le revela el futuro: su descendencia será esclava en Egipto por 400 años, pero Dios los juzgará y los traerá de vuelta. Y en ese momento, un horno humeante y una antorcha encendida pasan entre los animales divididos, el Señor hace un pacto unilateral con Abram.


Pero Sarai, que no ve que Dios hable directamente con ella, se impacienta. Han pasado años. No hay hijo. Y entonces, toma una decisión que traerá consecuencias eternas: "Mira, Yehová me ha impedido dar a luz; te ruego que entres a mi sierva, para que por ella tenga yo hijos."


Así entra Agar, la sierva egipcia. Pero cuando queda embarazada, desprecia a Sarai, y esta la maltrata. Agar huye al desierto y tiene al niño, Ismael.


Pero Dios no ha cambiado de plan. Isaac es la promesa. 


Una nueva identidad: de Abram a Abraham


Trece años después, cuando Abram tiene 99 años, Dios vuelve a aparecérsele. "Yo soy el Dios Todopoderoso. Anda delante de mí y sé perfecto. Haré mi pacto entre mí y tú, y te multiplicaré en gran manera."


Y le cambia el nombre: "Tu nombre no será más Abram, sino Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de naciones."


¡Padre de muchas naciones! No solo de Israel, sino también de los creyentes del mundo entero. Y el pacto ahora tiene una señal: la circuncisión. No solo para Abraham, sino para todos los hombres de su casa, como señal del pacto eterno.


Y Dios le dice algo impactante: "Sarai tu mujer, no la llamarás Sarai, sino Sara." Porque de ella nacerá un hijo, y "reiré", en hebreo Isaac, será su nombre.


Abraham cae rostro en tierra… y ríe. No de alegría, sino de incredulidad. "¿Nacerá un hijo a quien tiene cien años? ¿Y Sara, que tiene noventa años, dará a luz?"


Dios no lo regaña. Solo confirma: "Sí, tu mujer Sara te dará un hijo."


Y en ese momento, Abraham le pide a Dios: "¡Ojalá Ismael viva delante de ti!"


Dios responde: "También a Ismael te he oído. Lo bendeciré… pero mi pacto lo estableceré con Isaac."


Dios es fiel, pero también claro. No mezcla promesas. Isaac es el hijo de la promesa.


Abraham obedece al instante: circuncida a todos los varones de su casa, incluyéndose a sí mismo. Y a Ismael, que tenía 13 años.


La promesa cumplida, el nacimiento de Isaac


Dos capítulos después, tres hombres aparecen cerca de Mamre. Abraham los recibe con hospitalidad extrema. Y uno de ellos dice: "Volveré a ti dentro de un año, y Sara tendrá un hijo."


Sara, escuchando desde la tienda, también ríe. Pero Dios la confronta: "¿Por qué se rió Sara…?" ¡Dios conoce hasta nuestras risas ocultas!


Un año después, cuando Abraham tenía 100 años y Sara 90, Isaac nace.


¿Puedes imaginar el gozo? ¿El milagro? La risa verdadera ahora sí: el nombre Isaac significa “él reirá”. Es el hijo de la promesa, el heredero del pacto. Y en él se cumple la palabra de Dios.


La prueba más difícil, el sacrificio de Isaac


Pero Dios no termina aquí. Aún queda la prueba más grande: "Toma ahora a tu hijo, tu único hijo Isaac, a quien amas, y vete a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré."


Abraham no discute. No pregunta. Al tercer día, ve el lugar. Suben. Isaac pregunta: "Padre, aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?"


Y Abraham responde con una fe que aún nos deja sin aliento: "Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío."


Llegan al lugar. Abraham construye el altar, ata a Isaac, y alza el cuchillo… Pero un ángel del Señor le grita: "¡No extiendas tu mano sobre el muchacho! Ahora sé que temes a Dios, porque no me rehusaste a tu hijo, tu único hijo."


Entonces, Abraham ve un carnero enmarañado en un arbusto. Lo ofrece en lugar de su hijo. Y llama al lugar: "Yehová-jiré", que quiere decir "El Señor proveerá."


Este evento es una sombra clara del sacrificio de Jesús. El Padre entregando a su Hijo amado. El cordero provisto por Dios. El monte Moriah, donde se construiría luego el templo. Todo apunta a Cristo.


La muerte de Sara y el matrimonio de Isaac


Sara muere a los 127 años. Abraham la entierra en la cueva de Macpela, que compra a los hijos de Het por 400 siclos de plata. Es la primera propiedad que los israelitas poseen legalmente en Canaán.


Luego, Abraham, ya anciano, envía a su siervo más fiel a buscar esposa para Isaac. No quiere que se case con una mujer cananea. Y cómo es la búsqueda: oración, señal, y fe. Y Rebeca aparece, ofreciendo agua al siervo y a sus camellos.


¡Qué hermoso! La providencia de Dios guiando cada paso. Rebeca va con el siervo, ve a Isaac, y se cubre con un velo. Se casan. Isaac es consolado tras la muerte de su madre. Y Rebeca será la madre de Jacob y Esaú.


Abraham, el hombre que creyó


Abraham se casa de nuevo con Cetura, quien le da seis hijos más. Pero deja claro que Isaac es su heredero. Al final de su vida, Abraham muere a los 175 años, y es sepultado por Isaac e Ismael juntos en la cueva de Macpela.


¿Sabes lo más impactante? Abraham nunca vio una nación grande. Nunca vio a sus descendientes como el polvo de la tierra o las estrellas del cielo. Pasó su vida como extranjero, viviendo en tiendas, sin poseer ni un palmo de tierra propio.


Pero murió creyendo.


Hebreos 11 lo describe: "Abraham murió en la fe, sin haber recibido las promesas, sino viéndolas y saludándolas de lejos."


Fue un hombre imperfecto, con miedos, errores, momentos de duda. Pero a quien Dios llamó. A quien creyó, le contó justicia. Y a quien obedeció, lo bendijo no solo para su tiempo, sino para la eternidad.


¿Qué significa esto para nosotros?


La historia de Abraham no es solo un relato histórico. 


Puede ser un espejo. ¿Cuántas veces te has sentido como él? Llamado a dejar lo seguro, pero sin saber a dónde vas. Prometido bendición, pero enfrentando hambrunas en tu alma. Esperando un milagro, pero tomando decisiones equivocadas por impaciencia. Anhelando un hijo, un propósito, una sanidad… y el tiempo pasa.


Pero Abraham nos enseña que la fe no es la ausencia de miedo, sino la decisión de obedecer a pesar del miedoNo es la perfección, sino la constancia. No es tener respuestas, sino confiar en quien tiene todas.


Y lo más hermoso: tú también puedes ser hijo de Abraham. Pablo lo dice en Gálatas: "Los que son de fe, éstos son hijos de Abraham."


No por nacimiento. No por religión. Por fe.


Así que, ¿qué dice tu fe hoy? ¿Estás dispuesto a salir sin saber adónde vas? ¿A creer que Dios proverá, incluso cuando el cuchillo esté en alto? ¿A vivir como extranjero en esta tierra, mirando a una ciudad cuyos cimientos son de oro? Porque la historia de Abraham no terminó con él. Continúa contigo. Y yo, mientras escribo estas líneas, siento que su fe late aún en nuestras venas.


Porque el Dios que le dijo: "Vete", también te lo está diciendo a ti. Y el que prometió: "Serás bendición", todavía quiere cumplirlo a través de tu vida. 


Así que caminemos. Caminemos con Abraham. Porque donde él fue por fe, nosotros también podemos ir.

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