¿Un burro parlante? ¡No te rías, que es más serio de lo que parece!
¡Hola a todos! Hoy vamos a adentrarnos en una de esas historias bíblicas que, a primera vista, nos saca una sonrisa o incluso alguna carcajada. Sí, hablo de esa escena que parece sacada de un cuento infantil: ¡un burro que habla!
Sé lo que estás pensando. "¡Pero qué cosa más rara! ¿En serio vamos a dedicarle tiempo a un burro que se pone a charlar?". Y yo te digo: ¡absolutamente! Porque detrás de esa imagen que nos parece tan cómica, se esconde una lección que el Señor nos quiere regalar, y que a veces se nos escapa.
Estamos en el libro de Números, capítulo 22, y la cosa se pone interesante. El rey Balac, un señor bastante nervioso y poco fan de los israelitas, está aterrorizado por la cercanía de este pueblo que Dios está guiando. Así que contrata a un adivino llamado Balaam, a quien le pide que maldiga a Israel. El problema es que Balaam, por más que lo intenta, no puede maldecir a un pueblo que está bajo la bendición de Dios (¡esto ya es una pista de que Dios tiene el control, ¿verdad?!).
Pero aquí viene lo bueno. Balaam está de camino, montado en su fiel burra, y de repente, el animal se detiene. ¿Qué pasa? ¿Se cansó? ¿Vio una zanahoria especialmente jugosa? No. La Biblia nos cuenta que el "burro vio al ángel del Señor parado en el camino."
Y aquí es donde ocurre el milagro, o el "milagro cómico" si queréis. El burro, al ver al ángel, se aparta del camino. Balaam, que no ve nada, se enfada mucho y empieza a darle palos a su pobre burra, ¡tres veces! La pobre criatura no entiende, solo sabe que su amo la está maltratando.
Y entonces, de repente, ¡el burro habla! Sí, sí, has leído bien. Y no suelta una frase cualquiera, no. Le dice a Balaam, ¡con toda la dignidad del mundo!: "¿Qué te he hecho yo, para que me azotes estas tres veces?"
Qué escena. Yo, si fuera Balaam, me hubiera caído del burro de la impresión. ¿Un burro que me recrimina? ¡Y encima con razón! Balaam, todavía cegado, responde al burro (como si fuera lo más normal del mundo) que se está burlando de él. Y es en ese momento cuando el Señor abre los ojos de Balaam, y él ve al ángel del Señor.
¿Y cuál es la gracia de todo esto? ¿Por qué el Señor decide hacer hablar a un burro?
A mí, cuando me paro a pensarlo, se me ocurren varias cosas.
Creo que Dios usa lo inesperado para revelar Su verdad. A veces, el Señor utiliza los medios más insospechados para mostrarnos lo que necesitamos ver. En este caso, fue un burro el que abrió los ojos de Balaam a la realidad espiritual que se estaba desenvolviendo ante sus narices. A veces, las verdades más profundas nos llegan de fuentes que nunca hubiéramos imaginado. ¿Cuántas veces hemos cerrado nuestros oídos a la voz de Dios porque viene envuelta en algo que no nos gusta o no esperamos?
Además, nos enseña la obediencia, ¡incluso la de un animal! El burro, a pesar de ser golpeado y maltratado, obedeció a la visión que tenía, apartándose del peligro. Balaam, en cambio, estaba ciego a la advertencia divina, cegado por su propia agenda y su ira. Esta historia nos recuerda que la obediencia es clave, y que incluso la creación se somete a los designios de Dios. A veces, ¡hasta un burro ve más claro que nosotros!
También me hace pensar en nuestras propias cegueras. Balaam era un hombre con supuesta conexión con lo divino, pero estaba completamente ciego a la presencia de Dios en ese momento. Estaba tan enfocado en su misión (maldecir a Israel) que no era capaz de ver la realidad. ¿No nos pasa a veces a nosotros? Estamos tan absortos en nuestros planes, en nuestras preocupaciones, en nuestros enfados, que no vemos las señales de Dios a nuestro alrededor.
Y creo que también es una buena lección sobre la misericordia de Dios. El ángel no destruye a Balaam. Le muestra el error, pero le da una oportunidad de rectificar. Y el burro, en lugar de ser castigado por hablar, se convierte en un instrumento de la misericordia divina. Dios, en su infinita paciencia, utiliza hasta a un burro para recordarnos que está presente y que Sus planes no pueden ser frustrados.
Cuando leas sobre el burro que habla, no te rías a carcajadas (bueno, un poquito sí). Más bien, detente a pensar. ¿Qué me está queriendo decir Dios a mí con esta historia? ¿Estoy sordo a Sus advertencias? ¿Estoy ciego a Su presencia? ¿Estoy tan enfadado que no veo la verdad que se me presenta?
Porque, al final, Dios no solo habla a través de profetas y apóstoles, sino que puede usar cualquier medio para guiarnos, advertirnos y mostrarnos Su voluntad. Solo tenemos que tener el corazón y los oídos abiertos, y quizás, solo quizás, hasta un burro sabio nos dé una lección que jamás olvidaremos.
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