Consejo sobre oración
Si estás leyendo esto, es muy probable que te sientes en la misma silla de frustración en la que yo me senté durante años.
Quiero hablarte a ti, a quien se despierta con la firme intención de pasar tiempo de calidad con Dios, pero que a menudo termina el día con un nudo en el estómago y la sensación de haber fallado una vez más.
Sé lo que sientes al luchar por la constancia en tu tiempo de oración diario. Es un ciclo agotador: empiezas fuerte, te mantienes firme por una semana, luego un día te saltas la cita, y de repente, esa falta se convierte en dos, luego en una semana, y el sentimiento de culpa es tan pesado que te paraliza para volver a empezar.
Hemos convertido la oración en una tarea, un maratón espiritual para el cual nunca nos sentimos lo suficientemente preparados.
Pero permíteme que, desde mi propia experiencia y luchas, te comparta el mejor consejo que recibí cuando estaba en ese ciclo de fracaso y autocastigo: El secreto de la consistencia no es la duración. Es la gracia de volver a empezar.
La trampa de las expectativas
Piensa en esto: ¿Cómo imaginas tu "tiempo ideal de oración"?
Seguramente, te lo imaginas como una hora perfecta, con el café humeante, el sol entrando por la ventana, silencio absoluto, y tú leyendo la Biblia con profundas revelaciones.
Esa imagen, aunque hermosa, es en realidad el enemigo de tu consistencia.
Cuando ponemos el listón tan alto, cualquier cosa menos que esa hora perfecta se siente como un fracaso total. Si solo tienes 15 minutos, piensas: "Para tan poco, mejor ni lo hago". Y ese es el error fatal.
Dios no está midiendo tu devoción por el cronómetro, Él está anhelando tu presencia.
El único consejo que necesitas: Baja el listón hasta el suelo
Mi consejo (el consejo que me liberó de la culpa) es radicalmente simple y contrario a todo lo que nos han enseñado sobre "disciplina"...
Si tu meta para el tiempo de oración es de 30 minutos, ya has fallado la mayoría de los días que tienes prisa, estás agotado o tu casa está en caos.
Tu meta diaria debe ser tan absurdamente pequeña que resulte imposible no cumplirla.
¿Cuál es el tiempo más corto que podrías dedicar a la oración, incluso en el peor día de tu vida?
Para mí, son 5 minutos.
Si solo tienes 5 minutos, eso es tu victoria del día. Si consigues 15, es un bono. Si consigues la hora, es una maravilla.
Lo importante es el hábito de presentarte. La constancia se construye a través de la repetición, no de la intensidad. Prefiere 5 minutos diarios durante un mes, que una hora intensa y 29 días de culpa.
-Perdónate de inmediato
Aquí está la verdadera clave de la gracia, y es lo que distingue la disciplina espiritual saludable de la auto-tortura.
Cuando falles un día (y lo harás), ¡perdónate de inmediato!
La culpa es el principal saboteador de la constancia. Si te saltas el lunes, la culpa te dirá: "Ya arruinaste la semana, mejor empieza de nuevo el próximo lunes".
Esa es una mentira diseñada para mantenerte lejos de la Presencia.
Tu Padre celestial no está esperando con un dedo acusador, Él está esperando con un abrazo. Si fallaste el lunes, el martes no es el momento de castigarte, es el momento de volver a la meta de los 5 minutos.
La constancia no es no fallar nunca, es fracasar y presentarse al día siguiente de todos modos.
-Céntrate en la conversación
Muchas veces, entramos al tiempo de oración con una lista de puntos que "debemos" cubrir: lectura, alabanza, intercesión, peticiones...
Esto lo convierte en una lista de verificación.
En lugar de eso, recuerda que la oración es fundamentalmente una conversación.
Si estás en uno de esos días en que te sientes distraído o demasiado cansado para concentrarte en un texto largo, solo habla. O mejor aún, solo escucha.
A veces, la oración más profunda es simplemente sentarte en silencio y decir: "Aquí estoy, Señor. No tengo nada inteligente que decir, no tengo energía, pero te doy estos 5 minutos de presencia". Esa honestidad es oro puro para Dios.
Si luchas por la consistencia, quiero que sepas que estás en buena compañía. No eres un fracaso espiritual, eres humano.
Deja de medir tu éxito en la oración por la duración y empieza a medirlo por la fidelidad de tu retorno.
Hoy, reduce tu meta. Hazla fácil. Cuando falles, levántate con la misma rapidez con la que te caes y vuelve a presentarte ante Dios, sabiendo que Él no necesita tu perfección, solo tu corazón humilde y dispuesto.
La gracia te da permiso para empezar de nuevo ahora mismo. Úsala.
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