Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

Imaginando la psicología de Josué

Hoy quiero que hagamos un experimento mental.


Cuando leemos las Escrituras, tendemos a ver a los personajes bíblicos como figuras de bronce, inquebrantables, sin fisuras. Josué (ese gran líder militar, el conquistador de Jericó), es a menudo recordado como la encarnación de la valentía.


Pero yo no puedo evitar preguntarme: ¿Qué pasaba por la mente y el corazón de ese hombre? ¿Qué sentía el sucesor de Moisés cuando la presión de guiar a una nación entera caía sobre sus hombros?


Hoy quiero que dejemos a un lado al héroe y nos adentremos en la piel de Josué, la persona. Quiero que, juntos, sintamos su miedo, el peso de su lealtad y la abrumadora soledad de ser el elegido.


Aprendiz


Imaginaos por un momento ser Josué. Desde muy joven, tu vida está pegada a una de las figuras más imponentes, carismáticas y divinamente conectadas de la historia: Moisés.


Yo pienso en Josué y veo a un joven con una dedicación férrea, pero también con una ansiedad constante.


Me explico... Creo que, probablemente, tenía mucha presión encima. No solo tenía que ser bueno, tenía que ser el mejor para estar a la altura del gran Moisés. Toda su vida era una preparación, pero esa preparación venía con una comparación implacable. ¿Sentiría Josué alguna vez el famoso "síndrome del impostor"? Estoy segura de que sí.


Además, me cuesta creer que no sintiese miedo a la imperfección. Él vio los errores de Moisés, las consecuencias de su impaciencia (como golpear la roca). Si hasta Moisés tropezó, ¿con cuánta más facilidad tropezaría él, el simple asistente?


Para mí, Josué fue el eterno número dos. El que debía estar siempre alerta, siempre vigilando el Tabernáculo, siempre dispuesto a servir. Su vida fue una sala de espera de cuarenta años en el desierto. ¿No os parece agotador? Cuarenta años sabiendo que, si sobrevivía, le tocaría cargar con la responsabilidad final. El nivel de estrés debe haber sido monumental.


Liderar no es sencillo


Y entonces, llega el momento. Moisés sube al monte Nebo. Y ya no vuelve.


Quiero que sintáis ese silencio. Un silencio que no es paz, sino un vacío ensordecedor.


De repente, Josué no tiene a quién consultar el plan de batalla. No tiene a quién pedir confirmación después de escuchar la voz de Dios. Millones de ojos, cansados, desilusionados y escépticos tras vagar una generación entera en el desierto, se posan sobre él.


Sé que muchos de vosotros os identificaréis con este sentimiento en vuestra propia vida.


En ese punto, Josué debe haber sentido un miedo helado que le recorría la espalda. Un miedo que no es tanto a la batalla, sino al fracaso moral. Si él falla, si se equivoca en la estrategia, no solo mueren soldados, se desmorona la promesa de Dios.


Y es ahí donde la famosa instrucción divina, "Sé fuerte y valiente, no temas ni desmayes," cobra un significado psicológico. Dios no le estaba dando una información militar, le estaba dando una receta para manejar el pánico. Le estaba diciendo: “Josué, estás a punto de colapsar bajo el peso de la responsabilidad. Tienes que respirar, recordar mi palabra, y seguir adelante.”


Para mí, el verdadero milagro de Josué no fue hacer caer los muros de Jericó, sino levantarse cada mañana sin que el terror del liderazgo lo paralizara.


Las dificultades de la conquista


Luego viene la fase más dura... la guerra.


A veces olvidamos que Josué no era un cyborg programado para ganar. Era un hombre. Un estratega que tenía que tomar decisiones de vida o muerte no solo para sus soldados, sino para familias enteras.


¿Cómo se duerme después de rodear Jericó por siete días, sabiendo que la estrategia es tan loca que solo la fe la sostiene?


¿Cómo se maneja la culpa tras la derrota en Hai, cuando se da cuenta de que el fracaso fue interno, causado por el pecado de Acán?


Imaginad el peso de la sangre en sus manos. Él no podía simplemente decir: "Es la voluntad de Dios." Él tenía que ejecutar esa voluntad, con todas las implicaciones personales y emocionales que eso conllevaba.


Yo creo que Josué manejó su liderazgo a través de una compartimentalización (me cuesta escribir esta palabra, espero haberlo hecho bien y que se entienda) extrema. Para sobrevivir psicológicamente, tuvo que aferrarse a la idea de que estaba cumpliendo un mandato superior, que no eran sus decisiones, sino la obediencia al plan divino. Esa obediencia era su chaleco antibalas psicológico contra la culpa y el remordimiento.


Un espejo para nosotros


Al final, cuando vemos a Josué repartiendo la tierra, ya no vemos solo al guerrero, vemos a un líder exhausto, pero satisfecho. Un hombre que enfrentó su miedo más grande, no con arrogancia, sino con profunda humildad y dependencia.


Su vida demuestra que el verdadero coraje no es la ausencia de miedo, sino la decisión de actuar a pesar de él.


Sé que muchos de vosotros, lleváis vuestras propias batallas. Puede que no estéis conquistando ciudades, pero quizás estáis batallando con la presión del trabajo, el miedo a ser un mal padre o madre, o el agobio de ser la persona fuerte en vuestra familia.


Mirad a Josué. Si ese hombre, con la responsabilidad de millones, pudo encontrar la fuerza para ser valiente día tras día, ¿qué nos impide a nosotros enfrentar nuestros propios muros? Recordad: la valentía es una elección diaria.


Ahora os pregunto a vosotros: ¿Qué presión de vuestra vida creéis que habría agotado más a Josué si viviera hoy? ¡Dejadme vuestra opinión en los comentarios!

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