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Cuando Dios escribe en tiempos oscuros: La hermosa historia de Rut

Si me has seguido en estas últimas entradas, sabes que juntos hemos caminado por el libro de Josué, con su victoria al entrar en la Tierra Prometida, y luego por el libro de Jueces, donde vimos un triste ciclo de desobediencia, opresión, arrepentimiento y liberación. Fue intenso, ¿verdad? Vimos lo que pasa cuando el pueblo de Dios se aparta de Su voz.


Pero hoy, después de tanto caos y lucha, quiero invitarte a detenerte conmigo en un libro que, aunque pequeño, es como un oasis de esperanza en medio del desierto, el libro de Rut.


Sí, solo tiene cuatro capítulos, parece una historia sencilla. Pero déjame decirte algo... en esta historia pequeña se esconde un gran reflejo del amor fiel de Dios… y un hilo directo hacia la venida de Jesús.


La historia de Rut


La historia comienza con una crisis. Había hambre en Belén. El pueblo de Dios necesitaba pan… y también dirección. Un hombre llamado Elimelec, de la tribu de Judá, toma la decisión de huir con su esposa Noemí y sus dos hijos hacia Moab, una tierra extranjera, prohibida incluso por la ley de Dios.


Allí, los hijos se casan, uno con Orfa, otro con Rut. Pero en pocos años, la muerte golpea con fuerza, primero Elimelec, luego los dos hijos. Quedan tres viudas, Noemí, Orfa y Rut. Sin sustento. Solo un tremendo duelo... soledad y futuro incierto.


Cuando Noemí escucha que ya no hay hambre en Belén, decide volver a su tierra. Le dice a sus nueras: “Id, volved cada una a la casa de vuestra madre. Sea el Señor misericordioso con vosotras, como vosotras lo habéis sido con los muertos y conmigo.” (Rut 1:8)


Orfa llora, se despide… y regresa. Pero Rut… Rut hace algo que cambia la historia.


Rut se aferra a Noemí... Y entonces pronuncia unas palabras que, cada vez que las leo, me hacen temblar de emoción: “No me ruegues que te deje, y me aparte de ti. Porque a donde quiera que tú vayas, iré yo; y donde vivieres, viviré yo. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Donde mueras, moriré yo, y allí seré sepultada. Haga el Señor conmigo esto y aún más, si otra cosa que la muerte me separare de ti.” (Rut 1:16-17)


¡Qué declaración de feeeee! Esta mujer moabita, descendiente de un pueblo que no pertenecía al pacto original con Israel, elige abandonarlo todo por amor… y por una nueva fe. Elige a Noemí... Elige a su pueblo... Y, sobre todo, elige al Dios de Israel.


¿No te parece increíble? Entre tanto desorden en Jueces, donde todos hacían lo que les parecía bien, aparece una extranjera que elige libremente servir al único Dios verdadero. Rut no nació en el pueblo escogido, pero escoge al Escogido.


Al llegar a Belén, Noemí se lamenta. Dice: “No me llaméis Noemí (que significa ‘dulce’), llamadme Mara (‘amarga’), porque el Todopoderoso me ha amargado la vida” (Rut 1:20). Pero lo que ella no sabe aún es que Dios está trabajando en silencio.


Rut, para proveer, comienza a espigar en los campos, una labor humilde y dura. Pero por providencia divina, termina en el campo de Booz, un pariente cercano de Elimelec. No es casualidad. Es Dios moviendo piezas invisibles.


Booz la protege, la elogia y la provee. Le dice: “He oído todo lo que has hecho por tu suegra… el Señor te recompense por tu obra” (Rut 2:11-12). Y más tarde, Noemí ve una oportunidad, Booz puede ser su ga’al, su redentor. En la cultura israelita, este pariente tenía el derecho y el deber de redimir la tierra, levantar el nombre de la familia… y casarse con la viuda.


Rut se arriesga. Sigue el plan de Noemí, se acerca a Booz en la noche y le pide que cumpla con su deber. Y Booz, hombre temeroso de Dios, responde con honor. Resuelve los detalles legales, redime la propiedad y se casa con Rut.


¿Qué sucede después? Nace un hijo.


Y las mujeres de la ciudad le dicen a Noemí: “Bendito sea el Señor, que no te ha dejado hoy sin redentor. Sea su nombre ilustre en Israel. Él será quien te restaure el alma y te sostenga en tu vejez; porque tu nuera, que te ama, lo ha dado a luz; y más vale para ti que siete hijos.” (Rut 4:14-15)


La conexión que nos lleva directo al corazón de la Biblia


Y ahora, el giro más hermoso, ya verás. El libro termina con una simple lista genealógica. Pero no es cualquier lista. Dice: “Salmon engendró a Booz, Booz engendró a Obed, Obed engendró a Isaí, y Isaí engendró a David.” (Rut 4:21-22)


¿Te das cuenta? Rut, la extranjera, la moabita, se convierte en bisabuela del rey David.


Y por eso, cuando leemos el Evangelio de Mateo en el Nuevo Testamento, ¿quién abre la genealogía de Jesús? Mateo 1:5 dice: “Salmon engendró a Booz de Rut…”


¡Rut está en la línea directa que lleva a Jesús, el Mesías prometido!


Una mujer extranjera, una viuda pobre y forastera… incluida por gracia en el plan más grande de la historia... la redención del mundo.


¿Qué nos enseña Rut hoy?


Rut eligió al Dios de Israel. Nos enseña que cuando uno se entrega a Dios con todo el corazón, Él responde con misericordia, propósito y gloria.


Si hoy te sientes como Noemí, amargado, roto y sin futuro… Dios puede estar escribiendo, precisamente en tu dolor, un capítulo que llevará a la promesa.


Porque Él levanta a los humildes. Él incluye a los que han sido rechazados. Y Él escribe historias que terminan en salvación, esperanza y vida eterna.


¿Te animas a confiar como Rut? ¿A decir “Donde tú vayas, yo iré. Tu Dios será mi Dios”?


Yo, sí.

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