Día de Difuntos: Quien ama no olvida
Hoy es 2 de noviembre, el Día de Difuntos, y sé que no soy la única que se despierta con el corazón un poco pocho, con la mente viajando a esos rostros, voces y risas que ya no están físicamente con nosotros. Es inevitable, ¿verdad? Este día tiene un tinte especial, esa invitación a la memoria.
Me encuentro pensando en cómo el tiempo pasa, pero el amor, ese sí que parece no tener fecha de caducidad. Y es ahí, en ese pensamiento, donde la frase "Quien ama no olvida" cobra un sentido sanador para mí.
Cuando recordamos a alguien que hemos amado y que ya partió, no solo estamos trayendo a la mente una anécdota. Estamos reviviendo un pedacito de nuestra propia historia, la huella que esa persona dejó en nuestro ser. Es una prueba latente de que el amor que compartimos fue real, fue valioso y, sobre todo, fue eterno. Esa punzada de tristeza que a veces sentimos al recordar no es más que el eco de un amor que aún suena en nosotros.
Pero como creyentes, como hijos e hijas de Dios, sabemos que nuestra fe nos ofrece una perspectiva que va más allá de la nostalgia o el dolor de la ausencia. Nuestros seres queridos no han desaparecido, han ido a casa. Han cruzado ese umbral hacia la presencia de nuestro Padre celestial, donde no hay lágrimas, ni dolor, ni angustia, solo paz y gozo infinitos.
Nosotros los sentimos cercanos de una manera diferente. La "comunión de los santos" no es solo un concepto teológico, en realidad, es el maravilloso hecho de que estamos unidos en Cristo, ya sea aquí en la tierra o en la gloria. Ellos están más vivos que nunca, en ese lugar que Jesús ha preparado para todos los que le aman.
Hoy, más allá de la tristeza, voy a celebrar la vida de aquellos que nos precedieron. Honraré su memoria viviendo con gratitud por el tiempo que nos regalaron y por el amor que nos dieron. Reiré con sus recuerdos, compartiré sus historias, permitiré que su legado siga inspirando mi camino. Y hago una recomendación para quién lee esto: si sientes la necesidad de hablarles, hazlo a través de la oración. Ellos están en las manos de Aquel que escucha cada susurro de nuestro corazón.
Siente la tristeza si la necesitas, pero también siente la inmensa gratitud. Abrázate a la promesa de la resurrección y a la certeza de que el amor verdadero nunca termina.
Quien ama, verdaderamente, no olvida. Y ese amor es nuestro pasaporte a la esperanza de un reencuentro.
Con un abrazo cálido y mucha esperanza, me despido hasta la próxima.
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