Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

Cuando amar es toda la norma (la libertad de vivir sin listas)

Hace solo un ratillo, mientras revisaba mis redes, me encontré con una frase que me llegó al alma:


"Quien ama, cumple la ley sin necesidad de listas ni normas."


Wow. De repente, sentí la verdad de esa declaración como un rayo de sol entrando por la ventana después de mucha lluvia (como la que está cayendo hoy en mi ciudad, por cierto).


Y es que, si os soy honesta, yo soy la primera que se encuentra a sí misma muchas veces obcecada con los asuntos diarios. ¿Vosotros también os ahogáis en el “debo hacer esto” o “tengo que terminar aquello”? Yo me obsesiono con la planificación, las tareas domésticas, otras cosas por hacer... y cuando me doy cuenta, mi jornada se ha convertido en una carrera de obstáculos.


En esos momentos de enfoque en el hacer, tristemente, suelo olvidar la conexión, la entrega a Dios que debería impregnar cada mínima acción. Mi fe, sin quererlo, se convierte en una lista más de cosas para tachar. ¿Oré? ¿Leí la Biblia? ¿Fui amable con mi vecino? Si no cumplo, la culpa me ataca.


Pero, ¿no es agotador vivir así?


La trampa 


Creo que a todos nos ha pasado que, inconscientemente, tratamos nuestra relación con Dios como si fuera una asignatura que debe aprobarse con una buena nota. Nos enfocamos tanto en seguir las reglas (las que Él puso y, peor aún, las que nosotros mismos nos inventamos) que perdemos de vista el propósito de esas reglas.


El problema de las listas y las normas impuestas es que nos invitan a medir el éxito por el logro externo, no por la condición interna de nuestro corazón. Nos volvemos expertos en la fachada, mientras que el motor de la fe (el amor) se queda sin combustible.


Pero pensad en Jesús. Cuando le preguntaron cuál era el mandamiento más importante, ¿dio una lista de diez o de cientos de reglas? No. Lo resumió todo en dos puntos fundamentales, intrínsecamente conectados.


Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. (Mateo 22:37-40)


El amor como ley única


Si el amor es el único motor, entonces la ley se cumple sin esfuerzo, porque ya no es una obligación, sino una consecuencia natural.


Piénsalo bien. Si amas genuinamente a Dios, ¿necesitas una norma que te recuerde que no debes tomar Su Nombre en vano o que debes apartar tiempo para Él? No. Lo harás porque deseas proteger esa relación y honrarle.


Si amas a tu prójimo, ¿necesitas una regla que te diga "no mientas", "no seas impaciente" o "ayuda al necesitado"? Tampoco. Actuarás con bondad, verdad y servicio simplemente porque el amor te impulsa a ello.


La frase del tweet es cierta. Quien ama, ya trascendió la necesidad de la norma escrita. No es que el amor reemplace la ley, sino que el amor cumple la ley desde su raíz. La vida cristiana se convierte en un acto de fluidez y libertad, no de tiranía y control.


Ahora, volvamos a esos momentos en los que me encuentro (y quizás os encontráis vosotros) tan obcecada con las tareas del día que me olvido de Dios.


Cuando el amor es la norma, mi tarea de lavar la ropa no es solo una obligación agobiante... puede ser un acto de servicio amoroso hacia mi familia. El correo difícil que debo responder no es solo una carga... es una oportunidad para ejercer paciencia y sabiduría, honrando a Dios con mi integridad.


La entrega a Dios no queda como algo extra que se añade al final de la jornada. Es la atmósfera en la que decido respirar mientras hago todo lo demás.


Si te enfocas solo en la lista, el día te ahoga. Pero si te enfocas en el amor, cada pequeña tarea se transforma. Ya no luchas, simplemente eliges amar a Dios en cada momento de tu vida.


Cuando el amor es el centro, la ley se cumple sola porque nuestro corazón, rendido a Cristo, ya no busca lo que está mal, sino lo que es bueno, justo y amable.


Es una vida de gracia y no de esfuerzo. ¡Y esa es la mejor noticia de todas!

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