Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

La maravillosa vida de Gedeón

¡Hola a todos! Espero de corazón que os encontréis estupendamente. Yo, por mi parte, estoy teniendo un día maravilloso. Aquí, en casa, con el olorcito a comida casera y un cielo que, aunque empezó un poquito gris, se ha ido abriendo con esos rayos de sol que te alegran la vista y el alma. Sabéis, esas nieblas matutinas que se disipan poco a poco me hicieron ponerme a pensar en Dios, en lo increíblemente bello que es todo lo que ha creado y en cuánta sabiduría se esconde en cada detalle. Es algo que nunca podremos llegar a comprender del todo, ¿verdad? Esa inmensidad que nos rodea y nos habla de un Creador… es fascinante.


Hoy quiero dedicar este espacio a una figura bíblica que tiene un lugar muy especial en mi corazón. Una de esas personas que, al leer su historia, sientes una conexión profunda, casi como si estuvieras leyendo un capítulo de tu propia vida. Hablo de Gedeón.


Quizás os preguntéis por qué Gedeón. Para mí, es importante porque me identifico tremendamente con él. Con sus dudas, esas que se aferran como una sombra persistente. Con su miedo a dar un paso al frente, a asumir un liderazgo que, honestamente, no sentía estar preparado para tomar. ¿Os suena de algo? A mí, sí. Muchísimo.


La historia de Gedeón se encuentra en el libro de Jueces, capítulo 6 en adelante, y es una de esas narrativas que te atrapan por su humanidad. Gedeón era un hombre de la tribu de Manasés, que vivía en tiempos difíciles para el pueblo de Israel. Los madianitas, un pueblo nómada y guerrero, estaban oprimiendo a los israelitas. Cada año, en la época de la cosecha, bajaban con sus caravanas, sus camellos y sus ejércitos, y se lo arrebataban todo: los cultivos, las ovejas, los asnos… lo que encontraba a su paso. Imaginad la desesperación, el miedo constante, la sensación de impotencia. Vivir bajo esa amenaza, viendo cómo te quitan el fruto de tu esfuerzo año tras año. ¿Cómo se sentirían? Seguramente, con una mezcla de rabia contenida y un profundo sentimiento de abandono.


En medio de toda esta desolación, Gedeón se encontraba en un lugar muy particular, la viga de un lagar. No estaba luchando, ni liderando... ni siquiera estaba a la vista de todos. Estaba escondido, trillando trigo. ¿Por qué escondido? Porque tenía miedo de los madianitas. El texto bíblico lo describe como un hombre valiente, pero en este contexto, su "valentía" se manifestaba en la astucia para no ser descubierto mientras intentaba salvar algo de trigo para su familia. Era un guerrero en potencia escondido en la clandestinidad, temeroso de la sombra del enemigo.


Y es aquí donde entra la intervención divina. Un día, el ángel del Señor se le apareció mientras estaba allí, escondido, y le dijo: "Jehová está contigo, valiente guerrero". ¡Imaginad la sorpresa de Gedeón! ¿Conmigo? ¿"Valiente guerrero"? Si me escondo para trillar trigo, ¡si soy el más pequeño de mi casa y mi familia es la más pobre de Manasés! Para Gedeón, estas palabras debían sonar a sarcasmo, a un error garrafal. Él no se veía así en absoluto. Se sentía insignificante, temeroso, oprimido.


Esta es la primera gran lección que me da Gedeón. Dios tiene una perspectiva diferente de nosotros. Él no ve nuestras limitaciones, nuestros miedos o nuestras circunstancias actuales. Él ve nuestro potencial, nuestro propósito y la esencia de lo que ha creado en nosotros. Cuando Dios nos llama "valientes guerreros", no es porque hayamos demostrado serlo en nuestras propias fuerzas, sino porque Él sabe la fuerza que puede poner en nosotros y el propósito que tiene para nuestra vida.


Pero Gedeón, fiel a su naturaleza dubitativa, no se convence fácilmente. Le expone a Dios sus quejas, su frustración por la opresión que sufren, preguntándole por qué Dios los ha abandonado. Es muy humano, ¿verdad? Cuando las cosas van mal, lo primero que hacemos es cuestionar, buscar culpables, y a menudo, culpar a Dios por no intervenir de forma más drástica. Gedeón es un espejo de nuestra propia humanidad cuando nos enfrentamos a la adversidad...


Entonces, el Señor, con una paciencia infinita, le dice: "Ve con esta tu fuerza, y salva a Israel de la mano de Madián. ¿No te envío yo?". Y aquí es donde Gedeón, sintiéndose aún más abrumado, pide una señal. Esto es lo que me encanta de Gedeón, ¡su honestidad! No finge ser alguien que no es. No se sube al carro de la fe ciega solo porque Dios se le ha aparecido. Él necesita pruebas. Necesita sentir la seguridad de que realmente, de verdad, Dios está con él y lo está enviando.


Así que, Gedeón le pide al Señor que acepte su ofrenda. Prepara un cabrito y, siguiendo las instrucciones divinas, lo presenta junto con pan sin levadura. Y el ángel del Señor toca la carne y los panes con la punta de su cayado, y surge fuego de la roca, consumiendo la ofrenda. En ese momento, Gedeón se da cuenta de que ha sido el ángel del Señor quien se le ha aparecido. Y, por un momento de miedo, piensa: "¡Ay, Señor Jehová! ¡Por esta causa he visto al ángel de Jehová cara a cara!". Temía morir porque, en la cosmovisión de aquel tiempo, ver a Dios o a sus mensajeros directamente era una experiencia peligrosa.


Pero el Señor le tranquiliza: "Paz a ti; no temas, no morirás". Y Gedeón, sintiendo un poco más de seguridad, levanta un altar allí mismo y lo llama "Jehová-Shalom", que significa "Jehová es Paz". ¡Qué hermoso nombre para un altar en medio de la inseguridad y el miedo! Es un recordatorio de que, incluso en medio de la tormenta... Dios nos ofrece Su paz.


A pesar de esta primera experiencia, Gedeón sigue necesitando confirmación. El Señor le da una misión, derribar el altar de Baal de su padre y cortar el tronco de Asera que estaba junto a él. ¡Una tarea delicada y peligrosa! Imaginaos a Gedeón, un joven obediente pero temeroso, que tiene que enfrentarse a sus propios vecinos, a su propia familia, a las creencias arraigadas de su comunidad. Lo hace de noche, por miedo a su padre y a los hombres de la ciudad. Cuando se descubre lo que ha hecho, la gente quiere matarlo. Pero su propio padre, Jetú, le dice: "Si él es Dios, que se defienda él mismo" (¡la ironía!). Y le cambia el nombre a Jerobaal, que significa "Que Baal pleitee contra él".


Y llega el momento crucial. Los madianitas y sus aliados juntan sus ejércitos y acampan en el valle de Jezreel. Y el Espíritu del Señor desciende sobre Gedeón, y él, con el toque divino, toca la trompeta para convocar a la gente. Y de todas partes acuden hombres de Manasés, de Aser, de Neftalí y de Zabulón. ¡Parecía que todo iba bien! Pero Gedeón, a pesar de la convocatoria, seguía necesitando una última confirmación.


Le pide a Dios una prueba más, y esta es muy famosa: la de las vellones de lana. Le pide que, si Él va a salvar a Israel por su mano, que mañana por la mañana el rocío moje solo el vellón de lana, pero que la tierra alrededor esté seca. Y así sucede. Gedeón se despierta, ve el vellón empapado y la tierra seca.


Pero, fiel a su naturaleza, su corazón aún duda. Vuelve a pedir otra señal, esta vez, que el vellón esté seco y que el rocío cubra toda la tierra. ¡Y Dios, en su infinita paciencia, se lo concede! Ver la lana seca rodeada de tierra empapada debió ser una imagen surrealista, pero para Gedeón, fue la confirmación definitiva.


Y aquí, mis queridos amigos, es donde podemos ver la gran humildad de Gedeón. Él no se sentía capaz, no se veía como el héroe que Dios le decía que era. Sus dudas no eran por rebeldía, sino por una sensación de insuficiencia y miedo. Y Dios no lo rechaza por eso. Al contrario, usa esas dudas para fortalecer su fe y para demostrarle, una y otra vez, que Él está con él.


Ahora, llega el momento de enfrentarse al ejército madianita, que era vastísimo. Eran como langostas en multitud, con sus camellos incontables. Y Gedeón, a pesar de tener un ejército considerable, empieza a preocuparse. ¿Cómo va a vencer a un enemigo tan numeroso con su gente? Y aquí viene otra de las grandes intervenciones de Dios, una que me deja boquiabierta cada vez que la leo (cada vez, en serio, y es una historia que adoro y releo muchas veces).


Dios le dice a Gedeón: "Mucho es el pueblo que tienes contigo, para que yo entregue a Madián en sus manos; no sea que Israel se exalte contra mí, diciendo: Mi propia mano me ha salvado". ¡Alucinante! Dios, que tiene el poder de darle la victoria a Gedeón con ese ejército, le dice que son demasiados. ¿Por qué? Porque Dios quería que la victoria fuera claramente Suya, no del esfuerzo humano. Él no quería que Israel se atribuyera la victoria a sí mismo, sino que reconociera que era Dios quien los había librado.


Entonces, empieza un proceso de reducción del ejército. Primero, Dios pide a Gedeón que deje ir a aquellos que tienen miedo. Y, efectivamente, 22.000 hombres se van, dejando solo 10.000. Todavía son muchos para lo que Dios tiene en mente.


Luego, Dios le dice a Gedeón que los lleve a beber agua. Y les dice que los separe en dos grupos, los que metan la mano en la boca para beber (los que se agachan y beben con la lengua, vigilando su entorno) y los que se arrodillen y beban con las manos. Y, sorprendentemente, elige a los 300 hombres que bebieron con la mano en la boca. ¿Por qué? Porque estos hombres actuaron con cautela, con astucia, manteniendo la guardia incluso en un momento de descanso. Eran observadores, atentos. Estos eran los hombres que Dios quería para la batalla.


Imaginad el shock de Gedeón. De tener un ejército de decenas de miles, se queda con solo 300 hombres. ¿Cómo podría enfrentar a un ejército tan masivo con solo 300? La duda, yo creo, debió asaltarle de nuevo. Pero ahora llevaba el respaldo de las señales, de la promesa divina, y de la elección de esos 300 guerreros.


La estrategia que Dios le da es brillante y, a la vez, desconcertante. Divide a los 300 hombres en tres compañías. A cada uno le da una trompeta, una vasija vacía y una antorcha dentro de la vasija. Y les dice que cuando él llegue a la orilla del campamento enemigo, hagan lo mismo que él. Y cuando suene la trompeta, todos toquen sus trompetas y rompan las vasijas, gritando: "¡Por la espada de Jehová y de Gedeón!".


La noche cayó. Gedeón y sus 300 hombres se acercaron al campamento madianita. El silencio de la noche, el sonido de la respiración de miles de enemigos… debió ser aterrador. Gedeón, con el corazón latiendo a mil por hora, dio la señal. Y de repente, 300 trompetas sonaron a la vez, 300 vasijas se rompieron con estruendo, y 300 antorchas brillaron en la oscuridad, acompañadas de un griterío ensordecedor.


Los madianitas, sorprendidos en medio de la noche, pensando que habían sido atacados por un ejército enorme, entraron en pánico. Empezaron a atacarse unos a otros con sus propias espadas, en la confusión y el caos. Y el relato bíblico cuenta que Jehová puso a cada uno de los hombres contra su compañero en todo el campamento. Los madianitas huyeron en desbandada, y Gedeón y sus hombres solo tuvieron que perseguirlos.


¡Qué historia tan increíble! Gedeón, el hombre dubitativo, temeroso, que se sentía el más pequeño de su casa, se convirtió en el instrumento de Dios para librar a todo un pueblo. Y no lo hizo con su propia fuerza, ni con un ejército numeroso, sino con la estrategia divina y la obediencia, a pesar de sus miedos.


La historia de Gedeón me enseña varias cosas fundamentales. Dios nos llama por lo que seremos, no por lo que somos en este momento. El "valiente guerrero" que Dios vio en Gedeón era el potencial que Él iba a desarrollar en él. Lo mismo ocurre con nosotros. Dios no nos llama porque seamos perfectos, sino porque Él ve lo que podemos llegar a ser en Él.


Además, nuestras dudas no nos descalifican. Gedeón fue honesto con sus miedos y sus preguntas. Y Dios, lejos de castigarlo, usó esas conversaciones para guiarlo y confirmarle Su voluntad. A veces, tenemos miedo de confesar nuestras dudas a Dios, pero Él prefiere nuestra honestidad a una fe fingida.


También aprendo que la obediencia, incluso con miedo, es clave. Gedeón actuó a pesar de sus temores. Derribó el altar de Baal, escogió a los hombres... siguió la estrategia... La obediencia no significa no tener miedo, sino actuar aun cuando lo tenemos.


Su historia, además, me deja clarísimo que Dios elige los recursos más improbables. 300 hombres para derrotar a miles. Vasijas y trompetas para un ataque devastador. Dios no necesita ejércitos numerosos ni estrategias humanas complicadas. Él elige lo que nos parece débil para mostrar Su poder.


Y, cómo no, veo que las victorias más grandes son las de Dios. La derrota de los madianitas no fue obra de Gedeón, sino de "Jehová-Shalom", el Señor es Paz. Nuestras victorias, por pequeñas que parezcan, son en realidad victorias de Dios obrando a través de nosotros.


Yo, que a menudo me siento como Gedeón, pequeña, llena de dudas, escapando de responsabilidades que me parecen abrumadoras, encuentro en su historia una esperanza tremenda. Me recuerda que Dios no espera que seamos superhéroes antes de llamarnos. Espera que seamos obedientes, honestos y que confiemos en que Él nos dará la fuerza y la sabiduría necesaria.


Si hoy te sientes como Gedeón, pequeño, con miedo, dudando de tus capacidades para enfrentar los desafíos que la vida te presenta, quiero que recuerdes esto: Dios está contigo. Él te ve como un "valiente guerrero", incluso cuando tú no te ves así. Él te va a dar las señales, las confirmaciones y las herramientas necesarias para avanzar.


A veces, Dios nos pide que derribemos altares en nuestra vida, que cortemos con aquello que nos aparta de Él. Otras veces, nos pide que reduzcamos nuestro ejército, que confiemos en Él y no en nuestras propias fuerzas. Y en todas las ocasiones, nos pide que escuchemos Su voz, que sigamos Sus instrucciones, y que le permitamos a Él ser el artífice de nuestras victorias.


Espero que la historia de Gedeón te inspire tanto como a mí. Que te anime a confiar en Dios, a pesar de tus dudas. Que te recuerde que en tu aparente debilidad, reside la oportunidad para que el poder de Dios se manifieste gloriosamente.


Gracias por leerme, y que la paz de Dios esté con todos vosotros. ¡Hasta la próxima!

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