Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

La (terrible) promesa de Jefté

¡Bienvenidos de nuevo a nuestro rincón de Jueces!


Ya sabéis que este pequeño (o gran) ciclo bíblico me tiene enganchadísima. Y si en la entrada anterior estuvimos charlando largo y tendido sobre Gedeón (mi favorito, no me cansaré de repetirlo), hoy nos toca pasar página y adentrarnos en la vida de un juez que nos deja un sabor agridulce. Jefté de Galaad.


Si Gedeón era la historia del miedoso que acaba venciendo, la de Jefté es la del outsider que asciende al poder, pero a un costo incalculable. Preparaos, porque esta historia es de película, con drama familiar, guerra y una tragedia que nos muestra el peligro de las promesas hechas a la ligera.


El niño rechazado


Para entender a Jefté, tenemos que ir a sus raíces. Y estas raíces eran complicadas.


Jefté era hijo de Galaad, pero su madre no era la esposa oficial, sino una prostituta. En la sociedad de aquella época, eso lo convertía automáticamente en un paria. Su padre era un hombre importante, pero cuando llegó la hora de repartir la herencia, sus medio hermanos, los hijos legítimos, le dijeron: "Aquí no tienes cabida. Eres hijo de otra mujer y no queremos compartir contigo."


¿Os imagináis ese dolor? Ser rechazado por tu propia sangre.


Así que Jefté es expulsado y se va a la tierra de Tob. Pero, ojo al dato, no se queda lamentándose. Jefté era un hombre recio, valiente, y con una habilidad innata para el liderazgo. Pronto se le unieron otros marginados, hombres ociosos (gente sin nada que perder, buscando acción o refugio), y Jefté se convirtió en su capitán. Era, básicamente, un líder de bandidos. Aprendió a pelear, a ser estratega y a sobrevivir en los márgenes de la sociedad.


El regreso


Y entonces, pasa lo que suele pasar en el Libro de Jueces, los israelitas vuelven a pecar, y Dios permite que sus enemigos los opriman. En este caso, eran los amonitas, que asediaban Galaad, el hogar de Jefté.


Los líderes de Galaad estaban desesperados. Habían echado a Jefté, pero él era el único guerrero con la experiencia y el respeto de la calle suficiente para hacer frente a la amenaza. Tuvieron que tragarse todo su orgullo.


Fueron a buscarlo y le dijeron: "Ven y sé nuestro jefe. Lidera la batalla."


Jefté, con esa aspereza que le daba su historia, les responde con una pregunta: “¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué, pues, venís ahora a mí cuando estáis en aflicción?” (Jueces 11:7). Señores, menudo pulso de poder.


Jefté no era tonto. Sabía que si los salvaba, probablemente lo volverían a desechar. Así que puso una condición. Si Dios le daba la victoria, no solo sería el líder en la guerra, sino que sería el jefe permanente de todo Galaad. Aceptaron.


Jefté, después de intentar negociar con los amonitas sin éxito (demostrando que era diplomático antes de ser guerrero), se prepara para la batalla.


El voto


Y aquí es donde la historia se vuelve realmente densa y compleja.


Antes de ir a la guerra, en un acto de fervor (o quizás de desesperación y de querer asegurar el favor divino), Jefté hace un voto a Dios (Jueces 11:30-31): “Si entregares a los amonitas en mis manos, cualquiera que saliere a recibirme de las puertas de mi casa cuando regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto.”


¡Madre mía!


Jefté vence. Dios está con él y la victoria es total. El pueblo está a salvo. Él regresa a su casa como el gran héroe, el jefe indiscutible.


Y allí, saliendo a recibirle con panderos y danzas, con alegría desbordante, está la primera persona que ve, su única hija.


El pasaje es estremecedor.


Jefté rasga sus vestidos y le dice: “¡Ay, hija mía! En verdad me has abatido, y tú has venido a ser causa de mi dolor; porque he abierto mi boca a Jehová, y no podré retractarme.”


Ella, con una nobleza y obediencia que nos parte el alma, lo confronta, pero no por rebeldía, sino por aceptación. Le pide un par de meses para lamentar un hecho vital en la cultura de la época, su virginidad, el hecho de no poder ser madre y dar continuidad a su linaje.


Después de ese tiempo, la Biblia dice que Jefté hizo con ella conforme al voto que había hecho.


Esta historia recordatorio brutal (literalmente) de varias cosas...


De que Dios usa a los imperfectos, como ya hemos ido viendo a los largo de la Biblia. Jefté era un paria, un jefe de bandidos, pero Dios lo usó para liberar a Su pueblo. Su origen y su camino duro no impidieron que el Espíritu del Señor viniera sobre él.


También destacaría la lección del peligro de las promesas impulsivas... ¿Necesitaba Dios el voto de Jefté? Obviamente no. La victoria estaba asegurada por la elección divina. Jefté, en su celo, pensó que podía forzar la mano de Dios con una promesa. Este pasaje nos grita que midamos nuestras palabras y seamos cautelosos con lo que prometemos, sea a Dios o a los demás. Una palabra dada, por absurda que sea, puede cambiarlo todo.


Además, creo que Jefté nos enseña que el camino de la fe no siempre es limpio y claro. A veces, las victorias más grandes vienen acompañadas de las tragedias personales más profundas. Es una historia de liberación nacional, sí, pero también de sacrificio personal que nos deja pensando... ¿Valen la pena ciertas promesas?


¿Qué os parece la historia de Jefté? ¿Os da tanta pena como a mí su hija? Dejadme vuestros comentarios.


Dentro de poco, nos adentramos en el último juez de esta serie (y posiblemente el más conocido por su fuerza), Sansón. ¡No os lo perdáis!

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