Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

Lo que aprendí al leer 1 Reyes

Hoy quiero contarte sobre un libro de la Biblia que, si no lo has leído antes, puede parecerte un poco complicado, 1 Reyes. Pero no te preocupes, yo tampoco entendía mucho al principio. Así que vamos a caminar por este libro intentando explicarlo lo mejor posible.


Imagínate que hasta este punto de la Biblia, Israel (el pueblo de Dios) ha vivido como una sola nación unida, con reyes que la lideran. Primero fue Saúl, luego David (¡el que se enfrentó a Goliat!), y ahora, en 1 Reyes, llegamos al reinado de Salomón, el hijo de David.


El sabio Salomón (y su templo)


El libro empieza con Salomón convirtiéndose en rey. Y Dios, ¡qué bueno es!, se le aparece en un sueño y le dice: “Pídeme lo que quieras”. Muchos pedirían riquezas, poder… ¡pero Salomón pide sabiduría para gobernar bien. ¡Me encanta esa respuesta! Dios se alegra tanto que, además de darle sabiduría, le concede también riquezas y honra.


Con esa sabiduría, Salomón toma decisiones sabias (como en aquel famoso caso de las dos mujeres que decían ser madres del mismo bebé). Pero su obra más grande es construir el Templo de Dios en Jerusalén. No el tabernáculo que viajaba por el desierto, sino un templo permanente, magnífico, hecho con madera, oro y piedras preciosas. Y cuando lo termina, Dios muestra su presencia, una nube llena el lugar, señal de que Él acepta ese templo como su casa.


Pero… 


A pesar de toda esa sabiduría, con el tiempo, Salomón se aleja de Dios. Cae en la trampa de acumular muchas esposas (¡más de 700 mujeres y 300 concubinas!) y muchas de ellas adoran a otros dioses. Él mismo termina construyendo altares para esos dioses falsos. ¡Qué tristeza! Dios le había advertido sobre eso, pero Salomón no escuchó.


Entonces Dios dice: “Como no has sido fiel a mí, el reino se dividirá después de tu muerte”.


La división del reino


Y así sucede. Cuando Salomón muere, su hijo Roboam asume el trono. Pero comete un error gigantesco. Los israelitas le piden que aligere los impuestos y el trabajo forzado que su padre había impuesto, y Roboam, en lugar de escucharlos, les dice: “¡Mi meñique será más pesado que la cintura de mi padre!”.


¡Boom! El pueblo se rebela y el reino se divide en dos:


-El reino del norte: Israel, con 10 tribus, y capital en Samaria.


-El reino del sur: Judá, con las tribus de Judá y Benjamín, y capital en Jerusalén.


Y a partir de aquí, la historia se complica. Muuuuuuuucho.


Elías, el profeta 


Es aquí cuando aparece otro de mis personajes favoritos de la Biblia, el profeta Elías. Imagínate a un hombre con pelo largo, vestido con un manto de pelo y un cinturón de cuero, hablando fuerte y claro en nombre de Dios.


Elías llega en un momento en que el reino del norte, bajo el rey Acab y su esposa Jezabel, está lleno de idolatría. Adoran a Baal, un falso dios, y han olvidado completamente a Yahvé, el Dios verdadero.


Entonces Elías llega y dice: “¡Mientras no adoremos a Dios, no habrá lluvia en esta tierra!”. Y así es, durante tres años, no cae una gota de lluvia. Madre mía. Yo que soy de un sitio lluvioso, no me puedo imaginar eso. Tres años sin llover. La sequía es terrible.


Pero el momento más intenso es cuando Elías desafía a los 450 profetas de Baal a un “duelo espiritual” en el monte Carmelo. El que haga llover con fuego del cielo, ¡ese es el Dios verdadero! Los de Baal gritan, bailan, se cortan… pero nada. Luego Elías reza simplemente: “Señor, escúchame… para que este pueblo sepa que tú eres Dios”. En ese momento… ¡fuego del cielo cae y consume el sacrificio, el agua, todo! El pueblo grita: “¡El Señor es Dios!”.


¡Qué momento!


Después de todo eso, Elías se siente solo, cansado, como si hubiera fracasado. Huye al desierto y se refugia en una cueva. Allí, Dios le habla… pero no con truenos ni fuego (aunque eso impresiona). Dios se manifiesta en “una voz apacible y delicada” (como un susurrito suave). Me encanta eso. A veces pensamos que Dios solo habla con señales grandes, pero muchas veces Él viene en lo pequeño, en lo íntimo, en el silencio del corazón.


Y luego… Eliseo


Al final del libro, Elías es arrebatado al cielo en un carro de fuego (¡sí, así como suena!). Y su discípulo, Eliseo, recibe su manto (su espíritu) y continúa su obra. Hace milagros, purifica aguas, multiplica aceite, resucita a un niño… y hasta cura a Naamán, un general sirio, de la lepra.


¿Y todo esto para qué?


Cuando leo 1 Reyes, veo un patrón claro. Cuando el pueblo y los reyes confían en Dios, hay bendición. Cuando se alejan de Él por ambición, poder o comodidad, vienen las consecuencias.


Es un libro de contrastes. El esplendor del templo y la locura de la idolatría. La sabiduría de Salomón y su caída. El fuego del cielo y la voz suave en la cueva. Me recuerda que Dios es fiel, aunque nosotros no lo seamos.


También me enseña que Dios no necesita multitudes para actuar. A veces, como con Elías, es un profeta solo. Dios usa a quienes confían en Él, sin importar su tamaño, su historia o su posición.


Para reflexionar... ¿A qué “Baales” adoramos hoy? ¿Dinero? ¿Reconocimiento? ¿Comodidad? ¿Control? ¿Estamos escuchando la voz suave de Dios, o solo esperamos los “fuegos del cielo”?


Y sobre todo... ¿estamos construyendo algo que dure? Como el templo, que era la casa de Dios… pero también como nuestras vidas. ¿Dónde estamos poniendo nuestro corazón?


Espero que esta lectura de 1 Reyes te haya llegado al alma como me llegó a mí. Es un libro que nos muestra que, a pesar de los errores, las divisiones y los fracasos… Dios sigue teniendo un plan. Sigue levantando profetas. Sigue hablando. Sigue salvando.


Si nunca lo habías leído, ábrelo con calma. Toma notas. Habla con Dios mientras lo lees. Y déjate sorprender por cómo Él se revela, a veces en lo inesperado.

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