David vs. Goliat
Quiero contarte una de esas historias de la Biblia que parecen de película, pero que en realidad está ahí para enseñarnos algo muy profundo. Seguro que alguna vez has oído la frase “esto es como David contra Goliat”, aunque no sepas muy bien de dónde viene. Pues hoy vamos a viajar, con imaginación, a un campo polvoriento de hace más de 3.000 años para ver qué pasó.
El pueblo de Israel estaba en guerra contra los filisteos. Los ejércitos se miraban desde colinas opuestas, separados por un valle. Y cada día, un gigantón de más de dos metros y medio (Goliat) salía a retarlos. Armadura brillante, vozarrón y mucho ego. Su propuesta era clara, “Mandad a vuestro mejor hombre a luchar contra mí. Si él gana, ganáis todos. Si yo gano, nos servís para siempre”.
El problema era que nadie quería enfrentarse con semejante torre humana. Y no les culpo… yo probablemente me habría escondido detrás de cualquier roca.
David no era soldado. Era un chaval pastor, el menor de varios hermanos, y ese día ni siquiera estaba en el campo de batalla para luchar. Había ido a llevar pan y provisiones a sus hermanos. Pero cuando escuchó los gritos provocadores de Goliat, algo se encendió dentro de él. No soportaba escuchar cómo este hombre se burlaba del Dios de Israel.
Imaginemos... un adolescente, sin armadura, diciéndole al rey que él, y no ninguno de los soldados experimentados, iba a enfrentarse al gigante. El rey Saúl intentó ponerle su armadura, pero aquello le quedaba grande y torpe. Así que David decidió ir tal cual, con su cayado, su bolsa de pastor y cinco piedras lisas que recogió del arroyo. Su arma, una honda.
Goliat se rio en su cara… hasta que David comenzó a girar la honda, soltó una piedra y, de un solo golpe, el gigante cayó al suelo. Silencio total. El ejército filisteo salió corriendo.
Pero… ¿qué nos está diciendo esta historia? Podríamos quedarnos con lo manido, “un pequeño vence a un grande”. Pero esta historia es mucho más que motivación barata. David no confió en sus propias fuerzas, sino en que Dios estaba con él. La clave está en que, frente a problemas que parecen imposibles, no se trata de que tú seas “grande”, sino de quién está a tu lado.
Hoy por hoy, quizá, tu “Goliat” no sea un guerrero de tres metros, sino una deuda, una enfermedad, un miedo o una relación rota. Tal vez lo mires y pienses, “Yo no puedo con esto”. Y sí, quizá no puedas… pero con la ayuda de Dios, incluso lo que parece invencible puede caer.
No subestimes las herramientas que ya tienes ni te compares con lo que “deberías” ser. Dios puede usar tus pequeñas piedras para hacer algo grande. Tu papel es dar el paso con fe, aunque tiemblen las piernas.
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