Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

Así era el rey David

¡Qué ilusión me hace esta entrada! Por fin me toca hablar de uno de mis personajes favoritos de toda la Biblia, el rey David. Me emociona porque su historia es tan humana, tan llena de luces y sombras, que a veces siento que podría estar leyendo la vida de cualquiera de nosotros… 


David vivió hace unos tres mil años, y cuando le conocemos por primera vez en la Biblia, es un adolescente que cuida ovejas en Belén. Es el menor de ocho hermanos, y en su casa no parece que le den mucha importancia. Mientras sus hermanos mayores están en la batalla o haciendo cosas "importantes", él pasa los días en el campo, tocando la lira y espantando leones y osos para proteger a sus ovejas. Así era su vida, sencilla y sin grandes honores… hasta que Dios decidió que sería el futuro rey de Israel.


Y aquí viene algo que me encanta. Dios no lo eligió por su apariencia o por su currículum. Cuando el profeta Samuel fue a su casa para ungir al nuevo rey, todos los hermanos de David parecían mejores candidatos. Pero Dios le dijo a Samuel algo que me remueve por dentro: que Él mira el corazón, no las apariencias. Y el corazón de David le había conquistado.


El momento que catapultó a David a la fama fue aquel enfrentamiento tan famoso con Goliat. Un joven sin armadura ni experiencia militar, frente a un gigante guerrero. David no salió confiado en sus propias fuerzas, sino en el nombre del Señor. Y ganó. ¿Porque era un superhéroe? No, sino porque confiaba. Aquí ya empezamos a ver una parte clave de su personalidad. Valor sí, pero sobre todo una fe enorme.


Después de esa victoria, comenzó una etapa complicada. El rey de entonces, Saúl, primero lo quiso a su lado… y luego sintió celos y lo persiguió. David pasó años huyendo, viviendo en cuevas, sin atacar a Saúl aunque tuvo varias oportunidades de hacerlo. Esa paciencia y respeto por la voluntad de Dios me impresionan. Él creía que, si Dios le había prometido el trono, llegaría en su momento, sin que él tuviera que forzar las cosas.


Cuando finalmente se convirtió en rey, David fue un líder valiente y también un hombre sensible. Era guerrero y poeta. Escribió muchos de los salmos, donde abre su corazón con total sinceridad. A veces alaba a Dios con alegría desbordante, y otras se lamenta con lágrimas, pidiendo ayuda en medio del miedo o la culpa. Esa vulnerabilidad me conmueve muchísimo... no intentaba aparentar perfección delante de Dios.


Porque, y aquí viene lo importante, David no fue perfecto. Tuvo errores muy graves. El más famoso, su relación con Betsabé, la esposa de otro hombre, y cómo trató de encubrirlo provocando la muerte de su esposo. Fue un pecado terrible y con consecuencias dolorosas. Pero lo que marcó la diferencia fue su reacción cuando el profeta Natán lo confrontó. En lugar de justificarse o esconderse, David reconoció su culpa y se arrepintió profundamente. Su corazón seguía siendo sensible a Dios.


Creo que ahí está una de las lecciones más grandes de su vida... que no se trata de no fallar nunca (porque todos fallamos), sino de volver siempre al Padre, de dejar que Él nos limpie y nos restaure. David siguió siendo llamado “un hombre conforme al corazón de Dios” no porque tuviera una hoja de vida impecable, sino porque buscaba a Dios de verdad, incluso en su fragilidad.


En su vejez, David soñaba con construir un templo para Dios, pero Él le dijo que sería su hijo Salomón quien lo haría. Y David, lejos de enfadarse, puso todo de su parte para preparar los materiales y animar a su hijo. Otra vez vemos algo de su corazón, no le importaba tanto ser él quien brillara, sino que la obra de Dios se cumpliera.


Cuando leo la vida de David, me quedo con varias imágenes. Un adolescente cantando bajo las estrellas, un joven enfrentando gigantes con fe, un fugitivo que no pierde la esperanza, un rey que baila sin vergüenza delante del Señor, un hombre roto que llora por su pecado… y un anciano que sigue confiando.


Si algo nos enseña su historia, es que Dios busca corazones que le amen de verdad, no vidas pulcramente perfectas. Que podemos ser valientes y vulnerables a la vez. Y que no importa en qué punto estemos, siempre podemos volver a Él.


Quizá hoy tú, como David, estés cuidando “ovejas” en un rincón olvidado, o peleando contra algún “gigante” en tu vida, o tal vez lidiando con una culpa que pesa. Sea cual sea tu situación, recuerda: Dios te mira el corazón. Y si lo pones en sus manos, Él puede escribir contigo una historia preciosa, como la de David.

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