Conociendo al rey Saúl
Hoy ha sido un día de esos. Tareas, recados, tráfico… pero ya estoy en casa, cobijadita, con una taza de té caliente y este rato tranquilo para contarte algo que lleva unos días dándome vueltas en el corazón. La historia de Saúl, el primer rey de Israel.
No sé a ti, pero a mí me pasa que cuando leo su vida en 1 Samuel, siento una mezcla de lástima y frustración. Porque Saúl es un espejo donde todos podemos vernos reflejados en algún momento. Así que vamos allá, ¿te parece?
La vida de Saúl
Israel pide un rey (porque querían ser como las otras naciones, claro), y Dios le dice al profeta Samuel que ungirá a Saúl, un joven alto y guapo, pero con una timidez sorprendente (1 Samuel 9:2 dice que cuando lo eligieron, ¡se escondió entre el equipaje!).
¿Qué nos enseña aquí? Que, una vez más, Dios elige lo humilde (aunque luego todo dependa de cómo respondamos). Y que lo que empieza bien… no siempre termina bien (¡y esto duele!).
Al principio, Saúl actuó con humildad y valentía. Pero poco a poco, algo se torció. Tres momentos clave lo definen:
-La impaciencia (1 Samuel 13): En plena batalla, esperaba a Samuel para el sacrificio, pero se desesperó y lo hizo él mismo. Error.
-La desobediencia (1 Samuel 15): Dios le ordenó destruir a los amalecitas por completo, pero él perdonó al rey y guardó botín. Cuando Samuel lo confrontó, se justificó: "El pueblo lo tomó…" (¡Nunca es buen signo echarle la culpa a otros!).
-La obsesión con David: Cuando apareció el joven que lo superaba en todo, su corazón se llenó de envidia y paranoia (hasta intentó matarlo varias veces).
¿Por qué pasó esto? Porque Saúl prefirió agradar a la gente antes que a Dios. Y, además, perdió de vista quién era el verdadero Rey.
Lo más desgarrador es que Saúl sabía que estaba mal. En 1 Samuel 28, consulta a una médium (algo que él mismo había prohibido) porque Dios ya no le hablaba. Imagina la soledad de un corazón que se alejó tanto de su Padre…
Murió en batalla, derrotado y olvidado. Y aunque David (su "enemigo") lloró por él con ternura, su legado fue una advertencia eterna: "La obediencia es mejor que los sacrificios" (1 Samuel 15:22).
¿Y nosotros?
Me pregunto… ¿cuántas veces hacemos cosas para Dios pero sin escuchar a Dios? ¿Cuántas veces justificamos nuestros errores como Saúl? Su historia no es para juzgarlo, sino para temblar un poco y preguntarnos: ¿Estoy siguiendo mi camino… o el de Él? ¿Busco aprobación divina o humana?
Hoy, en este día ajetreado, me quedo con una certeza: Dios no quiere nuestros logros, nos quiere a nosotros. Y Saúl, con todo su dolor, nos lo recuerda.
¿Tú qué piensas? ¿Has visto algo de Saúl en tu propio caminar? Te leo.
(PD: Si te conmueve de algún modo la historia del rey Saúl, guarda este versículo: "El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón" – 1 Samuel 16:7).

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