Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

El desempleo: Cuando falta el pan

La entrada pasada compartí una reflexión bastante breve, pero uno de los puntos que mencioné (ese sobre el desempleo y la angustia que conlleva) no ha dejado de dar vueltas en mi cabeza. Por eso, quiero que le dediquemos un poco más de tiempo, porque es una herida profunda que afecta a tantas personas a nuestro alrededor, quizás a ti mismo o a alguien muy cercano.


Y quiero empezar diciéndote, de corazón: lo sé. Sé que duele. Duele más allá de la cartera vacía. Duele en el alma, en la identidad... en la paz del hogar. Es esa llamada que no llega, el correo electrónico que nunca se contesta, la sensación de inutilidad que se cuela sigilosa después del tercer “lo siento, no han escogido su perfil”. Es el nudo en el estómago al final del mes, el susurro del miedo preguntando “¿y ahora qué?”. Si estás ahí, en ese pozo, hoy quiero sentarme a tu lado en el silencio y acompañarte.


Desde nuestra fe, a veces, podemos sentir la tentación de dar respuestas rápidas. “Dios proveerá”, “ten fe”, “es una prueba”. Y aunque son frases llenas de verdad, cuando el dolor es tan crudo y tangible, pueden sonar a lugar común, a un consuelo lejano que no alcanza a calentar el frío de la incertidumbre.


Hoy no quiero ofrecerte soluciones fáciles... Más bien, quiero recordarte, y recordarme a mí misma, lo que Jesús haría. Y Jesús, sin duda, se sentaría a tu lado. No minimizaría tu dolor. Lloraría contigo. Entendería la humillación de sentir que no es suficiente, la rabia por la injusticia de un sistema que a menudo falla, el temor por el futuro de los tuyos. Él, que nació en la pobreza más absoluta y cuyo padre putativo, José, seguro que también sudó tinta para mantener a su familia, lo entiende perfectamente.


En estos momentos, es cuando más tenemos que aferrarnos a esta verdad: tu valor no lo define tu nómina, ni tu puesto de trabajo, ni tampoco tu profesión. Tu valor es infinito porque eres un hijo amado de Dios. Punto. Nada de lo que pase en la bolsa de trabajo puede cambiar eso. La ansiedad te gritará lo contrario, pero tu fe debe susurrarte más fuerte: “Eres mío, y estoy contigo”.


¿Y qué hacemos entonces con el miedo, con la necesidad tangible de “el pan de cada día”? Rezamos. Pero no con una oración que espera que caiga un trabajo del cielo como por arte de milagro. Rezamos con el corazón desgarrado, como Jesús en el Huerto de los Olivos: “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Es la oración de la entrega total, la que une nuestro grito de auxilio a la confianza más profunda.


Y actúamos. Con la humildad de José, que no dudó en coger sus herramientas y buscar una solución para proteger a los suyos. Buscamos apoyo en la comunidad, en la parroquia, en las redes de caridad. Dejamos que otros nos ayuden a llevar este peso, porque la caridad es el alma de la Iglesia. Y, por supuesto, movemos cielo y tierra con nuestro esfuerzo, formándonos, llamando, enviando currículums, pero sin que nuestra autoestima dependa de la respuesta.


A vosotros que estáis en esta lucha, os llevo en mi corazón y en mis oraciones. Y a los que no, os pido... mirad a vuestro alrededor. ¿Hay alguien en vuestra comunidad que esté pasando por esto? Una pequeña ayuda, una palabra de aliento, una conexión profesional, una cesta de comida… pueden ser la mano tangible de Dios para alguien que se está ahogando.


No estás solo. En el silencio de tu preocupación, Él está. No te abandona. Caminemos juntos, confiando que, incluso en el desierto más árido, Él puede hacer brotar oportunidades para la esperanza.



Cita para cristianos católicos: Tu valor es infinito porque eres un hijo amado de Dios


Comentarios