La contracultura del Reino de Dios
¿Alguna vez has sentido que el mundo te pide ser fuerte, pero tu alma está cansada? ¿Que para "triunfar" necesitas ser más ruidoso, más visible y más exitoso según los estándares que nos vende la sociedad?
Pues yo creo que, en medio de todo ese ruido, olvidamos una verdad importante: que la verdadera fuerza no siempre se ve, y que la victoria más grande no siempre es la que gritan los titulares.
Hoy quiero reflexionar sobre algo que me ha ayudado mucho en mi propia vida, una verdad que he encontrado una y otra vez al abrir la Biblia: hay una predilección especial en el corazón de Dios por los humildes.
La contracultura del Reino de Dios
Vivimos en una cultura que celebra la autosuficiencia. Nos dicen: "Levántate por tu cuenta", "Muestra de qué estás hecho", o "No dejes que nada te detenga". Y, aunque la perseverancia es una virtud, hay un punto en el que el esfuerzo propio se convierte en una carga insoportable.
Es precisamente en ese punto donde descubrimos la hermosa paradoja del Evangelio.
Cuando leemos las Escrituras, vemos que Jesús no buscó a los poderosos ni a los que tenían todas las respuestas. Buscó a los pescadores, a los enfermos, a los que sabían que no tenían todo bajo control... Su mensaje era para los que reconocían su necesidad.
La escritura que inspira este post lo dice de la manera más hermosa: "Tú miras a los humildes con predilección, los fortaleces, los levantas y les otorgas la victoria que nace de confiar en Ti."
Esta es una promesa mucho más profunda que la de una vida sin problemas. En realidad, es la garantía de que, cuando reconozco que no puedo por mi misma cuenta, abro una puerta para que Dios opere de una manera que yo nunca podría.
Humildad
Ser humilde no es ser débil. No es hablar con la voz baja o tener una autoestima baja. La humildad, según la perspectiva bíblica, es simplemente realismo espiritual. Es entender quién soy yo y quién es Dios.
Es reconocer que mi fuerza, mi sabiduría y mi capacidad son finitas, pero que estoy conectada a una fuente infinita. Es despertar por la mañana y, en lugar de mirar mi (interminaaaaaable) lista de tareas y pensar "tengo que hacerlo todo", rezar y decir: "Señor, hoy necesito tu fuerza. Confío en Ti".
Cuando vivimos desde esta postura, algo cambia... Porque dejamos de llevar el peso del mundo. Así, el control no es nuestra responsabilidad. La victoria ya fue asegurada por la obra de Jesús y nuestra tarea es caminar en esa confianza.
También nos volvemos receptivos, porque al dejar de esforzarnos por impresionar, nos abrimos a la guía, al consuelo y a la provisión que Dios nos da a diario.
Entonces, nuestra perspectiva cambia. Sí, los desafíos no desaparecen, pero dejamos de verlos como una prueba de nuestra capacidad y empezamos a verlos como una oportunidad para que la capacidad de Dios se manifieste en nuestras debilidades.
La victoria nace de confiar
La promesa final en esa bella oración es "les otorgas la victoria". Pero no es la victoria del que domina, sino la del que confía. Es la victoria de saber que, aunque el mar se agite, hay un piloto seguro al mando. Sí. Eso es. Es la victoria de encontrar paz en medio de la tormenta y tener esperanza cuando todo parece perdido, de ver la provisión en el momento justo.
Me reafirmo, la victoria no es siempre que las circunstancias se dobleguen a mi voluntad. Es, en realidad, que mi alma encuentre descanso sabiendo que Dios tiene el control.
Mi oración por ti
Si estás leyendo esto y te sientes abrumado, si sientes que el peso de tus propias expectativas te está aplastando, te invito a hacer una pausa... Deja de intentar ser tu propia fuente de fuerza.
Reconócelo. Eso no es fracaso, ¡no!, es el primer paso hacia la verdadera fortaleza. Mira a tu alma cansada y dile la verdad: no tienes que ser fuerte por tu cuenta.
Confía en que Dios te mira con predilección. Él ve tu humildad, no como una debilidad, sino como un espacio vacío que quiere llenar con Su poder. Y... permítele que te levante.
Permítele que te dé la victoria que solo nace de confiar en Él.










