Código Génesis

Un refugio para el corazón sediento que busca crecer en la presencia de Dios.

Cuando un rey pidió partir un bebé por la mitad

Al leer por primera vez la historia del rey Salomón y las dos madres (1 Reyes 3:16–28), confieso que me quedé en silencio. Es un relato fuerte, incluso incómodo, porque toca uno de los vínculos más profundos que existen, el amor de una madre por su hijo. 


Pero también es una historia que revela algo precioso sobre la sabiduría de Dios y la manera en que Él mira nuestros corazones.


Para resumirlo con mis propias palabras, dos mujeres se presentan ante el rey Salomón, ambas afirmando que un mismo bebé es suyo. No hay testigos, no hay pruebas... ni fotos, ni mucho menos pruebas de ADN... Solo palabras. 


¿Cómo puede alguien saber la verdad en una situación así? Salomón, guiado por la sabiduría que Dios le había dado, propone algo impensable, dividir al niño en dos. 


Y allí queda al descubierto lo que ni gritos ni argumentos podían revelar. Una de las mujeres prefiere perder al niño antes que verlo morir. Y Salomón, con esa sola reacción, reconoce quién es la verdadera madre.


Cada vez que releo esta historia, me pregunto... ¿qué estaba revelando Dios en ese momento? ¿Qué puede enseñarme hoy a mí, tantos siglos después?


Aquí te comparto lo que he aprendido:


-Dios ve lo que nosotros no podemos ver


En nuestros conflictos, muchas veces solo vemos las apariencias. Escuchamos argumentos, versiones, historias… pero Dios ve el corazón. Él no se queda en lo superficial. Nada de lo que sentimos, callamos o escondemos pasa desapercibido para Él.


-El verdadero amor se reconoce por su sacrificio


Esa mujer mostró el amor más profundo al estar dispuesta a renunciar a lo que más quería con tal de proteger la vida de su hijo. Y allí entiendo algo que me confronta, el verdadero amor siempre se nota cuando estamos dispuestos a ceder, a soltar, a renunciar a tener la razón, para hacer lo correcto.


-La sabiduría de Dios sorprende


Salomón no actuó con lógica humana. Nadie esperaría una solución así. Pero la sabiduría de Dios no siempre sigue nuestros esquemas, muchas veces nos descoloca. Y aun así, funciona. Me recuerda que, cuando pido sabiduría, debo estar preparada para que la respuesta sea diferente a lo que imaginaba.


-La verdad siempre termina saliendo a la luz


Por más confusa que parezca una situación, Dios tiene maneras de revelar la verdad. Y esto me da descanso. No tengo que luchar desesperadamente por demostrar quién soy o lo que siento. Dios se encarga.


Pues, bueno, esta historia me anima a pedir la sabiduría que Salomón pidió. Una sabiduría que no es solo inteligencia, sino sensibilidad para ver el corazón de las personas, para distinguir el amor verdadero y para actuar con justicia aunque nadie más entienda.


Y me recuerda que Dios también puede traer claridad a mis propios casos difíciles, esos momentos en los que no sé qué hacer, qué decidir o cómo actuar. Él sigue siendo el mismo Dios que guía, ilumina y revela.


Ojalá esta reflexión te haya acompañado hoy como me acompañó a mí al escribirla.


Un abrazo, y que Dios te dé sabiduría en todo lo que vivas.

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Lo que aprendí al leer 1 Reyes

Hoy quiero contarte sobre un libro de la Biblia que, si no lo has leído antes, puede parecerte un poco complicado, 1 Reyes. Pero no te preocupes, yo tampoco entendía mucho al principio. Así que vamos a caminar por este libro intentando explicarlo lo mejor posible.


Imagínate que hasta este punto de la Biblia, Israel (el pueblo de Dios) ha vivido como una sola nación unida, con reyes que la lideran. Primero fue Saúl, luego David (¡el que se enfrentó a Goliat!), y ahora, en 1 Reyes, llegamos al reinado de Salomón, el hijo de David.


El sabio Salomón (y su templo)


El libro empieza con Salomón convirtiéndose en rey. Y Dios, ¡qué bueno es!, se le aparece en un sueño y le dice: “Pídeme lo que quieras”. Muchos pedirían riquezas, poder… ¡pero Salomón pide sabiduría para gobernar bien. ¡Me encanta esa respuesta! Dios se alegra tanto que, además de darle sabiduría, le concede también riquezas y honra.


Con esa sabiduría, Salomón toma decisiones sabias (como en aquel famoso caso de las dos mujeres que decían ser madres del mismo bebé). Pero su obra más grande es construir el Templo de Dios en Jerusalén. No el tabernáculo que viajaba por el desierto, sino un templo permanente, magnífico, hecho con madera, oro y piedras preciosas. Y cuando lo termina, Dios muestra su presencia, una nube llena el lugar, señal de que Él acepta ese templo como su casa.


Pero… 


A pesar de toda esa sabiduría, con el tiempo, Salomón se aleja de Dios. Cae en la trampa de acumular muchas esposas (¡más de 700 mujeres y 300 concubinas!) y muchas de ellas adoran a otros dioses. Él mismo termina construyendo altares para esos dioses falsos. ¡Qué tristeza! Dios le había advertido sobre eso, pero Salomón no escuchó.


Entonces Dios dice: “Como no has sido fiel a mí, el reino se dividirá después de tu muerte”.


La división del reino


Y así sucede. Cuando Salomón muere, su hijo Roboam asume el trono. Pero comete un error gigantesco. Los israelitas le piden que aligere los impuestos y el trabajo forzado que su padre había impuesto, y Roboam, en lugar de escucharlos, les dice: “¡Mi meñique será más pesado que la cintura de mi padre!”.


¡Boom! El pueblo se rebela y el reino se divide en dos:


-El reino del norte: Israel, con 10 tribus, y capital en Samaria.


-El reino del sur: Judá, con las tribus de Judá y Benjamín, y capital en Jerusalén.


Y a partir de aquí, la historia se complica. Muuuuuuuucho.


Elías, el profeta 


Es aquí cuando aparece otro de mis personajes favoritos de la Biblia, el profeta Elías. Imagínate a un hombre con pelo largo, vestido con un manto de pelo y un cinturón de cuero, hablando fuerte y claro en nombre de Dios.


Elías llega en un momento en que el reino del norte, bajo el rey Acab y su esposa Jezabel, está lleno de idolatría. Adoran a Baal, un falso dios, y han olvidado completamente a Yahvé, el Dios verdadero.


Entonces Elías llega y dice: “¡Mientras no adoremos a Dios, no habrá lluvia en esta tierra!”. Y así es, durante tres años, no cae una gota de lluvia. Madre mía. Yo que soy de un sitio lluvioso, no me puedo imaginar eso. Tres años sin llover. La sequía es terrible.


Pero el momento más intenso es cuando Elías desafía a los 450 profetas de Baal a un “duelo espiritual” en el monte Carmelo. El que haga llover con fuego del cielo, ¡ese es el Dios verdadero! Los de Baal gritan, bailan, se cortan… pero nada. Luego Elías reza simplemente: “Señor, escúchame… para que este pueblo sepa que tú eres Dios”. En ese momento… ¡fuego del cielo cae y consume el sacrificio, el agua, todo! El pueblo grita: “¡El Señor es Dios!”.


¡Qué momento!


Después de todo eso, Elías se siente solo, cansado, como si hubiera fracasado. Huye al desierto y se refugia en una cueva. Allí, Dios le habla… pero no con truenos ni fuego (aunque eso impresiona). Dios se manifiesta en “una voz apacible y delicada” (como un susurrito suave). Me encanta eso. A veces pensamos que Dios solo habla con señales grandes, pero muchas veces Él viene en lo pequeño, en lo íntimo, en el silencio del corazón.


Y luego… Eliseo


Al final del libro, Elías es arrebatado al cielo en un carro de fuego (¡sí, así como suena!). Y su discípulo, Eliseo, recibe su manto (su espíritu) y continúa su obra. Hace milagros, purifica aguas, multiplica aceite, resucita a un niño… y hasta cura a Naamán, un general sirio, de la lepra.


¿Y todo esto para qué?


Cuando leo 1 Reyes, veo un patrón claro. Cuando el pueblo y los reyes confían en Dios, hay bendición. Cuando se alejan de Él por ambición, poder o comodidad, vienen las consecuencias.


Es un libro de contrastes. El esplendor del templo y la locura de la idolatría. La sabiduría de Salomón y su caída. El fuego del cielo y la voz suave en la cueva. Me recuerda que Dios es fiel, aunque nosotros no lo seamos.


También me enseña que Dios no necesita multitudes para actuar. A veces, como con Elías, es un profeta solo. Dios usa a quienes confían en Él, sin importar su tamaño, su historia o su posición.


Para reflexionar... ¿A qué “Baales” adoramos hoy? ¿Dinero? ¿Reconocimiento? ¿Comodidad? ¿Control? ¿Estamos escuchando la voz suave de Dios, o solo esperamos los “fuegos del cielo”?


Y sobre todo... ¿estamos construyendo algo que dure? Como el templo, que era la casa de Dios… pero también como nuestras vidas. ¿Dónde estamos poniendo nuestro corazón?


Espero que esta lectura de 1 Reyes te haya llegado al alma como me llegó a mí. Es un libro que nos muestra que, a pesar de los errores, las divisiones y los fracasos… Dios sigue teniendo un plan. Sigue levantando profetas. Sigue hablando. Sigue salvando.


Si nunca lo habías leído, ábrelo con calma. Toma notas. Habla con Dios mientras lo lees. Y déjate sorprender por cómo Él se revela, a veces en lo inesperado.

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David vs. Goliat

Quiero contarte una de esas historias de la Biblia que parecen de película, pero que en realidad está ahí para enseñarnos algo muy profundo. Seguro que alguna vez has oído la frase “esto es como David contra Goliat”, aunque no sepas muy bien de dónde viene. Pues hoy vamos a viajar, con imaginación, a un campo polvoriento de hace más de 3.000 años para ver qué pasó.


El pueblo de Israel estaba en guerra contra los filisteos. Los ejércitos se miraban desde colinas opuestas, separados por un valle. Y cada día, un gigantón de más de dos metros y medio (Goliat) salía a retarlos. Armadura brillante, vozarrón y mucho ego. Su propuesta era clara, “Mandad a vuestro mejor hombre a luchar contra mí. Si él gana, ganáis todos. Si yo gano, nos servís para siempre”.


El problema era que nadie quería enfrentarse con semejante torre humana. Y no les culpo… yo probablemente me habría escondido detrás de cualquier roca.


David no era soldado. Era un chaval pastor, el menor de varios hermanos, y ese día ni siquiera estaba en el campo de batalla para luchar. Había ido a llevar pan y provisiones a sus hermanos. Pero cuando escuchó los gritos provocadores de Goliat, algo se encendió dentro de él. No soportaba escuchar cómo este hombre se burlaba del Dios de Israel.


Imaginemos... un adolescente, sin armadura, diciéndole al rey que él, y no ninguno de los soldados experimentados, iba a enfrentarse al gigante. El rey Saúl intentó ponerle su armadura, pero aquello le quedaba grande y torpe. Así que David decidió ir tal cual, con su cayado, su bolsa de pastor y cinco piedras lisas que recogió del arroyo. Su arma, una honda.


Goliat se rio en su cara… hasta que David comenzó a girar la honda, soltó una piedra y, de un solo golpe, el gigante cayó al suelo. Silencio total. El ejército filisteo salió corriendo.


Pero… ¿qué nos está diciendo esta historia? Podríamos quedarnos con lo manido, “un pequeño vence a un grande”. Pero esta historia es mucho más que motivación barata. David no confió en sus propias fuerzas, sino en que Dios estaba con él. La clave está en que, frente a problemas que parecen imposibles, no se trata de que tú seas “grande”, sino de quién está a tu lado.


Hoy por hoy, quizá, tu “Goliat” no sea un guerrero de tres metros, sino una deuda, una enfermedad, un miedo o una relación rota. Tal vez lo mires y pienses, “Yo no puedo con esto”. Y sí, quizá no puedas… pero con la ayuda de Dios, incluso lo que parece invencible puede caer.


No subestimes las herramientas que ya tienes ni te compares con lo que “deberías” ser. Dios puede usar tus pequeñas piedras para hacer algo grande. Tu papel es dar el paso con fe, aunque tiemblen las piernas.

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Así era el rey David

¡Qué ilusión me hace esta entrada! Por fin me toca hablar de uno de mis personajes favoritos de toda la Biblia, el rey David. Me emociona porque su historia es tan humana, tan llena de luces y sombras, que a veces siento que podría estar leyendo la vida de cualquiera de nosotros… 


David vivió hace unos tres mil años, y cuando le conocemos por primera vez en la Biblia, es un adolescente que cuida ovejas en Belén. Es el menor de ocho hermanos, y en su casa no parece que le den mucha importancia. Mientras sus hermanos mayores están en la batalla o haciendo cosas "importantes", él pasa los días en el campo, tocando la lira y espantando leones y osos para proteger a sus ovejas. Así era su vida, sencilla y sin grandes honores… hasta que Dios decidió que sería el futuro rey de Israel.


Y aquí viene algo que me encanta. Dios no lo eligió por su apariencia o por su currículum. Cuando el profeta Samuel fue a su casa para ungir al nuevo rey, todos los hermanos de David parecían mejores candidatos. Pero Dios le dijo a Samuel algo que me remueve por dentro: que Él mira el corazón, no las apariencias. Y el corazón de David le había conquistado.


El momento que catapultó a David a la fama fue aquel enfrentamiento tan famoso con Goliat. Un joven sin armadura ni experiencia militar, frente a un gigante guerrero. David no salió confiado en sus propias fuerzas, sino en el nombre del Señor. Y ganó. ¿Porque era un superhéroe? No, sino porque confiaba. Aquí ya empezamos a ver una parte clave de su personalidad. Valor sí, pero sobre todo una fe enorme.


Después de esa victoria, comenzó una etapa complicada. El rey de entonces, Saúl, primero lo quiso a su lado… y luego sintió celos y lo persiguió. David pasó años huyendo, viviendo en cuevas, sin atacar a Saúl aunque tuvo varias oportunidades de hacerlo. Esa paciencia y respeto por la voluntad de Dios me impresionan. Él creía que, si Dios le había prometido el trono, llegaría en su momento, sin que él tuviera que forzar las cosas.


Cuando finalmente se convirtió en rey, David fue un líder valiente y también un hombre sensible. Era guerrero y poeta. Escribió muchos de los salmos, donde abre su corazón con total sinceridad. A veces alaba a Dios con alegría desbordante, y otras se lamenta con lágrimas, pidiendo ayuda en medio del miedo o la culpa. Esa vulnerabilidad me conmueve muchísimo... no intentaba aparentar perfección delante de Dios.


Porque, y aquí viene lo importante, David no fue perfecto. Tuvo errores muy graves. El más famoso, su relación con Betsabé, la esposa de otro hombre, y cómo trató de encubrirlo provocando la muerte de su esposo. Fue un pecado terrible y con consecuencias dolorosas. Pero lo que marcó la diferencia fue su reacción cuando el profeta Natán lo confrontó. En lugar de justificarse o esconderse, David reconoció su culpa y se arrepintió profundamente. Su corazón seguía siendo sensible a Dios.


Creo que ahí está una de las lecciones más grandes de su vida... que no se trata de no fallar nunca (porque todos fallamos), sino de volver siempre al Padre, de dejar que Él nos limpie y nos restaure. David siguió siendo llamado “un hombre conforme al corazón de Dios” no porque tuviera una hoja de vida impecable, sino porque buscaba a Dios de verdad, incluso en su fragilidad.


En su vejez, David soñaba con construir un templo para Dios, pero Él le dijo que sería su hijo Salomón quien lo haría. Y David, lejos de enfadarse, puso todo de su parte para preparar los materiales y animar a su hijo. Otra vez vemos algo de su corazón, no le importaba tanto ser él quien brillara, sino que la obra de Dios se cumpliera.


Cuando leo la vida de David, me quedo con varias imágenes. Un adolescente cantando bajo las estrellas, un joven enfrentando gigantes con fe, un fugitivo que no pierde la esperanza, un rey que baila sin vergüenza delante del Señor, un hombre roto que llora por su pecado… y un anciano que sigue confiando.


Si algo nos enseña su historia, es que Dios busca corazones que le amen de verdad, no vidas pulcramente perfectas. Que podemos ser valientes y vulnerables a la vez. Y que no importa en qué punto estemos, siempre podemos volver a Él.


Quizá hoy tú, como David, estés cuidando “ovejas” en un rincón olvidado, o peleando contra algún “gigante” en tu vida, o tal vez lidiando con una culpa que pesa. Sea cual sea tu situación, recuerda: Dios te mira el corazón. Y si lo pones en sus manos, Él puede escribir contigo una historia preciosa, como la de David.

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Conociendo al rey Saúl

Hoy ha sido un día de esos. Tareas, recados, tráfico… pero ya estoy en casa, cobijadita, con una taza de té caliente y este rato tranquilo para contarte algo que lleva unos días dándome vueltas en el corazón. La historia de Saúl, el primer rey de Israel.


No sé a ti, pero a mí me pasa que cuando leo su vida en 1 Samuel, siento una mezcla de lástima y frustración. Porque Saúl es un espejo donde todos podemos vernos reflejados en algún momento. Así que vamos allá, ¿te parece?


La vida de Saúl


Israel pide un rey (porque querían ser como las otras naciones, claro), y Dios le dice al profeta Samuel que ungirá a Saúl, un joven alto y guapo, pero con una timidez sorprendente (1 Samuel 9:2 dice que cuando lo eligieron, ¡se escondió entre el equipaje!).


¿Qué nos enseña aquí? Que, una vez más, Dios elige lo humilde (aunque luego todo dependa de cómo respondamos). Y que lo que empieza bien… no siempre termina bien (¡y esto duele!).


Al principio, Saúl actuó con humildad y valentía. Pero poco a poco, algo se torció. Tres momentos clave lo definen:


-La impaciencia (1 Samuel 13): En plena batalla, esperaba a Samuel para el sacrificio, pero se desesperó y lo hizo él mismo. Error.


-La desobediencia (1 Samuel 15): Dios le ordenó destruir a los amalecitas por completo, pero él perdonó al rey y guardó botín. Cuando Samuel lo confrontó, se justificó: "El pueblo lo tomó…" (¡Nunca es buen signo echarle la culpa a otros!).


-La obsesión con David: Cuando apareció el joven que lo superaba en todo, su corazón se llenó de envidia y paranoia (hasta intentó matarlo varias veces).


¿Por qué pasó esto? Porque Saúl prefirió agradar a la gente antes que a Dios. Y, además, perdió de vista quién era el verdadero Rey.


Lo más desgarrador es que Saúl sabía que estaba mal. En 1 Samuel 28, consulta a una médium (algo que él mismo había prohibido) porque Dios ya no le hablaba. Imagina la soledad de un corazón que se alejó tanto de su Padre…


Murió en batalla, derrotado y olvidado. Y aunque David (su "enemigo") lloró por él con ternura, su legado fue una advertencia eterna: "La obediencia es mejor que los sacrificios" (1 Samuel 15:22).


¿Y nosotros?


Me pregunto… ¿cuántas veces hacemos cosas para Dios pero sin escuchar a Dios? ¿Cuántas veces justificamos nuestros errores como Saúl? Su historia no es para juzgarlo, sino para temblar un poco y preguntarnos: ¿Estoy siguiendo mi camino… o el de Él? ¿Busco aprobación divina o humana?


Hoy, en este día ajetreado, me quedo con una certeza: Dios no quiere nuestros logros, nos quiere a nosotros. Y Saúl, con todo su dolor, nos lo recuerda.


¿Tú qué piensas? ¿Has visto algo de Saúl en tu propio caminar? Te leo.


(PD: Si te conmueve de algún modo la historia del rey Saúl, guarda este versículo: "El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón" – 1 Samuel 16:7).



Cita bíblica del libro 1 Samuel: El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón



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2 Samuel: La historia sigue

Justo ayer os conté sobre 1 Samuel, ese libro donde conocimos a Samuel, el último juez de Israel, y vimos cómo el pueblo pidió un rey y cómo Saúl terminó siendo elegido… y también cómo acabó su historia, con sus altos y bajos. Pues hoy seguimos el hilo, porque el libro que viene después es 2 Samuel, y la verdad es que es intenso, emocionante y bastante humano. Así que siéntate, que te lo voy a contar como si estuviésemos charlando con un cafecillo en mano.


El libro arranca con una noticia triste


Empieza justo donde termina 1 Samuel, llega la noticia de que Saúl y su hijo Jonatán han muerto en batalla contra los filisteos. Yo siempre me imagino a David recibiendo esa noticia con un nudo en la garganta... por un lado, Saúl había sido su perseguidor, pero por otro, Jonatán era su mejor amigo. David llora por ellos y compone un canto muy sentido en su honor.


David, rey… pero no de todos de golpe


Después, David es proclamado rey, pero al principio solo sobre Judá (su propia tribu). Mientras tanto, uno de los hijos de Saúl, Is-boset, es proclamado rey sobre el resto de Israel por Abner, el general del ejército de Saúl. Esto provoca un tiempo de tensiones y guerras internas. Poco a poco, las cosas cambian... Abner acaba reconociendo que David es el rey que Dios había elegido, pero antes de que pueda unirse a él, es asesinado por Joab, el comandante de David. Finalmente, Is-boset también muere, y así David es rey sobre todo Israel.


La capital y el arca


Una vez rey de toda la nación, David conquista Jerusalén y la convierte en su capital. Después trae allí el arca del pacto, esa arca tan especial que representaba la presencia de Dios entre el pueblo. Hay un momento muy bonito, David baila con todas sus fuerzas delante del Señor, celebrando que el arca llega a la ciudad (aunque no todos lo entienden ni lo aprueban).


Dios hace una promesa enorme


En un momento de paz, David quiere construirle a Dios un templo, pero Dios le dice que no será él quien lo haga, sino su hijo. Y además le hace una promesa increíble, que su descendencia reinará para siempre, y de ahí viene la famosa profecía sobre el Mesías descendiente de David.


Las victorias… y la gran caída


David tiene muchas victorias militares. Expulsa a enemigos, consolida fronteras, defiende al pueblo. Pero también hay un episodio que es de los más conocidos por lo doloroso que es, el pecado con Betsabé. David ve a esta mujer, la desea, y como su marido Urías estaba en el ejército, hace todo un plan para quedarse con ella… incluso asegurarse de que Urías muera en combate. Dios envía al profeta Natán para confrontarlo, David reconoce su pecado y se arrepiente, pero las consecuencias no desaparecen, su hijo con Betsabé muere.


Problemas en la familia


A partir de ahí, la familia de David empieza a vivir conflictos muy fuertes. Uno de sus hijos, Amnón, comete una terrible injusticia contra su hermana Tamar. Absalón, otro de sus hijos, se llena de rabia y termina matando a Amnón. Más adelante, Absalón se rebela contra su propio padre, intenta arrebatarle el trono y David se ve obligado a huir de Jerusalén. Es una época de dolor, traiciones y guerra civil. Finalmente, el ejército de David vence y Absalón muere, pero David queda roto de dolor por la muerte de su hijo.


Líderes, censos y misericordia


Al final del libro, hay una serie de relatos que muestran tanto los errores como la fe de David. Uno de ellos es cuando ordena hacer un censo del pueblo (algo que no debía hacer porque mostraba una confianza en la fuerza militar más que en Dios) y, como consecuencia, llega una plaga. Pero, incluso ahí, David busca la misericordia de Dios. También aparecen listas de sus valientes guerreros, una especie de homenaje a quienes le acompañaron en las batallas.


¿Qué me deja este libro?


2 Samuel me recuerda que incluso personas con un corazón que busca a Dios pueden equivocarse gravemente si bajan la guardia. Pero también muestra la gracia de Dios, que escucha cuando nos arrepentimos, y su fidelidad a las promesas que hace. David no fue perfecto, pero Dios siguió escribiendo su historia y la historia de su pueblo a través de él.


Y hasta aquí el resumen de 2 Samuel. Espero que si nunca lo habías leído, ahora tengas una idea clara de lo que pasa y, si lo lees por ti mismo, descubras más matices y detalles preciosos. Dentro de algunas entradas pues seguramente nos metamos en 1 Reyes, porque la historia no se detiene aquí.


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Retomamos nuestro viaje, ¡nos sumergimos en el libro de 1 Samuel!

Espero que estas semanas de Adviento os estén encontrando muy bien. En las dos últimas entradas, hablamos de cómo vivir este tiempo tan especial con el corazón puesto en lo que de verdad importa, preparándonos para una Navidad donde Jesús sea el verdadero protagonista. Me encanta compartir con vosotros estas reflexiones, porque creo que, en medio del ajetreo, nos ayudan a enfocar la mirada.


Bien, pues hoy, aunque seguimos con la mente en el pesebre, vamos a retomar algo que  muchos de vosotros me habéis pedido, nuestro repaso a la Biblia. Así que, sin más dilación, vamos a abrir nuestras Biblias (o la app de vuestra Biblia, ¡a cada cual lo suyo!) para meternos de lleno en una de las épocas más fascinantes de la historia de Israel: el libro de 1 Samuel.


¿En qué momento estamos?


Imaginad que cerramos el libro de Jueces con aquella frase tan potente y un poco desoladora: “En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía recto”. Pues bien, 1 Samuel empieza justo en ese clima de caos relativo y de necesidad de un cambio. Es un puente, un libro de transición que nos lleva del sistema de los jueces (líderes que Dios levantaba puntualmente) al sistema de la monarquía (un rey que gobernaría de forma permanente). Y esa transición, creedme, tiene de todo... drama, acción, lágrimas y lecciones que nos hablan hoy mismo.


Los protagonistas de esta historia


Para no perdernos, vamos a presentar a los tres personajes principales que marcan el pulso de todo el libro:


-Samuel: Es el chico que lo une todo. Nace de forma milagrosa, fruto de la oración desesperada de su madre Ana (¡mi nombre, por cierto!). Es el último de los grandes jueces de Israel y el primero de una larga línea de profetas que tendrán una influencia enorme en la nación. Es Samuel quien unge a los dos primeros reyes de Israel, por lo que es el conector entre una era y la siguiente. Un hombre de oración y de enorme integridad.


-Saúl: Es el primer rey de Israel. Fue la "opción del pueblo". Si lo buscáis en casting para una película, sería el elegido: alto, apuesto, con todo el aspecto de un rey formidable. Pero su historia es una tragedia. Empezó con humildad, pero su desobediencia y su inseguridad le llevaron por un camino oscuro, alejándose de Dios.


-David: Es la "opción de Dios". El pequeño pastor de Belén, el último de los hermanos (al que nadie tomaba en serio). Pero para Dios, él era "un hombre conforme a su corazón". Es el rey esperado, el tipo de líder que Dios quería para su pueblo, y su historia es la de un ascenso meteórico lleno de fe, valentía y también de muchísimas dificultades.


Un viaje a través de los capítulos clave


Ahora sí, vamos a ver qué pasa en este libro, sin dejar nada por el camino.


-Una oración que lo cambia todo (Cap. 1-3): Empezamos con Ana, una mujer estéril que le ruega a Dios con todo su corazón por un hijo. Dios le escucha y le da a Samuel. Desde pequeño, Samuel sirve en el tabernáculo y es ahí donde Dios le llama por su nombre en una de las escenas más bonitas de la Biblia. “Habla, Señor, que tu siervo oye”. ¡Qué respuesta!


-El pueblo quiere un rey (Cap. 8): Aquí está el gran punto de inflexión. Samuel es ya mayor y sus hijos no le siguen en su honestidad. Los ancianos de Israel se le acercan y le dicen: “Danos un rey para que nos gobierne, como tienen todas las naciones”. Samuel se siente rechazado, pero Dios le explica una verdad fundamental: “No te han rechazado a ti, sino a mí, para que no reine sobre ellos”. El pueblo quiere ser como los demás, en lugar de confiar en el único Rey verdadero.


-El reinado de Saúl (Cap. 9-15): Samuel unge a Saúl como rey. Al principio, todo va bien. Saúl gana su primera batalla y muestra humildad. Pero pronto empiezan los problemas. Primero, ofrece un sacrificio que no le correspondía (Cap. 13), mostrando su impaciencia y su falta de fe. Y la gota que colma el vaso es en el capítulo 15, cuando Dios le ordena destruir por completo a los amalecitas y Saúl desobedece, perdiendo lo mejor del ganado "para ofrendar a Dios". Es aquí donde Samuel le lanza aquella frase que debería hacernos reflexionar a todos: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios”.


-Llega David, el rey según el corazón de Dios (Cap. 16-17): Dios le dice a Samuel que olvide a Saúl y vaya a Belén para ungir al nuevo rey. Cuando ve a los hijos de Jesé, Samuel se fija en el mayor, que parecía un rey, pero Dios le corrige: “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”. Y así, unge al pequeño David. Poco después, asistimos a una de las historias más famosas: David y Goliat. Esta historia es muy famosa y puede parecer solo un cuento de niños, pero es, en realidad, una demostración de fe radical en un Dios gigante.


-Amistad, celos y persecución (Cap. 18-31): A partir de aquí, la vida de David se entrelaza con la de Saúl de una forma trágica. David se gana el amor del pueblo con sus victorias, lo que despierta unos celos mortales en Saúl. Vemos la increíble amistad de David con Jonatán, el hijo de Saúl, un lealtad que sobrepasa cualquier circunstancia. Y vemos cómo Saúl persigue a David sin descanso por todo el desierto, intentando matarlo. El libro termina con la muerte de Saúl en batalla, un final realmente triste para el que fue el primer rey de Israel.


¿Qué nos deja 1 Samuel a nosotros hoy?


Este libro... ¡está súper cargado de lecciones para nosotros!


Una de las lecciones más importantes que nos enseña es que la obediencia lo es todo. Dios no busca nuestra perfección, sino un corazón que le escuche y quiera obedecerle, como el de David. Saúl tenía todo lo que el mundo admira, pero le faltaba lo más importante.


Otra cosa que aprendemos, es que Dios mira por dentro. No nos dejemos engañar por las apariencias, ni en los demás ni en nosotros mismos. Para Dios, lo que vale es la condición de nuestro corazón. ¿De qué está lleno?


Además, con esta lectura podemos ver que Dios es soberano sobre nuestro caos. Aunque el pueblo tomó una mala decisión pidiendo un rey, Dios no les abandonó. Usó su error para seguir escribiendo su plan de salvación, un plan que culminaría mucho tiempo después con el nacimiento de su Hijo, el Rey definitivo, Jesús.


Bueno, después de este repaso intenso, ¡espero que tengáis ganas de leer o releer 1 Samuel! Es una aventura que no os dejará indiferentes.


Ahora sí, volvemos un poco al modo Adviento. ¡Qué precioso es pensar que de la descendencia de ese pequeño pastor de Belén, David, nacería en esa misma ciudad el Pastor y Rey de nuestras vidas!


Un abrazo grande y ¡a disfrutar de la Palabra!


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¿Qué le ha pasado a la Navidad?

Si me leéis a menudo, sabéis que el viernes es mi día favorito para desconectar. Es una rutina que adoro, salir a dar una vuelta con una persona a la que quiero mucho.


Normalmente, buscamos el verde. Nos encanta ir a parques, caminar cerca del río y simplemente fijarnos en los árboles. La naturaleza siempre nos da paz, ¿verdad?


Pero ayer fue atípico. Teníamos que ir a una tienda específica, así que la naturaleza quedó un poco de lado. Nos conformamos con una plaza cercana (que disfrutamos muchísimo, eso sí) y luego fuimos directas al encargo.


El caso es que, ya que estábamos en la zona, una cosa llevó a la otra y acabamos visitando dos tiendas más, totalmente improvisadas. Y fue en el último de estos almacenes donde mi mente hizo un clic que me tuvo pensando el resto del día.


El frenesí decorativo


Me paré en uno de los pasillos y allí estaban, los artículos de decoración navideña. ¡Y ya habían empezado meses antes de diciembre!


Y mientras me fijaba en el despliegue de luces, renos y bolas de todos los colores posibles, una sensación de vacío me invadió. Me pregunté... ¿Qué estamos decorando realmente? ¿Dónde quedó el espíritu de la Navidad, ese que se centra en el acontecimiento más importante de la historia?


Vi símbolos creados para vender, para deslumbrar, pero que carecían de cualquier significado profundo. Vi un énfasis desmedido en el consumo.


Y esto me hizo darme cuenta de algo triste... la Navidad cristiana casi ha sido reemplazada por un sucedáneo pagano.


El reemplazo


No me malinterpretéis, me encantan las luces bonitas y el ambiente festivo, pero creo que hemos perdido la proporción.


El Belén, que debería ser el centro de toda decoración, a menudo casi desaparece o se convierte en una minifigura escondida. En su lugar, tenemos un bombardeo de excesos...


Para empezar, ese exceso de decoración sin significado. Es un frenesí de compra y decoraciones que no apuntan a nada, salvo a la propia decoración. Queremos la casa más brillante, el árbol más grande o la foto más espectacular para alardear en redes sociales.


Ahí ya hay un exceso de consumo. Las tarjetas echan humo. La presión de las compras y los regalos ha eclipsado la alegría simple del dar y del compartir.


Y... hay también un exceso de comida caprichosa. La mesa de Navidad se ha convertido en un concurso de combinaciones y mezclas cada vez más absurdas, solo para ser más copiosas que el año anterior. Parece que el propósito ya no es compartir una cena, es ser el novamás y la opulencia.


Y todo esto es un ruido tan fuerte que la voz de la verdadera Navidad queda amortiguada. Hemos cambiado la humildad del pesebre por el brillo de un centro comercial.


Prefiero la verdad en lo sencillo


Si la Navidad es la celebración de que Dios se hizo pequeño, frágil y vulnerable, ¿por qué nuestra forma de celebrarla es tan grande, ruidosa y materialista?


La reflexión que quiero dejaros hoy es esta. No permitamos que el ruido consumista nos robe el significado.


Si vamos a celebrar, celebremos el amor que se hizo carne. Si vamos a decorar, que sea con la intención de recordarnos la Luz que vino a un mundo oscuro.


La verdadera Navidad no se trata de lo que tenemos debajo del árbol, sino de Aquel que es el Regalo.


En lugar de buscar la decoración más cara, busquemos la paz en nuestros corazones. 


La mejor manera de celebrar es dedicando tiempo y calidad a las personas que amamos, y a Aquel que nos amó primero.


Recordemos que la alegría más grande vino en el lugar más sencillo y menos espectacular.


Os animo, de verdad, a que cuando lleguen los meses de las luces y los villancicos, no os rindáis al frenesí. Deteneos. Mirad más allá de la purpurina y del gasto.


Volvamos a la sencillez del nacimiento. Ahí, en esa quietud, es donde reside el verdadero gozo, la verdadera Navidad. Y esa es una celebración que ningún centro comercial puede replicar.


Un abrazo grande y que sigáis viviendo cada día con propósito.

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¡Hoy empieza el Adviento!

¿Sentís esa sensación de que algo especial está a punto de llegar, incluso antes de que lo veamos del todo? ¡Hoy damos comienzo al Adviento! Para mí, es uno de los tiempos más hermosos de nuestro año litúrgico. 


Porque el Adviento, en su esencia más pura, es un tiempo de esperanza. Esperamos la venida de Jesús. Y no solo recordamos su primera venida, la de Belén, el Niño Dios entre nosotros, sino que también esperamos su venida gloriosa al final de los tiempos, y sobre todo, esperamos su presencia viva y real en nuestras vidas hoy, aquí y ahora.


A veces, con las luces, los villancicos y las prisas, podemos quedarnos en la superficie del Adviento, como lo es la decoración y los regalos. Pero como católicos, este tiempo nos llama a algo más profundo. ¿A qué? Pues a buscar a Dios en medio de nuestras vidas, a preparar nuestros corazones para recibirlo, y a vivir ya desde ahora la alegría de su Reino.


Pienso en las lecturas de estos días. Nos hablan de profecías y de espera, de la venida de un Mesías que trae justicia y paz. A veces, reconozco, a mí me cuesta ver esa justicia y esa paz a mi alrededor. El mundo puede parecer oscuro, todo lleno de preocupaciones y de noticias que me agobian. ¿Y en medio de todo eso, cómo avivar la esperanza?


Para mí, la clave está en no esperar pasivamente a que algo mágico suceda. Es mucho mejor hacer una preparación activa. ¿Y a qué me refiero con eso?


En este tiempo de mucho ruido exterior, intentemos buscar momentos de silencio interior. Unos minutos al día para estar con Dios, para escuchar su voz en nuestro corazón. Es bueno rezar el rosario, leer la Biblia (y, si os parece bien, leer también este pequeño blog que la va repasando), o simplemente estar en su presencia.


Además, El Adviento nos invita a examinar nuestras vidas. ¿Hay algo que nos aleja de Dios? ¿Algún hábito, alguna actitud o alguna herida que necesitemos sanar? Este es un tiempo para pedirle perdón y para empezar de nuevo, con su ayuda. Es un camino de purificación para que nuestro corazón esté listo para recibir al Rey.


Otra cosa importante que me gustaría señalar es que la esperanza que tenemos en Adviento no es una cosa abstracta. Es la esperanza que se encarna en el amor al prójimo. ¿A quién puedo extender una mano hoy? ¿Cómo puedo llevar esa luz de Cristo a alguien que lo necesita? Las obras de misericordia, incluso las más pequeñas, son el mejor reflejo de la esperanza.


Y, cómo no, el Adviento es un tiempo para estar despiertos. Despiertos a la presencia de Dios en nuestra vida, despiertos a las necesidades de los demás, y despiertos a la llamada a vivir como verdaderos hijos de Dios.


Cuando preparo mi corazón en Adviento, siento que no solo me preparo para la Navidad, sino que me preparo para la vida. Me siento más arraigada en la fe, más llena de esa alegría que solo Dios puede dar, y más fuerte para afrontar los desafíos del día a día con esa luz de esperanza que Él derrama en nosotros.


Pues, nada, que este Adviento, os invito a todos vosotros a que lo vivamos juntos. Pero no solo como un preludio a la Navidad, sino como un verdadero camino de crecimiento cristiano. Que no dejemos que las distracciones nos roben la gracia de este tiempo. Busquemos la sencillez, la profundidad y, sobre todo, la profunda alegría de saber que Él viene, Él está aquí, y Él siempre será nuestra mayor esperanza.


¡Que el Señor nos bendiga en este tiempo maravilloso!

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El desempleo: Cuando falta el pan

La entrada pasada compartí una reflexión bastante breve, pero uno de los puntos que mencioné (ese sobre el desempleo y la angustia que conlleva) no ha dejado de dar vueltas en mi cabeza. Por eso, quiero que le dediquemos un poco más de tiempo, porque es una herida profunda que afecta a tantas personas a nuestro alrededor, quizás a ti mismo o a alguien muy cercano.


Y quiero empezar diciéndote, de corazón: lo sé. Sé que duele. Duele más allá de la cartera vacía. Duele en el alma, en la identidad... en la paz del hogar. Es esa llamada que no llega, el correo electrónico que nunca se contesta, la sensación de inutilidad que se cuela sigilosa después del tercer “lo siento, no han escogido su perfil”. Es el nudo en el estómago al final del mes, el susurro del miedo preguntando “¿y ahora qué?”. Si estás ahí, en ese pozo, hoy quiero sentarme a tu lado en el silencio y acompañarte.


Desde nuestra fe, a veces, podemos sentir la tentación de dar respuestas rápidas. “Dios proveerá”, “ten fe”, “es una prueba”. Y aunque son frases llenas de verdad, cuando el dolor es tan crudo y tangible, pueden sonar a lugar común, a un consuelo lejano que no alcanza a calentar el frío de la incertidumbre.


Hoy no quiero ofrecerte soluciones fáciles... Más bien, quiero recordarte, y recordarme a mí misma, lo que Jesús haría. Y Jesús, sin duda, se sentaría a tu lado. No minimizaría tu dolor. Lloraría contigo. Entendería la humillación de sentir que no es suficiente, la rabia por la injusticia de un sistema que a menudo falla, el temor por el futuro de los tuyos. Él, que nació en la pobreza más absoluta y cuyo padre putativo, José, seguro que también sudó tinta para mantener a su familia, lo entiende perfectamente.


En estos momentos, es cuando más tenemos que aferrarnos a esta verdad: tu valor no lo define tu nómina, ni tu puesto de trabajo, ni tampoco tu profesión. Tu valor es infinito porque eres un hijo amado de Dios. Punto. Nada de lo que pase en la bolsa de trabajo puede cambiar eso. La ansiedad te gritará lo contrario, pero tu fe debe susurrarte más fuerte: “Eres mío, y estoy contigo”.


¿Y qué hacemos entonces con el miedo, con la necesidad tangible de “el pan de cada día”? Rezamos. Pero no con una oración que espera que caiga un trabajo del cielo como por arte de milagro. Rezamos con el corazón desgarrado, como Jesús en el Huerto de los Olivos: “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Es la oración de la entrega total, la que une nuestro grito de auxilio a la confianza más profunda.


Y actúamos. Con la humildad de José, que no dudó en coger sus herramientas y buscar una solución para proteger a los suyos. Buscamos apoyo en la comunidad, en la parroquia, en las redes de caridad. Dejamos que otros nos ayuden a llevar este peso, porque la caridad es el alma de la Iglesia. Y, por supuesto, movemos cielo y tierra con nuestro esfuerzo, formándonos, llamando, enviando currículums, pero sin que nuestra autoestima dependa de la respuesta.


A vosotros que estáis en esta lucha, os llevo en mi corazón y en mis oraciones. Y a los que no, os pido... mirad a vuestro alrededor. ¿Hay alguien en vuestra comunidad que esté pasando por esto? Una pequeña ayuda, una palabra de aliento, una conexión profesional, una cesta de comida… pueden ser la mano tangible de Dios para alguien que se está ahogando.


No estás solo. En el silencio de tu preocupación, Él está. No te abandona. Caminemos juntos, confiando que, incluso en el desierto más árido, Él puede hacer brotar oportunidades para la esperanza.



Cita para cristianos católicos: Tu valor es infinito porque eres un hijo amado de Dios


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Rut: Un espejo para nuestros tiempos

En la entrada anterior, compartí contigo la historia de Rut. Si aún no la has leído, te animo a que lo hagas, porque hoy no voy a contarla nuevamente. En esta ocasión quiero hablar de cómo este relato bíblico (antiguo y a la vez tan vivo), refleja realidades que nos golpean ahora: el duelo, el desempleo, la soledad y la migración. Temas que siguen doliendo en nuestro mundo.


El duelo: Cuando el dolor nos cambia


Rut era una mujer que había perdido a su esposo. Noemí, su suegra, había perdido a su esposo y a sus dos hijos. Eran mujeres marcadas por el luto, como muchos de nosotros. Además, a veces, el duelo no es por una persona, sino por sueños rotos, por etapas que terminan o por una vida que ya no es la misma.


Pero algo hermoso en Rut es que el dolor no la paralizó. Aunque la tristeza estaba ahí, ella eligió seguir adelante, acompañando a Noemí. Esa es una lección grandiosa: el duelo no tiene que ser el final de nuestra historia. Dios está en medio del valle de sombra, transformando nuestro dolor en algo nuevo.


El desempleo: Cuando falta el pan


Rut y Noemí regresaron a Belén sin recursos. Rut, una extranjera, tuvo que salir a los campos a recoger lo que los segadores dejaban atrás. Era un trabajo duro, incierto, humillante para algunos.


Hoy, muchos conocen esa angustia: currículums que no reciben respuesta, cuentas que no cierran y, sobre todo, la sensación de no ser suficiente. Pero en la historia de Rut, Dios proveyó a través de Booz, quien no solo le dio trabajo, sino dignidad. Dios no ignora nuestras necesidades, aunque a veces el proceso sea difícil.


La soledad: Cuando nadie parece entender


Rut llegó a Belén como una extraña. Moabita, viuda y, además, extranjera. Noemí misma decía: "No me llaméis Noemí [dulce], sino Mara [amarga]" (Rut 1:20). ¿Te has sentido así? Como si estuvieras fuera de lugar, como si nadie realmente te viera.


Sin embargo, Rut encontró pertenencia. Primero en la lealtad de Noemí, luego en la bondad de Booz. Dios nos recuerda que nunca estamos tan solos como creemos. Él siempre está tejiendo relaciones, abriendo puertas, incluso en nuestra mayor fragilidad.


La migración: Cuando el hogar es un lugar lejano


Rut dejó Moab para ir a una tierra desconocida. No sabía qué la esperaba, pero eligió ir con Noemí. Hoy, millones de personas migran buscando refugio, trabajo, seguridad. Muchos son maltratados, rechazados, como podría haber sido Rut.


Pero sabemos que su historia continúa de tal modo que Rut, la extranjera, se convirtió en bisabuela del rey David y, siglos después, en antepasada de Jesús. Su vida prueba que Dios usa a los forasteros para cumplir sus propósitos.


¿Y nosotros?


Quizá hoy te sientes como Rut... herido, cansado o fuera de lugar. Pero ella nos recuerda que Dios escribe finales hermosos desde los comienzos más duros. Él no ha terminado contigo, eso tenlo por seguro.


¿En cuál de estos temas te ves reflejado? Cuéntamelo en los comentarios. Me encantaría rezar por ti.



Cita bíblica del libro de Rut: A donde quiera que tú vayas, iré yo, dondequiera que vivas, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios.



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