Cuando un rey pidió partir un bebé por la mitad
Al leer por primera vez la historia del rey Salomón y las dos madres (1 Reyes 3:16–28), confieso que me quedé en silencio. Es un relato fuerte, incluso incómodo, porque toca uno de los vínculos más profundos que existen, el amor de una madre por su hijo.
Pero también es una historia que revela algo precioso sobre la sabiduría de Dios y la manera en que Él mira nuestros corazones.
Para resumirlo con mis propias palabras, dos mujeres se presentan ante el rey Salomón, ambas afirmando que un mismo bebé es suyo. No hay testigos, no hay pruebas... ni fotos, ni mucho menos pruebas de ADN... Solo palabras.
¿Cómo puede alguien saber la verdad en una situación así? Salomón, guiado por la sabiduría que Dios le había dado, propone algo impensable, dividir al niño en dos.
Y allí queda al descubierto lo que ni gritos ni argumentos podían revelar. Una de las mujeres prefiere perder al niño antes que verlo morir. Y Salomón, con esa sola reacción, reconoce quién es la verdadera madre.
Cada vez que releo esta historia, me pregunto... ¿qué estaba revelando Dios en ese momento? ¿Qué puede enseñarme hoy a mí, tantos siglos después?
Aquí te comparto lo que he aprendido:
-Dios ve lo que nosotros no podemos ver
En nuestros conflictos, muchas veces solo vemos las apariencias. Escuchamos argumentos, versiones, historias… pero Dios ve el corazón. Él no se queda en lo superficial. Nada de lo que sentimos, callamos o escondemos pasa desapercibido para Él.
-El verdadero amor se reconoce por su sacrificio
Esa mujer mostró el amor más profundo al estar dispuesta a renunciar a lo que más quería con tal de proteger la vida de su hijo. Y allí entiendo algo que me confronta, el verdadero amor siempre se nota cuando estamos dispuestos a ceder, a soltar, a renunciar a tener la razón, para hacer lo correcto.
-La sabiduría de Dios sorprende
Salomón no actuó con lógica humana. Nadie esperaría una solución así. Pero la sabiduría de Dios no siempre sigue nuestros esquemas, muchas veces nos descoloca. Y aun así, funciona. Me recuerda que, cuando pido sabiduría, debo estar preparada para que la respuesta sea diferente a lo que imaginaba.
-La verdad siempre termina saliendo a la luz
Por más confusa que parezca una situación, Dios tiene maneras de revelar la verdad. Y esto me da descanso. No tengo que luchar desesperadamente por demostrar quién soy o lo que siento. Dios se encarga.
Pues, bueno, esta historia me anima a pedir la sabiduría que Salomón pidió. Una sabiduría que no es solo inteligencia, sino sensibilidad para ver el corazón de las personas, para distinguir el amor verdadero y para actuar con justicia aunque nadie más entienda.
Y me recuerda que Dios también puede traer claridad a mis propios casos difíciles, esos momentos en los que no sé qué hacer, qué decidir o cómo actuar. Él sigue siendo el mismo Dios que guía, ilumina y revela.
Ojalá esta reflexión te haya acompañado hoy como me acompañó a mí al escribirla.
Un abrazo, y que Dios te dé sabiduría en todo lo que vivas.


